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Despachos desde la cabaña de Walden y el casón de Iván Ilich

Cuando a mediados del siglo XIX Henry David Thoreau acudió a un lago cercano a su residencia en Nueva Inglaterra para, según sus palabras, afrontar lo esencial de la vida, desconocía que sus reflexiones sobre el significado de “vivienda” y “vicencia” se convertirían en la mayor reflexión moderna sobre el individuo y su habitación en el mundo.

Todo había empezado “casi por casualidad”, se confiesa el propio autor.

Las reflexiones que surgieron de esta pequeña aventura local y fortuita influirían en algunos de los mejores pasajes del escritor ruso Lev Tolstói, que reconoció su deuda con Thoreau en su evocación de la realidad: tanto en sus obras como en diversos proyectos emprendidos en su propiedad rural Yásnaia Poliana, que a su vez influirían sobre otros.

Adaptación de la novela “Guerra y paz” de Lev Tolstói por BBC en la serie homónima; el actor Paul Dano (centro, con gafas, sosteniendo en brazos el perro Sashenka) interpreta a Pierre Bezújov

Así, la muerte de Iván Ilich, el personaje de Tolstói que no osó vivir con autenticidad, sino tal y como las convenciones le habían dictado, concentra los riesgos de quien no observa la realidad con el potencial que se merece, y sale al campo a empatar para acabar perdiendo.

Iván Ilich no ha decidido afrontar lo esencial de la vida, la principal incertidumbre que empujó a Thoreau a mudarse algo más de dos años a orillas del pequeño lago deshabitado.

La grandeza de los pequeños gestos

Del mismo modo, en Guerra y Paz aparecen los pequeños destellos de celebración vital con ecos de Walden, cuando por ejemplo un campesino, el viejo Platón Karatáiev, y un noble, Pierre Bezújov, exhaustos y prisioneros de las tropas francesas durante el sitio de Moscú, comparten un mendrugo de pan como si se tratara del manjar más exquisito que dos hombres han probado sobre la tierra.

El viejo campesino, próximo a la muerte, decide abrir los ojos a quienes comparten con él la dureza del sitio de Moscú, heridos y enfermos, sin ropa ni alimentos adecuados.

Gracias al viejo y sencillo Karatáiev, inseparable del perro Sashenka, el joven privilegiado Pierre Bezújov -heredero de una fortuna con vida diluida y moral tan cambiante como el apetito decadente de la nobleza rusa que describe Tolstói-, apreciará los actos de grandeza que surgen en la realidad cotidiana más humilde. Pierre, incapaz hasta entonces de disfrutar de riquezas e imposturas, descubre el sabor del pan compartido con todas sus consecuencias.

Vivir deliberadamente

El campesino Karatáiev mostrará a Pierre la fuerza imparable de la autenticidad en una vida deliberada. Después de explicar una historia con moralina a los soldados con quienes comparte el cautiverio en Moscú, el viejo, escribe Tolstói,

“permaneció silencioso sin dejar de sonreír mirando hacia delante.

“No era la historia en sí o que llenaba el alma de Pierre de un sentimiento confuso y feliz, sino el sentido misterioso de aquella entusiasta alegría que brillaba en el rostro de Karatáiev, el sentido oculto de esa alegría.”

En las reflexiones sobre el sentido de la vida y la diferencia entre la existencia deliberada de Karatáiev y la existencia prestada de personajes como Iván Ilich, Tolstói recuerda la razón última que había llevado a Thoreau a dejar su casa en Concord para instalarse en una cabaña no muy lejos de allí, pero a años luz en mentalidad de sus industriosos y muy utilitarios vecinos:

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; confrontar sólo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ésta tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no descubrir, en el momento de morir, que no había vivido”.

Al son del propio tambor

Thoreau compiló sus reflexiones durante un periplo de algo más de dos años su cabaña junto al lago Walden en un ensayo donde la pequeña cabaña que se construye se convierte en co-protagonista. Al final del ensayo homónimo, Thoreau se sienta en el pequeño porche de la humilde cabaña a observar el universo desde su rincón.

Se mudó allí un 4 de julio de 1845, cuando el pequeño abrigo de una sola estancia todavía no estaba acabado para el invierno,

“y era apenas un resguardo contra la lluvia, sin yeso ni chimenea, con las paredes hechas de tablas rugosas y decoloradas por los efectos del clima, con una serie de anchos resquicios que la enfriaban durante la noche. Sus blancos postes verticales devastados y los recién cepillados marcos de la puerta y la ventana le daban un aspecto limpio y ligero, sobre todo en las mañanas, cuando sus maderas se saturaban de rocío, así que imaginaba que al mediodía exudarían un poco de dulce resina.

(…)

“Era esa una cabaña de lo más aireada y sin enyesar, ideal para hospedar a un dios viajero, y donde una diosa podría arrastrar por el suelo sus vestidos.”

Para los ojos no acostumbrados, nada ha cambiado; para Thoreau, consciente de que las reflexiones del ensayo no podrían condensar todas las sensaciones de lo que la experiencia le había revelado, el pequeño y en apariencia poco ambicioso periplo (al fin y al cabo, su “vida en los bosques” ocurrió en la vecindad de su Concord natal) había transformado su visión del mundo, abandonando el dualismo platónico que separa cuerpo y mente trascendente, y convirtiéndose en un vitalista, capaz de apreciar los matices de lo mundano.

Conmemoración del ensayo de Thoreau en el lago Walden, el 4 de julio de 1945 (100 años después de que el autor se mudara a su todavía inacabada cabaña)

La distancia física entre Thoreau y sus vecinos de toda la vida era apenas un bosque a medio talar. Pero un abismo separaba su mentalidad de la del resto de conciudadanos locales.

De la vida deliberada de Thoreau al “élan vital” de Bergson

Lo mundano y en apariencia poco espectacular, como la propia experiencia entre un individuo despierto y su entorno, puede abrir la mayor de las aventuras humanas, la de la lucidez de enraizarse en un momento y un lugar, aprendiendo a apreciar lo cotidiano y en apariencia poco espectacular.

Su consejo al lector, “simplificar, simplificar”, habla de la vertiente práctica de su proyecto de “vida deliberada” capaz de afrontar los hechos esenciales de la vida, pero se proyecta en su pensamiento y espiritualidad.

El individuo moderno, reflexiona Thoreau, haría bien en parar un momento, observar a su alrededor y deshacerse de cuantos falsos objetivos como sea necesario: lo superfluo y completamente innecesario ocupará recursos, espacio, atención y nos separará del objetivo de apreciar la naturaleza, el paso del tiempo, el trabajo manual, el regalo de una conversación basada en el interés genuino, y no en su utilidad económica o social.

Representación pictórica de la cruenta retirada de la Grande Armée de tierras rusas en pleno invierno

En los dos años, dos meses y dos días que Thoreau permanece en su cabaña junto al lago Walden, desaparece el viejo idealismo que aspira a un ascetismo intelectual alejado del suelo, y surge un panteísmo que celebra la mortalidad, la conexión entre cuerpo y mente, y también el festejo entre los sentidos y lo circundante.

Thoreau llega venerando el mismo platonismo de los herederos de Hegel y Descartes, y deja el lago más próximo a la filosofía vitalista y celebratoria de lo mundano que desarrollarán poco después Henri Bergson (“élan vital”, intuición) y Friedrich Nietzsche (rechazo del dualismo y reconciliación con nuestra realidad primitiva: lo físico, instintivo y mortal no son la vergüenza del ser humano, sino la fuente de su capacidad de reinvención, de su “potencialidad”, o capacidad para aspirar a su mejor versión en cada momento cotidiano).

Enseñar el secreto de la filantropía (como escribe Machado)

Adelantándose a Nietzsche, Thoreau usa un estilo “extravagante” (significado etimológico: vagar más allá de los límites establecidos) para hablar de una realidad percibida sin barreras para un hombre que se despierta, y así ese texto -pese a sus limitaciones, pues la palabra no condensará toda la intuición revelada, cree Thoreau- hablará a otros individuos inconformistas en un momento similar: lo extraordinario estará en percibir lo cotidiano en toda su belleza, riqueza y extensión.

Thoreau nos explica que cualquier texto lúcido no es más que el resto inerte de algo percibido con mayor riqueza por el autor, una escultura del modelo real que ya no existe, pero que puede revivirse con una buena evocación. Es imposible usar palabras que capturen toda una experiencia, pero permanece el residuo y el lector puede acercarse al esfuerzo e intenciones del autor durante la concepción de la obra.

Louis-François Lejeune pintó en 1822 la batalla de Borodinó, uno de los eventos cruciales en la desastrosa campaña rusa de Napoleón

A diferencia del nihilismo de Schopenhauer, que declarará a todos los seres y cosas esclavos de unos instintos o pujanza por existir según su aspiración natural o potencial (la “voluntad de existir” de un mineral será la de organizarse de tal modo que a regularidad de los cristales de su estructura sea el paso previo a estructuras cercadas a la vida, como las proteínas), Thoreau reconocerá la belleza (él habla de “verdad”) revelada de lo que percibimos: hasta la polilla que surge de una vieja mesa posee la nobleza intrínseca de la naturaleza.

No hay nihilismo en la belleza revelada, sino imposibilidad de disfrutar la vida cotidiana como se merece: el autor, sentado en una silla, observa el devenir del día y de las estaciones desde su porche, tras haber dedicado la jornada a la reflexión, la lectura, la contemplación de animales y plantas.

Las dos caras de un hecho

A diferencia de otros filósofos trascendentalistas, como su amigo Ralph Waldo Emerson, cuyo panteísmo tiene una aspiración mística e infinita, Thoreau celebra la riqueza de la realidad finita, pues si se aprecia un hecho científico en toda su riqueza y extensión -reflexiona-, sus matices tienen una riqueza inabarcable, si se quieren explorar en toda su extensión.

En otro pasaje de Walden, escribe:

“Si uno se enfrenta cara a cara con un hecho, verá que el sol resplandece en sus dos caras como si se tratara de una cimitarra, y percibirá su suave filo dividiéndolos por el corazón y la médula, y de esa forma concluirán felizmente su carrera mortal. Trátese de vida o muerte, lo que tan sólo anhelamos es la realidad.

(…)

“El tiempo sólo es el río al que voy a pescar. De él bebo; pero mientras lo hago, contemplo el fondo arenoso y me doy cuenta de cuán poco profundo es. Su tenue corriente se va perdiendo a lo lejos, pero la eternidad permanece. Yo bebería en lo más profundo; pescaría en el cielo, con su fondo tachonado de estrellas.”

Y también:

“Incluso los hechos de la ciencia pueden enturbiar la mente por su sequedad, a menos que sean… tornados fértiles por el fresco rocío de la verdad y la vida. El conocimiento no viene a nosotros en forma detallada, sino como destellos de luz desde el cielo.”

La (difícil) tarea conceptual de devolver la mente al cuerpo

Como ocurriría después a Henri Bergson y, sobre todo, a Friedrich Nietzsche y quienes siguieron sus pasos en el siglo XX (Martin Heidegger y otros filósofos que exploraron nuestra relación con el contexto en que vivimos, que Ortega y Gasset llamó “circunstancia”), Thoreau tuvo dificultades para hablar de una realidad aumentada sin recurrir a la tradición platónica del dualismo cuerpo y mente.

Conmemoración del ensayo de Thoreau en el lago Walden, el 4 de julio de 1945 (100 años después de que el autor se mudara a su todavía inacabada cabaña)

El mayor esfuerzo de Thoreau en Walden no consistió en edificar su cabaña o plantar el descuidado huerto en el que, reconoció, no quería deslomarse, sino en la tarea ciclópea de devolver el alma humana (aspirante a la trascendencia e inmortalidad que el cristianismo heredó de la tradición platónica) al cuerpo mortal.

La realidad es rica aunque seamos mortales y nuestra conciencia no es menos sorprendente por el hecho de formar parte de un ser de carne y hueso, expone Thoreau. Su comprensión de la trascendencia está en este mundo y lo único que debería preocuparnos es ser conscientes de ello, pues nuestros sentidos deberían celebrar nuestro lugar en el mundo, el “contacto” de nuestros sentidos con lo que llamamos realidad.

Por los bosques de Maine

En su ensayo Los bosques de Maine, el autor de Walden explica que el mayor misterio es nuestra capacidad para maravillarnos de lo cotidiano, si adoptamos la mentalidad y apertura de miras adecuadas. No hace falta acumular posesiones, embotar nuestros sentidos con placeres dionisíacos sin fin ni sustituir nuestra lucidez por los efectos de alguna droga:

“¡Qué significa entrar a un museo y ver miles de objetos particulares, comparado con contemplar la superficie de un astro, la materia pura en su origen! Me quedo observando con asombro mi propio cuerpo: esta materia que me contiene se ha vuelto ajena a mí. No temo a los espíritus, los fantasmas de los cuales soy uno -eso podría pasarle a mi cuerpo-, pero temo a los cuerpos, me hace temblar el encontrarme con ellos. ¿Quién es ese titán que me posee? ¡Menudo misterio! ¡Piénsese en nuestra existencia en la naturaleza -ser diariamente testigo de la materia, entrar en contacto con ella-, las rocas, los árboles, el viento en nuestras mejillas! ¡La sólida tierra! ¡El mundo real! ¡El sentido común! ¡Contacto! ¡Contacto! ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos?”

El aquí y ahora de Thoreau implica el reconocimiento de las expectativas: el presente incluye el saboreo de nuestra mente anticipándose a lo que podría venir.

El autor de Walden, observador de la naturaleza y poeta antes que filósofo, según su amor por la música, la poesía clásica y la propia exploración del paisaje, priorizó la vista sobre el resto de los sentidos (cuyo número quedó fijado aleatoriamente por Aristóteles y, como ocurre con el dualismo platónico, seguimos culturalmente atados a los sentidos heredados de la filosofía clásica), pero no se olvidó de éstos.

En Walden:

“El intelecto es un hendedor: discierne y se abre paso hacia el secreto de las cosas. No deseo estar más ocupado con mis manos más de lo necesario. Mi cabeza es toda pies y manos. Siento que en ella se concentran mis mejores facultades. Mi instinto me dice que mi cabeza es un órgano cavador, al igual que ciertas criaturas usan sus hocicos y garras anteriores, y con ella horadaría mi camino a través de estas colinas. Creo que la vena más rica se halla en algún sitio de este entorno; y ello habré de determinarlo mediante adivinaciones y los tenues vapores que se elevan hacia el aire; y ahí habré de empezar a minar.”

El caminante y su sombra

Por momentos, Thoreau en Walden toma el ropaje de un personaje contrariado de Tolstói, incapaz de disfrutar de todas las riquezas posibles y, a la vez, capaz de apreciar la inigualable ambrosía rabelaisiana de compartir un pan mohoso con un bondadoso compañero de cautiverio en medio de una guerra cruenta.

Turismo recreativo de masas en pleno siglo XX; el lago Walden no quedó al margen del fenómeno, como se observa en esta imagen del 15 de septiembre de 1946

Abrirse a vivir es imprescindible, según Thoreau, para impresionarse con el mundo y evitar el odio a los hombres o a la existencia. Como harán Henri Bergson, Lev Tolstói o Friedrich Nietzsche, Thoreau evitará la tentación de la misantropía y nihilismo apreciando la “verdad” que le ha sido revelada: existir no es un tránsito sonámbulo, sino la oportunidad de vivir deliberadamente.

¿Cómo se consigue “vivir deliberadamente”? ¿En qué consiste? Thoreau sugiere que una vida deliberada, o vida “auténtica” según los existencialistas, puede ser reconocida, pero no descrita.

Al fin y al cabo, ni siquiera nuestros pensamientos más ardientes pueden ser descritos de manera fija y definitiva, pues cualquier intención de otorgar un discurso a lo que hemos pensado es una simplificación.

Nosotros y nuestras circunstancias

Recordando a las reflexiones posteriores de Friedrich Nietzsche en sus aforismos de Humano, demasiado humano o El caminante y su sombra, Thoreau se sincera en Walden y recuerda al lector que sólo leerá la copia ya reseca de unos pensamientos que centellearon en un hombre que se esforzaba por abandonar lo que la convención (las mencionadas “circunstancias” de Ortega) ha moldeado para él:

“Desearía hablar en algún lado sin límites; como un hombre en sus momentos más despiertos a hombres en sus instantes más alertas; pues estoy convencido de que no puedo exagerar lo suficiente incluso para tender los cimientos de una expresión auténtica.

“¿Quién que haya escuchado un acorde habría de temer jamás poder hablar con extravagancia? Con relación al futuro y a lo posible, deberíamos vivir sumamente laxos e indefinidos ante ellos, teniendo por ese lado nuestros contornos vagos, indistintos; pues nuestras sombras revelan una perspiración imperceptible hacia el sol. La evaporable verdad de nuestras palabras debería traicionar continuamente lo inadecuado del resto de la enunciación. Su verdad se traduce al instante; y sólo queda en pie el monumento literal. Las palabras que expresan nuestra fe y piedad no son definitivas; y no obstante, para las naturalezas superiores son significativas y fragantes como el incienso.”

Una perspiración imperceptible hacia el sol. Una verdad que se traduce al instante pero, al estar encerrada en palabras, deja sólo un “monumento literal”. Como la poesía, los aforismos y parábolas tienen la virtud de sugerir significados cambiantes que mutan con las circunstancias de la lectura: de ahí que Nietzsche denuncie el corsé filosófico del idealismo con parábolas que suenan a evangelio.

Las diversas interpretaciones de un texto en perpetua construcción

Thoreau también comprendió que ninguna evocación de un impulso vital sustituye al original, pero este esfuerzo (escribiendo o leyendo sobre nuestros instantes de “autenticidad”) nos ayuda a apreciarlo en toda su extensión y matices. El vitalismo y perspectivismo de Nietzsche parte también de esta intención de observar y vivir con autenticidad.

Lago Walden en el caluroso agosto de 1946

Al leer a Thoreau, deberíamos recordar su intención de provocarnos, de despertarnos, y no de plasmar una verdad, pues sólo somos capaces de plasmar esculturas inertes de lo vivido (incluyendo, claro, lo soñado, percibido, intuido, experimentado).

Walden es un ensayo que debería (re)leerse como un relato coherente, pero también como una parábola sujeta a múltiples interpretaciones, una celebración del esfuerzo del autor por legarnos su “verdad revelada”, un trascendentalismo a ras de suelo, de carne y hueso, que intenta devolver el alma a su lugar: el cuerpo y la existencia mortal de cada uno de nosotros.

Walden es una llamada de atención para que escrutemos nuestra existencia y nos preguntemos en qué consiste, según nuestras circunstancias, una existencia deliberada. Cuál es nuestro equivalente de escapada a los bosques, recordando que no hay que copiar lo superfluo (por ejemplo, edificar una réplica prefabricada de la cabaña de Thoreau para montar en nuestro patio trasero), sino interpretar sus reflexiones más profundas.

Nuestra aventura

Para Thoreau, el lago Walden no tiene una profundidad ilimitada, como pensaban sus vecinos, ávidos de leyendas que edulcoraran una realidad que para ellos carecía de magia. En cambio, Thoreau, hombre de su tiempo, se dedicó a la empresa de medir científicamente la profundidad del lago, usado una cuerda con la meticulosidad que demanda cualquier prueba empírica.

No por el hecho de haber escrutado la profundidad de Walden fue el pequeño lago menos mágico para Thoreau, pues su interés intrínseco no residía en un relato metafísico, sino en tratar de apreciar todas sus cualidades reales.

Lo que nos falta lo tenemos en nosotros y alrededor de nosotros. No se trata de cambiar nuestra percepción o el mundo, sino de aprender a mirarlo. Cualquier habitación puede ser nuestra cabaña de Thoreau. Recordemos que nosotros no seremos Thoreau ni nuestra cabaña será la suya, pero en eso consiste nuestra aventura, personal e intransferible.

Walden Pond masificado: en el siglo XX, el lago Walden se convirtió en lugar de pasatiempo turístico de la zona metropolitana de Boston

Y, además, estamos de suerte: nuestra aventura es siempre, y hasta que acabe, ahora.

Henry David Thoreau y otros aliados tratan de recordárnoslo con éxito difuso, pues solemos estar “ocupados” en otras cuestiones “importantes”, corriendo el riesgo de Iván Ilich.

Teoría y práctica de despertar a los coetáneos

En Walden, nos cita al viejo Catón en De Res Rustica, cuando aconseja sobre la granja que el lector debería cultivar en sus momentos de “ocio rural” (el “otium ruris” romano):

“Cuando pienses en hacerte una granja, reflexiona de esta manera: no la compres movido por la codicia; ni malgastes tus esfuerzos en cuidarla, y no pienses que basta con recorrerla una sola vez. Cuanto más seguido la visites, más te gustará, si es que es buena.”

La “granja” de Thoreau era su velada contemplativa en la silla que situaba en el porche de su pequeña cabaña de Walden, pues desde allí apreciaba el paso de la tarde y la calidad de cada atardecer; el comienzo de cada amanecer. Y lo intentó explicar, aunque se excusara por no poder plasmarlo del todo.

Al fin y al cabo, su intención era despertar a sus vecinos de una existencia movida por la carrera acumulativa de bienes (empezando por la propia vivienda: Thoreau escribe cómo algunos de ellos mueren pagando el préstamo de una propiedad que sus descendientes a duras penas saben apreciar).

Pero, expone Thoreau,

“Como ya lo he dicho, no pretendo escribir una oda a la melancolía, sino alardear tan alegremente como un gallo en la mañana encaramado a su percha, si tan sólo con el fin de despertar a mis vecinos.”

Pierre Bezújov y Platón Karatáiev en “Guerra y paz”

Y, en la sombra de este Thoreau, aparece el Zaratustra imaginado por Nietzsche.

Pierre Bezújov, el noble adinerado al que Tolstói somete a una crisis existencial en “Guerra y paz”, se reconciliará con la vida tras el desengaño de los excesos y la pérdida de confianza en el propio ser humano, al observar los límites y pequeñeces de camarilla de las grandes fortunas y el carácter extraño a la Rusia rural de la época de cualquier plan de progreso de la era de la Ilustración.

Es cuando se encuentra prisionero, con hambre y sin calzado, que Bezújov se reconcilia consigo mismo (y por tanto con todos los hombres), al apreciar la grandeza el humilde Karatáiev y sentir la fortuna de poder vivir sus actos:

“Siendo prisionero y viviendo en la barraca, Pierre comprendió, no de modo racional sino con todo su ser, con toda su vida, que el hombre fue creado para ser feliz, que la felicidad está en él mismo, en la satisfacción de las necesidades naturales del ser humano, y que todas las desgracias no provienen de la falta, sino del exceso.

“Supo que en el mundo no hay nada realmente espantoso, que no existen situaciones en las cuales el hombre sea absolutamente feliz y libre, pero que tampoco las hay en las que se sienta del todo desgraciado o falto de libertad. Comprendió que hay un límite a los sufrimientos y un límite a la libertad, y que esos límites están muy próximos; que el hombre que sufre, porque en su lecho de rosas se ha doblado un pétalo, sufre lo mismo cuando duerme sobre la tierra desnuda y húmeda, sintiendo frío en un costado y calor en otro.

“Aprendió que cuando se ponía los ceñidos zapatos de baile sufría lo mismo que ahora, descalzo (hacía tiempo que su calzado se había roto) y con los pies llenos de ampollas.”

A nuestro alcance

Mientras su hermana hacía y deshacía su legado filosófico a su gusto, comprometiendo la imagen futura del propio autor sin que éste pudiera defenderse debido a su enfermedad mental, Friedrich Nietzsche permanecía durante horas observando los acontecimientos celestes desde la terraza de la casa familiar.

Décadas antes, Thoreau había escrito algo que parecía destinado al autor de “Humano, demasiado humano” y a quienes se sentirían inspirados por su obra, que sobrevivió a la tergiversación y apropiación de feriantes y fascistas de distinto pelaje.

Thoreau, en Walden:

“Debemos aprender a redespertarnos, y a mantenernos despiertos, no a través de recursos mecánicos, sino mediante la expectativa infinita de la aurora; que no nos abandone aun en nuestro sueño más profundo. No conozco aspecto más motivador que la incuestionable capacidad del hombre para elevar su vida mediante un esfuerzo consciente.

Al fin y al cabo,

“Es valioso poder pintar un cuadro determinado, esculpir una estatua, y de esta suerte hacer hermosos algunos objetos; pero mucho más glorioso es labrar y pintar la atmósfera a través de la cual miramos, lo que moralmente está a nuestro alcance hacer.”