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Platón y la máquina del tiempo: cuento sobre ganancia y ética

Escribir ficción es la mejor manera de probar hipótesis sobre acontecimientos, fantásticos o reales. Sea cual sea la elección, un relato se mueve en un mundo coherente donde se desarrollan acciones: creando un entorno, el escritor evoca las posibles consecuencias de cada acción.

Una metáfora más adaptada a la actualidad: al concebir un videojuego, el universo creado tiene normas que, confrontadas con la acción, determinan consecuencias.

Fotograma de "La mosca", filme de David Cronenberg (1986)
Fotograma de “La mosca”, filme de David Cronenberg (1986)

Una de las grandes frustraciones de los primeros videojuegos modernos, como Doom (John Carmack), Civilization (Sid Meier) o las grandes sagas de acción de Nintendo (empezando por Super Mario, de Shigeru Miyamoto) eran las limitaciones de este universo creado: el jugador era consciente en todo momento que la acción podía ser únicamente lineal y acorde con las posibilidades previstas por los creadores.

Recurrir a la fábula para reflexionar sobre la realidad

Los últimos videojuegos se acercan a más a la realidad y nos invitan a salir al mundo y descubrir entornos reales donde encontrar hologramas que sólo existen en la tecnología: átomos y bits se funden, tal y como nos llevan avisando autores de ciencia ficción desde hace décadas.

Crear mundos para experimentar con ellos usando distintos supuestos tiene una base tan científica y coherente como los modelos matemáticos usados por computadoras para predecir (con un margen de error que nunca llega del todo a 0, y a menudo se aleja más allá de lo útil) la trayectoria de un proyectil, las consecuencias de una gran tormenta, las implicaciones del calentamiento de la atmósfera terrestre, etc.

Concebir mundos literarios es también una herramienta ética de primer orden. Imaginemos por un momento al autor de la mejor Apología de Sócrates (su alumno Platón), el primer gran filósofo en explorar la gobernanza de la polis (comparando distintos grados y calidades de despotismo con distintos grados y calidades de democracia).

Como el alcohol adulterado.

Pequeña historia de ciencia ficción

Y ahora, vayamos con un supuesto de ciencia ficción: creamos un mundo parecido al actual. Imaginemos que cuenta con las leyes físicas del actual, donde todo es en principio posible menos lo que no permiten estas mismas leyes físicas. Por ejemplo,

  • ir más rápido que la velocidad de la luz;
  • o no tener en cuenta el extraño fenómeno del entrelazamiento cuántico (que recuerda que el mundo funciona como una versión a gran escala de lo que a pequeña escala no son más que probabilidades con otras posibles consecuencias).

En nuestro mundo de ciencia ficción, un grupo de científicos, expertos en física cuántica, ha logrado desentrañar por primera vez los misterios de la “flecha del tiempo” (el discurrir del universo que observamos sigue una misma trayectoria, pasado>>presente>>futuro, y por eso nos da la sensación de que es un valor universal e inmutable, cuando no lo es –explicación-, al menos a escala cuántica).

Un hallazgo inesperado sobre la “flecha del tiempo”

Seguimos con la creación de nuestro universo de ciencia ficción para soportar la hipótesis de este artículo deshilachado, que -avanzo-, no se olvidará de nuestro héroe: Platón, el discípulo de Sócrates y creador de muchos de nuestras pobres intuiciones ontológicas (véase el problema de la separación artificial cuerpo-mente, que sacó de quicio a Nietzsche).

En este universo en creación con sus propias leyes, parecidas a las del nuestro, el grupo de científicos expertos en física cuántica ha descubierto la manera de influir sobre la supuesta irreversibilidad de la flecha del tiempo.

Es decir: en sus experimentos a escala cuántica, han logrado revertir el discurrir del fenómeno que llamamos tiempo, creando una especie de fenómeno Benjamin Button a escala microscópica:

futuro>>presente>>pasado

Los científicos, gratamente sorprendidos por este hallazgo fortuito en el acelerador de partículas de su laboratorio, especulan en un principio con que esta “reversibilidad” de la flecha del tiempo es sólo posible a escala cuántica (o cuando las partículas se comportan como una probabilidad o potencial -un gato vivo y muerto a la vez, según el célebre experimento imaginario de Erwin Schrödinger– y no como una realidad definida), y no cuando, al llegar a mayor escala, las partículas se han “definido”: una vez observamos el evento del gato en la caja, éste estará vivo o muerto, pero no vivo y muerto a la vez.

El científico que trasteaba con simulaciones matemáticas

Pero, sorpresa… Uno de los científicos, aficionado a la computación y al trasteo de modelos matemáticos a gran escala (así como devoto de las fórmulas de geometría algebraica de Alexander Grothendieck), sirviéndose de la capacidad de computación “en la nube” en un régimen de pago por uso, crea una aplicación en lenguaje Python que demuestra la plausibilidad de aplicar el fenómeno de la flecha del tiempo “reversible” a una escala no atómica.

Sus modelos le sugieren que el tiempo no sólo depende del observador, tal y como explica la teoría general de la relatividad, sino que depende también de nuestra conciencia.

"The Lighthouse at Two Lights", lienzo del pintor estadounidense Edward Hopper (1929)
“The Lighthouse at Two Lights”, lienzo del pintor estadounidense Edward Hopper (1929)

Tras estudiar las trazas de los resultados en el historial de la computación realizada (“log file”), escupe el café que acaba de sorber. Según lo que observa en un vistazo lineal, los modelos concuerdan y elementos a escala real (y, por tanto, convertidos en realidad inequívoca a partir del mundo potencial cuántico) podrían usar el fenómeno de la “reversibilidad” de la flecha del tiempo.

El nacimiento de una conjetura sobre el tiempo

El científico aficionado a Python y a trastear en su cuenta de usuario de computación en la nube se levanta del escritorio de su casa. Es sábado y necesita estirar las piernas. Mientras juega en el jardín con sus hijos, se atreve por primera vez a sopesar mentalmente las consecuencias de lo observado en su modelo informático:

“Si tomamos un evento real y establecemos sus coordenadas exactas en el espacio tiempo, y logramos calcular todas las probabilidades de la entidad acotada en su estado cuántico, o antes de que el evento se produjera…”

“…sería posible aplicar a este evento acotado una flecha del tiempo reversible…”

“…y, si tenemos en cuenta que una persona en un momento y lugar determinados es un ‘evento’ en el espacio-tiempo…”

Tras meditar un instante más, el científico dice en voz alta:

“…esta misma persona puede viajar en el tiempo, trasladándose desde el presente al futuro, o desde el presente al pasado, o desde el pasado al futuro…”

Pasan unos años y el grupo de científicos, socialmente acomodaticios al haber logrado el Premio Nobel por su demostración sobre la reversibilidad del tiempo a escala cuántica, reciben una llamada de su miembro aficionado a los modelos matemáticos en lenguaje Python.

El faro y el físico cuántico

Al principio, el grupo teme que las intuiciones que comparten sobre su colega sean ciertas: el aficionado a modelos matemáticos ha adelgazado en los últimos tiempos y tanto su barba como el cabello ralo han crecido sin atención; se ha divorciado y vive aislado en un viejo faro reconvertido en vivienda a las afueras de una vieja localidad pesquera de Nueva Inglaterra.

Pasan los años. El tiempo sigue con su plan inclemente. Llegan tiempos oscuros: una crisis económica, descontento social… hasta que las principales democracias liberales acaban en gobiernos despóticos. La vida en el faro se convierte en su única alternativa, pues es demasiado peligroso tratar de denunciar la deriva de Occidente, que cae en distintas versiones de desgobierno.

Ilustración alegórica sobre la flecha del tiempo y la especulación acerca de su reversibilidad (revista "Wired")
Ilustración alegórica sobre la flecha del tiempo y la especulación acerca de su reversibilidad (revista “Wired”)

Sus amigos le apodan “el farero”. ¿Se habrá vuelto loco? De lo contrario, no se explican que su colega, que arrastra vaivenes anímicos desde sus años de doctorado, se crea realmente la información del documento enviado, donde un modelo pretende demostrar que… es posible viajar en el tiempo.

Todavía más chocante para todos: su amigo no sólo cree que la reversibilidad es posible en eventos delimitados a escala no atómica, sino que asegura haber ideado una máquina para llevarlo a cabo.

La sombra (caballeresca) proyectada por el fato

Por la mente de uno de ellos pasan escenas de un filme de David Cronenberg, La Mosca; otro de ellos, el más ducho en ciencia ficción, especula sobre su propia versión de “El Quijote”, pensando que, quizá, su colega el hippy ha caído -como un Alonso Quijano postmoderno- en una locura inducida por la lectura apasionada de novelas de ciencia ficción sobre viajes a través del tiempo. H.G. Wells y Alonso Quijano, rumia. Pobre loco, nuestro amigo el del faro.

El grupo de amigos discute en un correo electrónico compartido sobre cómo proceder con su colega: el evento puede ser una broma colosal, pero las cuidadas referencias a “log files” y etiquetas de instancias de Elastic Computing Cloud de Amazon Web Services refutan esta hipótesis.

Uno de ellos, espigado y frugal cavalier sureño con aspecto de eterno bachiller, propone invitar a su colega el Nobel farero a una velada, donde el grupo rememorará viejos tiempos y charlará de manera distendida sobre los logros “reales” (la “reversibilidad” de la flecha del tiempo a escala cuántica, donde todos han trabajado), y los seguramente imaginarios: aplicación práctica del mismo principio a eventos espacio-temporales a gran escala (una persona, una hormiga, un edificio, un vehículo).

Convienen en que a la velada, que tendrá lugar en el día de Acción de Gracias en el Faro del pueblo pesquero junto a la frontera con Canadá, acudirán sólo ellos, sin familia, pues el perfil del encuentro está más próximo al de “cerveza y pesca con amigos” que al celebratorio.

Una fiesta y una escena de Edward Hopper

Llega el día. Los primeros en acercarse al faro llegan conduciendo su propio vehículo; uno de ellos vive en Boston y enseña en el MIT. El otro, con el que el primero coincide casi semanalmente en clubs deportivos y eventos del pequeño círculo de Massachusetts, vive en Cambridge, no muy lejos de Harvard y del restaurante preferido de ambos.

El resto de colegas acuden un poco más tarde. Dos de ellos lo hacen en un taxi compartido desde el aeropuerto, mientras el miembro restante del “Club Irreversible” (como se hacen llamar entre ellos, en clave de broma) aparece cuando se ha acabado toda la carne de la barbacoa, pues el autobús que lo ha traído desde los Grandes Lagos ha parado a tres millas de distancia y ha preferido pasear hasta allí sin aceptar la ayuda de los samaritanos que le habrían recogido en la carretera sin pestañear.

Fotograma de la adaptación cinematográfica de "La máquina del tiempo" (1960), basada en la novela homónima de H.G. Wells (1895)
Fotograma de la adaptación cinematográfica de “La máquina del tiempo” (1960), basada en la novela homónima de H.G. Wells (1895)

No le importa haber llegado tarde a la carne. Se ha hecho vegetariano.

Tras aceptar una cerveza en una jarra helada y dejar su gorra sobre la mesa, el recién llegado pregunta quién está sentado a lo lejos, junto al faro. El colega junto a él se encoge de hombros: al parecer, el anfitrión no les ha ofrecido ninguna pista sobre la identidad de la figura con cabello y barba blanca que, mecido por la brisa junto al suave acantilado, se erige en representación cinemática de una pintura de Edward Hopper.

El extranjero impasible

Sólo saben que el extraño impasible es extranjero, no habla inglés, es friolero y prefiere observar el mar que mezclarse entre la gente del pueblo, a apenas quince minutos de distancia a pie por un agradable y solitario sendero costero.

La tarde cae y el calor húmedo se retira. La mayoría del grupo bromea ante una partida de cartas: cribbage y la teoría de juegos. El extraño se acerca a ellos y observa el juego sin comentar. Sólo sonríe y, al observar que se le ofrece una cerveza, niega con la mano y media sonrisa, mientras se toca el estómago con la otra mano. El anfitrión explica que su invitado es extranjero y en su país se bebe vino.

¿Extranjero? ¿A qué se refiere? Dado su aspecto caucásico, la descripción del anfitrión parece algo arbitraria. Un lugar actual donde sólo se comparte vino en este tipo de veladas, rumian… Razón de más para volcarse sobre el tema que les ha llevado hasta allí: la preocupación del grupo por el estado de salud de su anfitrión.

Sacan a relucir el artículo pseudo-científico (o la broma de mal gusto) compartida por su amigo. Ellos saben bien que es imposible revertir la flecha del tiempo en entornos cuánticos ajenos a un acelerador de partículas, ya que no hay fenómenos tan complejos que puedan registrarse en entornos no esterilizados con utensilios de alta precisión y dimensiones suficientes como para experimentar con campos electromagnéticos y partículas cargadas a altas velocidades…

Escala de Planck

Su amigo sonríe, mientras mira melancólico a su invitado, que parece tan asentado en la vivienda-faro que los colegas especulan sobre si se ha instalado definitivamente. ¿Hace tiempo que vive en Estados Unidos?, pregunta uno. ¿A qué se dedica? ¿Es acaso un profesor retirado? ¿Un escritor? Uno de ellos, con el rostro repentinamente iluminado, especula sobre si la procedencia del forastero es el Próximo Oriente. ¿Un refugiado?

El anfitrión se limita a repartir un poco de brandy a sus invitados, invitándolos a entrar en el edificio anejo al faro, un viejo cobertizo de tejuelas de madera y tejado de mansarda envejecido con elegancia por los elementos.

El simposio de Platón: pintura de Anselm Feuerbach con la llegada de Alcibíades (1871–1874)
El simposio de Platón: pintura de Anselm Feuerbach con la llegada de Alcibíades (1871–1874)

En el interior del cobertizo, espartano y ordenado, encuentran sillas de madera, un tablón alargado sobre caballetes que actúa como mesa de trabajo y, al fondo, una habitación con puerta de aspecto futurista y lo que parece un descompresor atmosférico.

El anfitrión resta importancia a la instalación frente a ellos. Al fin y al cabo, ironiza, la incredulidad que sugieren acerca de sus hallazgos sobre la reversibilidad de la flecha del tiempo en eventos de espacio-tiempo a escala del mundo real (como una persona) y no sólo a escalas imperceptibles como la de Planck, hace que allí, al fondo del cobertizo, no haya más que un amasijo de instrumentos comprados por correo y personalizados in situ.

Ecos de la misa ortodoxa de la infancia

Nada de importancia, añade. El silencio se impone entre sus amigos. El cansancio aparece en el rostro de algunos de ellos, que empiezan a preguntarse si su amigo les tendrá preparado algún lugar para dormir o si, por el contrario, tendrán que pernoctar en el motel más cercano.

El anfitrión habla finalmente con su huésped, el misterioso forastero, aunque no lo hace en inglés. La lengua usada entre ambos les es extrañamente familiar. Sin duda, no es una lengua semítica, sino que sus fonemas marcadamente indoeuropeos la sitúan en la cuenca mediterránea.

El rostro de uno de los científicos invitados, Nichols, un yankee con ancestros en distintos puntos de europa, enrojece a medida que la musicalidad de la lengua usada por el forastero le retrotrae a los sermones en la iglesia ortodoxa griega de Nueva Jersey a la que había acudido durante toda su infancia. No cabe duda: el anfitrión habla en griego con su huésped, aunque es un griego… como la lengua usada en la Biblia Septuaginta, traducida al griego de los libros hebreos por una comunidad multicultural de la isla de Pharos, en el siglo III aC.

Cristiano ortodoxo devoto, Nichols advierte los arcaísmos inequívocos… Ante él, discurre una conversación más viva que la sangre que se acumula en su rostro… ¡En griego clásico!

Las ideas de un farero

Finalmente, ante la extraña insistencia de Nichols para que se aclare y el creciente desconcierto del resto de premios Nobel del Club Irreversible, el anfitrión les pide que se relajen y que, si quieren, se tomen lo que van a oír como un relato fantástico. Al fin y al cabo, dice, los relatos fantásticos bien construidos no son sólo una celebración de la imaginación humana, sino que evocan las posibilidades insondables de un universo cuántico. El multiverso

Los invitados esperan lo peor. El farero no sólo está chiflado, sino que vive con otro chiflado y, ahora, parece abogar por las hipótesis más hilarantes de la teoría de Cuerdas. Otro lector de David Deutsch, piensan.

Alegoría del tiempo (detalle del fresco "Alegoría de marzo: Triunfo de Minerva", de Francesco del Cossa, mediados del siglo XV)
Alegoría del tiempo (detalle del fresco “Alegoría de marzo: Triunfo de Minerva”, de Francesco del Cossa, mediados del siglo XV)

El relato comienza. Tras realizar las primeras simulaciones matemáticas sobre reversibilidad de la flecha del tiempo a escala real en su cuenta de computación en la nube, el farero había decidido poner en práctica un anhelo que le había perseguido desde la infancia, quizá antes incluso de leer a H.G. Wells…

Éxito de la teletransportación

El anfitrión había decidido mudarse definitivamente al faro, que le había servido de residencia introspectiva los fines de semana, cuando el país había votado al déspota que había arruinado las instituciones y desprestigiado la ciencia, hasta que la sospecha de la población sobre quienes se quejaban de la falta de rigor científico de la información que llegaba por Internet había derivado en encarcelamientos y deportaciones.

Al final, una vez construido el utensilio (que había bautizado como “Teletransportador de burritos”, al haber servido en los primeros experimentos de calibración como plataforma para delimitar un evento espacio-temporal -un burrito mexicano- que se comía a diario, después de acotar cada vez más sus características), el farero había realizado los primeros experimentos de reversibilidad de la flecha del tiempo con ratones.

El éxito de los experimentos le había animado a explorar nuevas teorías, esta vez sobre la teletransportación espacio-temporal con estabilizador cuántico de coordenadas, o aplicar a gran escala los principios de la reversibilidad de la flecha del tiempo. Una ecuación para equilibrar márgenes de error peligrosamente elevados le había servido para, por ejemplo, enviar un evento actual (un par de zapatos) hacia el pasado. Éxito.

Eventos: coordenadas en el espacio tiempo

Ya no había rostros de sueño ante él, sino estupor. Pese a invitar a sus amigos a que se tomaran la historia como una invención fantástica, el incómodo silencio en el interior del cobertizo sugería un interés genuino… y científico.

En esa historia fantástica -interrumpió Nichols-, ¿llegaba el momento en que él mismo se introducía en el acelerador creado?

Sí.

Frustrado ante la pérdida de valores de muchos de sus conciudadanos, que habían sacrificado la salud de un sistema democrático perfectible, pero con instituciones sólidas, por un régimen populista todavía más corrupto, el farero había decidido, literalmente, “borrarse de la faz de la tierra”… O, más concretamente, abandonar el presente y viajar a un momento y lugar evocadores.

Pero pronto comprobó que era imposible viajar de manera permanente a otras coordenadas de espacio-tiempo sin contrarrestar las coordenadas dinámicas (en constante movimiento) de la persona que ha viajado por un evento idéntico en las coordenadas originales que ha abandonado (un lugar y un momento en el presente).

Luz socrática

Así que se había conformado con viajes temporales.

En el último trayecto a lomos de una flecha del tiempo reversible, había ejecutado con éxito su último experimento: un viaje espacio-temporal capaz de ampliar las coordenadas del evento y, por ejemplo, permitirle viajar de vuelta con objetos, animales o incluso personas, siempre que la suma total de su cuerpo y los cuerpos restantes no superara ciertos límites.

Así que, ahora, se permitía, con el permiso de todos, presentarles a un filósofo griego. Platón.

Thomas Paine retratado por Laurent Dabos (1791)
Thomas Paine retratado por Laurent Dabos (1791)

Uno de los invitados soltó una carcajada nerviosa que se congeló en aquel momento y aquel lugar compartido con sus colegas… No podía ser verdad y, a la vez, tenían ante él a aquel buen actor. Y, según Nichols, fuera quien fuera, hablaba griego clásico.

El silencio se hizo insoportable. A fuera empezaba a anochecer, así que el extraño huésped se acercó al interruptor de la luz junto a la puerta del cobertizo y, rememorando una vez más una curiosidad genuina por aquella lumbre prometeica viajaba por cuerdas, lo apretó con extremo cuidado. Luego, se giró y sonrió.

Estar-en-el-mundo

El huésped alzó la voz y se dirigió a todos ellos. No comprendieron nada, pero sí detectaron dos palabras, así como vocablos cuya raíz conformaba tantos conceptos en cualquier lengua moderna. Habían entendido “Sócrates” y “Aristóteles” en una misma frase. ¿Podía tratarse, en efecto de una presentación en primera persona del alumno de Sócrates y, a su vez, maestro de Aristóteles?

Al parecer, el huésped había charlado con el farero sobre el origen y sentido del tiempo en el esquema de todas las cosas. El anciano lo había resumido de la siguiente manera:

“El tiempo es una imagen móvil de la eternidad.”

El farero no había preparado camas para esa noche, pero sus colegas volvieron poco después. El huésped de cabello y barba blanca había abandonado la casa de su anfitrión, pero en la mayoría de las siguientes visitas encontraron a distintas personas que, según el farero, habían accedido a visitar las coordenadas de espacio-tiempo que el farero compartía con el Club Irreversible.

El nacimiento de los Sofistas Irreversibles

Los amigos empezaron a demandar más tiempo a sus familias sin necesidad de ofrecer demasiadas explicaciones. Con el paso de las semanas, cuando los encuentros se hicieron periódicos y requerían incluso estudio, los miembros del Club Irreversible se limitaron a confirmar a sus seres queridos y relaciones que, en efecto, trabajan de nuevo en algo conjunto.

En esta ocasión, se trataba de un think tank con sede… en el faro de su amigo. En cuanto a la actividad del think tank (para el cual habían encargado un letrero donde se leía “Sofistas Irreversibles”)… se centraba en el pensamiento. ¿En qué pensamiento? En el pensamiento humano, respondían. Y la gente empezó a sospechar que se trataba de una tomadura de pelo, o acaso de un proyecto secreto con inversión gubernamental o de la empresa privada, o quizá una secta con raíces en los valores de la Ilustración…

En un encuentro, coincidieron con dos caballeros cuyo inglés era más bien pomposo, y un acento, si bien similar, con diferencias en el deje que los situaba al otro lado del Atlántico. Si se trataba de una broma del farero, ésta estaba bien conseguida: ambos caballeros habían acudido al presente desde el pasado revolucionario estadounidense para discutir las debilidades de la insólita situación gubernamental del país, tras haber elegido a un tirano con poca preparación como presidente: Donald Trump.

Caballeros ilustrados

El nombre de los dos caballeros, que discutían sobre política y filosofía con asombrosa facilidad: Thomas Paine (o, al menos el “Thomas Paine real”, si el que estaba ante ellos era un simple actor), originario de Thetford, al este de Inglaterra, había emigrado a las Trece Colonias y apoyado la causa de la revolución estadounidense, basada en los valores de la Ilustración.

El segundo, el irlandés Edmund Burke, tenía también simpatía por los valores de la Ilustración y mostró igualmente su rechazo a una personalidad arbitraria, ignorante y tiránica como la del mandatario que los allí presentes habían descrito. Ese tipo de tiranos, reflexionó, no pueden ejercer la virtud, al no reconocerla ni mostrar interés en aprender a hacerlo.

A diferencia de Paine, Edmund Burke pensaba que el progreso ilustrado podía realizarse sin romper con los símbolos del Antiguo Régimen, que se podían adaptar a la nueva situación.

Poco a poco, los Sofistas Irreversibles aceptaron su potencial reversibilidad, y algunos de ellos acompañaron al farero en sus viajes por la historia y por el futuro.

Charlaron con Séneca, Michel de Montaigne, Baltasar Gracián

También pasaron por el faro Robespierre y Dantón, poco arrepentidos de sus medidas arbitrarias para aniquilar lo que fuera en contra de su visión ortodoxa de la Revolución Francesa. En, el experimento, no hubo interés por traer a Adolf Hitler al presente. Preferían no arriesgarse con el experimento, dado el atractivo del personaje en determinados círculos estadounidenses, incluido el propio Gobierno.

Heridas que se proyectan en el tiempo

La escritora Ayn Rand fue otra de las invitadas. Rand rió durante minutos, al conocer que un creciente grupo de jóvenes estadounidenses combinaban un relato fascista sobre la raza blanca con citas suyas fuera de contexto; se hacían llamar la “derecha alternativa”, o Alt-Right, un eufemismo del viejo supremacismo sureño. Nada más alejado del uso de la razón y de la búsqueda de un propósito vital que buscar excusas para canalizar la propia ira.

¿Por qué la habían llamado? Ella era una escritora de segunda y lo que quería era acabar una novela en la que trabajaba, “La rebelión de Atlas”. Al explicársele el fenómeno de Donald Trump, Rand aclara que tal personaje se acercaba más a los enemigos de una sociedad libre donde el individuo florece, que a John Galt.

El tal Steve Bannon era, en su opinión, un Ellsworth M. Toohey contemporáneo. Peter Thiel, en su opinión, había leído demasiado H.L. Mencken y no había entendido nada, pues Mencken había luchado contra la ignorancia y el fundamentalismo redentor de Estados Unidos, y el propio Thiel había invertido en lo contrario, encumbrando a un charlatán que presumía de ignorancia al puesto de presidente de la República.

Imagen móvil

Durante sus aventuras en el tiempo, el Club Irreversible, reconvertido en think tank “reversible”, concluyeron que la gobernanza de las sociedades humanas es siempre compleja, pero el experimento democrático desde la Ilustración brillaba como el mejor experimento de todos aplicado a gran escala.

El propio Platón había mostrado su sorpresa al tratar de calcular el alcance de democracias como las que habían entrado en crisis de credibilidad en Occidente.

El think tank decidió disolverse y trabajar para crear un pequeño pueblo apartado que serviría como refugio para creadores en las Montañas Rocosas.

A la entrada del pueblo, convinieron, se erigiría la estatua -una estatua concebida por Rodin, Giacometti y Chillida, trabajando en equipo gracias al viaje en el tiempo- de un anciano sentado junto a un faro, con la siguiente inscripción:

“De noche, sobre todo, es hermoso creer en la luz.”

[Recordatorio: es un relato de ficción. La ciencia ficción es lo más cercano a la realidad -al menos, la realidad “multiverso”- que podemos concebir.]