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Torre Nakagin: 140 cápsulas de quita y pon en un rascacielos

En 1972, un desconocido arquitecto japonés de 38 años culminaba la que sería su obra maestra: un edificio modular compuesto por 140 pequeñas cápsulas autónomas suspendidas de una estructura central.

Las cápsulas (de 2,3 metros -7,5 pies- por 3,8 metros -12 pies- por 2,1 metros -6,9 pies-), parecían flotar en el aire, sujetas al núcleo por 8 anclajes ocultos a la vista, un aspecto futurista reforzado por el uso de cemento pulido y un único ventanal redondo en su frontal.

(Vídeo de Kirsten Dirksen sobre nuestra experiencia durmiendo en una cápsula de la Torre Nakagin)

Torre de cápsulas Nakagin: un manifiesto del movimiento metabolista

Las pequeñas unidades del edificio o torre de cásulas Nakagin, integradas en la estructura con la aleatoriedad de un organismo complejo, enriquecieron la aportación del Tokio de posguerra a la arquitectura mundial.

Con el edificio, Kisho Kurokawa logró que el movimiento metabolista del que formaba parte no se quedara en una mera declaración de principios, o en una tímida aplicación en la vida real, a través de sucedáneos “adaptados” a las supuestas exigencias del momento y el lugar.

Visita a la torre Nakagin

Una visita a Tokio sin perderse por sus tiendas de robótica o electrónica, o sin visitar sus edificios de todas las épocas, se convierte en un recorrido aséptico y sucedáneo, digno de quienes prefieren permanecer en el falso confort de los servicios de ocio y lujo que comparten sin distinción las principales ciudades del mundo.

La torre Nakagin estaba en nuestro recorrido, así que decidimos visitarla y, gracias a Masato Abe, que permite pernoctar a cualquiera en una de las cápsulas, conocimos el interior del edificio y pudimos convivir unas horas con el puñado de residentes que se resisten a abandonar al edificio a su suerte: no hay planes para sustituir el asbestos usado en la construcción, ni tampoco para reparar la caldera de agua caliente.

El reconocimiento público del edificio no impide que algunos propietarios prefieran vender el preciado suelo sobre el que se erige para construir un rascacielos que logre mayores réditos a corto plazo.

Un siglo después de los avances de la era Meiji

Tras explorar los barrios residenciales y comerciales al norte del palacio imperial en Tokio (Chiyoda), nos adentramos en el Tokio de avenidas regulares con modernos edificios comerciales, de entretenimiento y de oficinas, camino del distrito que albergó la primera estación de ferrocarril en Japón (1872): la terminal de Shiodome, Shinbashi.

Shinbashi ha evolucionado mucho desde entonces y, más allá del museo del ferrocarril, templos y jardines como la antigua villa y coto con foso de aguas tidales propiedad de antiguos shogunes (Hamarikyu), apenas quedan restos no ya anteriores a la modernización del país a finales del siglo XIX (era Meiji), sino edificios anteriores a la II Guerra Mundial y la transformación de la zona, tanto Shimbashi como los barrios circundantes (Ginza, Tsukiji, Toranomon, etc.).

Del átomo a la nebulosa

En los años 60 del siglo pasado, un grupo de jóvenes arquitectos e intelectuales japoneses concibieron el metabolismo, movimiento artístico y arquitectónico similar al movimiento moderno internacional, aunque con una visión particular del desarrollo urbanístico.

Resumían así sus preceptos: 

“Consideramos a la humanidad como un proceso vital, un continuo desarrollo desde el átomo a la nebulosa. La razón por la cual usamos una denominación tan biológica, ‘metabolismo’, es porque creemos que el diseño y la tecnología deberían ser una denotación de la sociedad humana. No vamos a celebrar el metabolismo como proceso natural, sino a tratar de estimular el desarrollo metabólico activo de nuestra sociedad mediante nuestras propuestas”.

Un alojamiento compacto y cómodo como pied-à-terre 

La zona de Minato (todo el suroeste del palacio imperial, incluyendo Shinagawa, Shibuya y Shinjuku) concentraba las sedes de las principales empresas industriales y electrónicas: Honda, Mitsubishi Heavy Industries y Mitsubishi Motors, NEC, Sony, Fujitsu o Toshiba. 

Muchos obreros cualificados y oficinistas acudían a trabajar a la zona y su único alojamiento de emergencia cuando pretendían quedarse por la zona eran los alojamientos hoteleros tradicionales, a menudo demasiado caros.

El movimiento metabolista se inspiraría en la pujanza japonesa y los nuevos conceptos de acceso al trabajo y al descanso para aportar posibles soluciones a la falta de alojamiento económico que sirviera como pied-à-terre para emergencias.

El gran estancamiento: la experimentación que empezó y no siguió

En paralelo con la arquitectura orgánica (la versión más atenta con la conexión fractal entre individuo, casa y entorno), el metabolismo japonés pretendía aprovechar el rápido crecimiento y optimismo tecnológico que había propulsado la reconstrucción de Japón después de la II Guerra Mundial para crear un modelo arquitectónico barato, flexible y asequible en un país con elevada densidad urbanística.

Poco más tarde, surgirían los primeros experimentos en edificios modulares y alojamientos en forma de cápsula, inspirados en el desarrollo tecnológico de la época, la exploración espacial y los propios principios del metabolismo.

Mientras tanto, Estados Unidos, Europa y Latinoamérica albergaban una efervescencia arquitectónica similar, con alumnos de los maestros modernos (Frank Lloyd Wright, Ludwig Mies van der Rohe, Le Corbusier, Walter Gropius, Oscar Niemeyer, etc.) experimentando con nuevos materiales y estructuras geométricas (cemento, arcología, cúpula geodésica, brutalismo en sus diversas versiones, etc.).

Sobre la necesidad de los edificios manifiesto (y productos conceptuales en general)

Los jóvenes creadores japoneses no se conformaban con adaptar tradiciones ajenas, de modo que Kiyonori Kikutake, Kisho Kurokawa o Fumihiko Maki, entre otros, entraron en la carrera por erigir un edificio-manifiesto: el equivalente a un prototipo industrial -diseño puro, radical, que llevara los conceptos planteados al máximo- sobre el que se inspiraran -de un modo más realista- los edificios japoneses del futuro.

Era una época en que lo pequeño (estructura atómica de los materiales, la composición en hélice del ADN/ARN o las características de las moléculas) y lo cósmico (relatividad, interpretación del espacio-tiempo, etc.) influían sobre todas las artes.

Como Buckminster Fuller o Paolo Soleri, el alumno de Frank Lloyd Wright que crearía su propio prototipo de ciudad-edificio (concepto que él llamó “arcología”) en el desierto de Arizona, el movimiento metabolista concebía las sociedades humanas como un proceso vital de desarrollo desde modos primarios y atomizados a nebulosas o estructuras complejas. En orden ascendente: grupo, tribu, señorío, pueblo, sociedad.

Raíces del movimiento metabolista (y tendencias similares)

El paralelismo no se queda aquí. Si las arcologías pretendían encontrar el equivalente a la sección áurea entre arquitectura y ecología, creando edificios con dimensiones y población que permitieran, por densidad, practicar la autosuficiencia con una elevada calidad de vida, los edificios del metabolismo también abogaron por las megaestructuras, en un momento en que la densidad de población de Tokio-Yokohama planteaba intensos debates sobre acceso a la vivienda, urbanismo y calidad de vida.

De este modo, décadas antes de que las mayores ciudades de Occidente se plantearan disyuntivas similares, al carecer de las severas constricciones de la falta de espacio y materias primas de la insular Japón, el metabolismo abogó por el crecimiento orgánico y modular para que las construcciones se adaptaran a las necesidades del entorno y la población, y no a la inversa.

Conscientes de que necesitaban un proyecto-manifiesto, los metabolistas lograron finalmente situarse en el mapamundi de las ideas sobre urbanismo y arquitectura en 1972 (justo 100 años después de que se inaugurara la primera estación de ferrocarril de Japón en Shiodome, a apenas unos minutos de distancia), con la culminación de la Nakagin Capsule Tower.  

Una visita al (vigente) “futuro” de 1972

Durante nuestra visita, y pese al mantenimiento mejorable de fachada e instalaciones debido a la división de los propietarios sobre el futuro del edificio, estudiamos con detalle tanto el núcleo en espiral como el interior de las cápsulas.

Afortunadamente, la cápsula gestionada por Masato Abe mantiene la mayoría de los elementos originales. Cada cápsula cuenta con sólo dos espacios divididos, el habitáculo central y, a un extremo de la puerta de entrada, un lavabo con ducha y bañera al que se accede por una puerta-escotilla.

La pared lateral opuesta a la que ocupa el baño en uno de sus extremos incluye una única y ligera pieza de mobiliario con cajones, puertas, panel de mandos para controlar servicios (iluminación, televisor, hora, calendario) y escritorio abatible. 

Análisis del edificio y las cápsulas

El habitáculo, incluyendo los servicios del baño y el mueble de pared, son blancos y con aspecto futurista/minimalista: todos los elementos fueron concebidos para superar el efecto-sorpresa que a menudo acompaña a las propuestas radicales apoyadas en un trabajo vacuo, y son útiles a largo plazo.

Ejemplos:

  • la posición y uso de inodoro, pica de baño, ducha y mandos es sencilla, fácil de mantener, reparable desde el interior y confortable;
  • pese a su aspecto futurista, ya que los muebles superiores y los inferiores convergen en la pared en ángulo de 45%, uno advierte que la idea no fue una pura concesión al diseño cuando, por ejemplo, abre el escritorio, que ocupa el centro del mobiliario superior, se abre hacia abajo y su fondo encaja a la perfección con la parte superior del mueble inmediatamente inferior, evitando el uso de patas u otros elementos que restaran espacio al habitáculo.

Estos y otros detalles acercan el interior de las cápsulas al profundo estudio sobre funcionalidad que realizan compañías automovilísticas y de vehículos de recreo, desde pequeños barcos a autocaravanas, para extraer la máxima funcionalidad no ya de cada centímetro cuadrado, sino de cada centímetro cúbico.

Las cápsulas Nakagin, por tanto, forman parte de la arquitectura del movimiento de las casas pequeñas décadas antes de que éste tuviera conciencia de existir.

Transitoriedad, modularidad, adaptabilidad

Nacido en Nagoya y graduado en la Universidad de Kioto, Kurokawa estaba tan imbuido en la arquitectura moderna occidental -desde los maestros latinoamericanos a los estadounidenses y europeos- como en la tradición japonesa y oriental, más ligera y atenta a lo circundante: luz, corrientes de aire, materiales, conciencia de la transitoriedad de un edificio (y de la propia existencia humana), etc.

Como cualquier obra con voluntad conceptual o atenta a un manifiesto, la torre de cápsulas Nakagin aplicó ideas radicales sin adaptarlas a las demandas del mercado de la época; esta voluntad de pureza explicaría la radicalidad del concepto (pequeñas cápsulas de descanso integradas en una estructura central de hormigón que podían ser sustituidas o cambiadas de posición, gracias a su idéntico tamaño y especificaciones, que garantizarían -pensó el arquitecto- su modularidad.

Cada cápsula se asía al edificio Nakagin con ocho tornillos de anclaje; una grúa y una llave permitía, sobre el papel, adaptar el edificio a nuevas necesidades, o facilitar las reparaciones.

Un edificio modificable y reparable (como una vieja casa japonesa)

Materiales, diseño interior y exterior y espacios comunes tampoco hicieron concesiones a las demandas del gran público de la época y destacaban por su aspecto minimalista y futurista, algo así como el sueño urbanita hecho realidad de Bucky Fuller o Paolo Soleri.

Conceptualmente, el edificio Nakagin representa los procesos vitales y cíclicos de cualquier sistema natural complejo: cada unidad o “cápsula” fue fabricada en un taller y ensamblada su propio espacio aislado (pese a la apariencia de que las unas descansan sobre las otras, cada una de ellas es estructuralmente autónoma y los 8 anclajes dependen del núcleo central).

Gracias a esta autonomía, las cápsulas podían reemplazarse, añadirse, sustraerse o incluso alterar su forma o tamaño para responder a nuevas situaciones, siempre y cuando mantuvieran su coherencia con respecto a la presión sostenida por la estructura y la compatibilidad con el sistema de anclajes.

La espiral en los diseños de la naturaleza

En cuanto a la forma, el edificio evita un patrón excesivamente regular, a partir del concepto de crecimiento y adaptación de las estructuras orgánicas por las que aboga el metabolismo. 

La asimetría en la posición de las unidades, marcada tanto por el dinamismo de los dos planos posibles contrapuestos (frontal y lateral) como por la ventana redonda en forma de ojo de buey del frontal de cada cápsula, otorga al conjunto la apariencia de transitoriedad o dinamismo: cambio en espacio a través del tiempo.

Las cápsulas son idénticas, pero la estructura logra su carácter orgánico con una colocación irregular y un núcleo que la sigue con una estructura cilíndrica que asciende en espiral, con tres niveles separados por escaleras en cada una de las plantas de ascensor y dos accesos a cápsula por nivel. 

Presente

Además de acceso al ascensor y a tres niveles ascendentes, cada planta cuenta con una puerta de acceso al exterior del edificio: de pronto, el visitante se encuentra sobre una de las cápsulas, protegido del vacío por soportales insuficientes para su uso extensivo, especialmente por niños.

Para crédito del arquitecto, el acceso a la fachada exterior fue concebido para el mantenimiento del edificio y no para su uso recreativo. 

De sobrevivir al intento de demolición de parte de sus propietarios, la torre de cápsulas Nakagin afrontará, sin la participación de su creador, una profunda remodelación, que podría adaptar estos accesos a fachada para un uso más extensivo con vistas a la autopista elevada de la zona, los jardines de Hamarikyu y el complejo futurista de rascacielos, metro elevado, paseos peatonales elevados y centro comercial y de oficinas Shiodome.

Nakagin Capsule Tower Project

Una ONG tokiota, Nakagin Capsule Tower Project, fue fundada para informar sobre la calidad arquitectónica y significación histórica del edificio y lograr, así, su restauración y permanencia como manifiesto habitable y en permanente evolución del movimiento metabolista.

La organización recauda fondos para comprar una de las cápsulas y poder así acceder a las juntas de propietarios con capacidad de decisión, para influir así sobre el objetivo para la que fue creada.

¿Contenedores logísticos?

Por su tamaño y características, quizá la versión actual de la torre Nakagin carecería de cápsulas prefabricadas en un taller y se serviría de contenedores logísticos reciclados, tan económicos como fáciles de obtener y distribuir desde cualquier lugar hasta cualquier punto del planeta.

O lo que es lo mismo: medio siglo después, el edificio conceptual de Kishō Kurokawa es más vigente que nunca. Arquitectos y diseñadores como Rem Koolhaus, Marc Newson o Moshe Safdie, entre otros, han reconocido la influencia del metabolismo, el edificio de cápsulas y Kurokawa. 

Pero el reconocimiento del metabolismo y del propio Kurokawa, muerto en 2007, gracias a la torre Nakagin no ha garantizado la viabilidad del edificio, con problemas de mantenimiento e incluso amenazas de demolición por parte de algunos de los propietarios de cápsulas, que preferirían edificar un rascacielos y obtener los réditos del precio del mercado inmobiliario en una zona exclusiva.

Nota: empecé este artículo en el interior de una de las cápsulas de la Nakagin Capsule Tower en Tokio, y lo acabo un par de días después en una -mucho más reducida- cápsula del 9hours Capsule Hotel de Kyoto, tras haber viajado a esta última ciudad en el cómodo y económico Shinkansen (tren de alta velocidad japonés).