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Apicultura urbana, o cómo producir miel en la ciudad

La producción de miel artesanal vuelve a la ciudad, recuperada por aficionados a la apicultura, reivindicadores de la producción y cultivo local de alimentos y algunos chefs reconocidos.

Estos últimos aprovechan las terrazas y azoteas de restaurantes y hoteles para producir la miel que incluyen en sus platos y postres. Y los clientes están encantados de leer en la carta “miel orgánica producida en este mismo establecimiento”. Al menos, los que hablaron con nosotros en San Francisco.

Las abejas se refugian en las ciudades

La apicultura urbana es ya una tendencia, practicada para el consumo doméstico y el de pequeños negocios, que ha contribuido a que varias ciudades reconsideren su reticencia a reconocer legalmente la crianza de abejas en entornos urbanos, actividad que había sido incluso prohibida en las ultimas décadas.

Nueva York, la urbe que definió parte de la cultura popular más icónica del siglo XX, prohibió la apicultura urbana en 1999, pese a que, hasta la segunda mitad del siglo XX, se hubiera producido miel en lugares ahora inverosímiles como el Radio City Music Hall, o la azotea del Museo Estadounidense de Historia Natural.

Ahora símbolo de los nuevos tiempos, los responsables del departamento de salud de Nueva York han retirado la prohibición de practicar la apicultura en la ciudad, poco más de una década después, un cambio en la ordenanza municipal seguido por otras grandes ciudades a ambos lados del Atlántico.

Dada la ausencia de altas concentraciones de pesticidas en las ciudades, los jardines públicos y privados de las urbes podrían convertirse en un refugio para las abejas melíferas, explica Marion Tanguy en The Guardian.

¿Criar abejas como afición urbana?

¿Qué tuvieron en común Aristóteles, León Tolstoy y Henry Fonda? Además de ávidos observadores del comportamiento humano -qué mejor ejemplo que Henry Fonda en Twelve Andry Men– y animal, estos tres personajes aparentemente tan distantes tuvieron una afición común, la apicultura.

A diferencia de la producción de miel como actividad agropecuaria, que ha evolucionado hacia explotaciones apícolas con mayor tamaño y capacidad de producción, los aficionados a la crianza urbana de abejas mantienen pequeñas colonias que se alimentan y ayudan a polinizar los jardines urbanos, ricos y diversos. 

Los jardines y parques metropolitanos, donde abunda la diversidad de plantas con flores, contribuyen a producir una miel especialmente rica e intensa, ya que las abejas acceden a una dieta más variada y evitan los pesticidas de los monocultivos como el atrazine (y sus devastadoras consecuencias en abejas y otros animales).

Colmeneros urbanos en San Francisco: cosa de profesionales y chefs

Durante nuestra ya periódica estancia en San Francisco cada verano, en agosto de 2010 tuvimos ocasión de pasar un rato con dos productores de miel en la ciudad del norte de California.

Pero los hipsters de ahora no viven en comunas ni se dedican a perseguir la imagen estereotipada del hippie de los sesenta. Hay profesionales liberales y abundan las clases urbanas entre quienes reivindican en San Francisco la comida y gastronomía locales, el cultivo de huertos urbanos, la recolección de setas y frutas silvestres, etc.

La Bahía de San Francisco, relacionada tanto con proyectos tecnológicos como con la vanguardia contracultural y ecologista de Estados Unidos, tanto en los 60 del siglo pasado como ahora, también se ha apuntado a la apicultura urbana. 

Hay personas en la zona que la producen para consumo doméstico, propio y de amigos; mientras otros la producen en tejados y azoteas de hoteles y restaurantes y las incluyen en los platos que sirven a sus comensales. Visitamos a dos apicultores aficionados de San Francisco, cada uno de ellos con uno de los perfiles mencionados.

Nuestra visita a dos apicultores urbanos de San Francisco

Nuestra amiga Alexandra Danieli, una joven alemana casada con un estadounidense y afincada en la ciudad, nos enseñó su colmena urbana (ver fotogalería), que ha instalado en el jardín trasero de la casa de unos amigos, en el barrio de Bernal Heights.

Danieli, que considera la apicultura una afición que le reporta un valioso premio, miel orgánica de gran calidad, visita su colmena con asiduidad, ya que la diversidad de la flora de la ciudad garantiza la producción constante de miel de sabor intenso y, según los estudios, de mayor calidad, dada la mayor diversidad de plantas en los jardines urbanos.

La apicultura no es un oficio peligroso y sólo requiere algo de sentido común, nos explicaba, que no conocía el oficio antes de comprar la colmena que ha instalado cerca de su casa en San Francisco. Al estar embarazada y por deferencia hacia mí, que la ayudé a retirar los distintos niveles de la colmena, durante nuestra visita nos colocamos un mono integral y un gorro de colmenero para evitar picadas, pero en ningún momento las abejas mostraron un ápice de agresividad.

Kirsten, que grabó su entrevista con Alexandra con su inseparable videocámara, no se colocó ninguna protección y la abeja que se posó más cerca de ella fue la que descansó durante unos minutos sobre la lente de su cámara.

Ilustres hoteles que producen su propia miel

A diferencia de Alexandra Danieli, el chef jW Foster, jefe de cocina del Fairmont San Francisco, insistió en instalar varias colmenas en los jardines del hotel, uno de los más emblemáticos de la ciudad, no sólo para ayudar a la polinización de las plantas en el Fairmont y la zona, sino para incluir la miel producida en sus postres.

El propio jW Foster, acompañado por la directora de relaciones públicas del hotel, Samara Diapoulos, nos invitó a visitar las colmenas, situadas en grandes maceteros emplazados en batería a lo largo de dos hileras de unos 50 metros de longitud, que estaban siendo replantados antes de la llegada del otoño con lavandas y especias aromáticas. Las nuevas plantas se unirán a la ya abundante flora del jardín del hotel y otros rincones aledaños.

jW Foster y el resto del equipo del Fairmont especifican que la miel usada en la cocina del hotel es de producción propia, y las colmenas pueden verse en un jardín lateral del edificio, situado en lo alto de Nob Hill, una exclusiva colina en el centro urbano de la ciudad, con vistas a la bahía.

Cuando uno de los hoteles más emblemáticos de San Francisco, considerado el ilustre abuelo de los hoteles de lujo de Nob Hill, instala colmenas en sus jardines y ofrece la miel producida en los platos y postres de su restaurante, la apicultura urbana es respetada no sólo por la abundante élite hipster de la ciudad, sino por el establishment más ilustre.

Los colmeneros urbanos no nacen, reaparecen

Desde 2000, coincidiendo con el interés por los huertos urbanos, los movimientos de comida local y orgánica, y una mayor concienciación medioambiental entre determinados sectores, se ha multiplicado el número de colmeneros urbanos. Aumentan el interés y, por qué no, las oportunidades de negocio; ya hay emprendedores verdes interesados en diseñar colmenas compactas y sencillas para apicultores poco experimentados.

Pero los colmeneros urbanos no son una novedad en la apicultura, asociada a las poblaciones humanas con cierta densidad desde el neolítico. La producción de miel fue relativamente corriente en ciudades de todo el mundo hasta hace unas décadas, aunque el mayor celo de las autoridades contribuyó a su lenta decadencia, que ahora finaliza con un interés sin precedentes, favorecido por el papel de Internet en el intercambio de conocimientos apícolas precisos entre aficionados.

En esta ocasión, los aficionados a la producción de miel en entornos urbanos y para consumo propio creen que la miel producida puede ser más sabrosa y tener calidad, una opinión refrendada ya por estudios.

Y, a excepción de unos conocimientos previos al alcance de cualquier persona interesada, una colonia de abejas melíferas en una o un puñado de colmenas requiere un cuidado mínimo, en comparación con otras actividades y aficiones verdes en auge, como producir compost, mantener un huerto urbano, o cultivar setas detritívoras (champiñón, shiitake y champiñón ostra), entre otras.

Las ciudades donde el interés apícola ha renacido con mayor interés son París (convertida en capital mundial de la miel urbana), Berlín, Londres, Tokio, Vancouver (donde estaba prohibido en 2003, pero ahora hay colmenas en la azotea de su Ayuntamiento), San Francisco o Nueva York (que ha pasado de amenazar con una multa de 2.000 dólares a quienes desdijesen una normativa que prohibía criar abejas a dar la bienvenida al oficio hipster de colmenero).

Como ocurre en otros campos, las ciudades mencionadas actúan como vanguardia de movimientos que a continuación llegan a otros centros urbanos. En buena parte de Europa y Norteamérica, abunda la falta de regulación y conocimiento de los consistorios acerca de la apicultura urbana y, cuando existe normativa local sobre la actividad, ganan las posiciones más estrictas.

En Estados Unidos, por ejemplo, 92 ciudades prohíben expresamente la cría de abejas en su demarcación.

Beneficios, mitos y leyendas de la apicultura urbana

Los beneficios de la apicultura urbana son sustanciales, según los estudios surgidos tras el revivido interés en la cría de abejas en ciudades, que derriban varios mitos.

Mito 1: sobre la pureza y calidad de la miel urbana. A diferencia de lo que pudiera pensarse, la apicultura urbana genera miel con menor concentración de residuos químicos que la producida en explotaciones agropecuarias convencionales, debido a los ya mencionados altos niveles de pesticidas usados en la agricultura intensiva. Al existir una mayor diversidad de plantas y flores, la miel urbana es incluso de mayor calidad.

Mito 2: las abejas fomentan la aparición de alergias. Joshua Brushtein explica en The New York Times las abundantes evidencias que relacionarían el polen en la miel producida en la ciudad con el desarrollo de defensas de la población contra alérgenos locales.

Mito 3: las abejas afectan negativamente a los jardines y parques, privados y públicos, de la ciudad. De nuevo, todo lo contrario. Las abejas son los polinizadores más importantes de las plantas con flores (magnoliófitas). La tercera parte de los alimentos humanos son polinizados por insectos, sobre todo abejas.

Mito 4: las abejas son agresivas y peligrosas para los habitantes de la ciudad, sobre todo niños y personas mayores. Las abejas melíferas han convivido con el ser humano durante milenios, primero con cazadores-recolectores de Europa, Asia Menor y el norte de África, que recolectaban miel silvestre; y, con el desarrollo de la agricultura y los primeros asentamientos urbanos del neolítico, nació la producción de miel en colmenas, o enjambres promovidos por el propio ser humano. No son agresivas y sólo asumen un comportamiento defensivo cuando han perdido a su reina o ésta no está aovando, al no poder garantizar la supervivencia de la colonia, representada en el nacimiento de nuevas generaciones. En cualquier caso, incluso un comportamiento defensivo circunstancial como el expuesto se daría sólo en una aproximación a la colmena, y no más allá de la misma terraza o azotea, no ya en el resto de la ciudad.

Mito 5: la apicultura urbana es una afición costosa y difícil. Basta con adquirir una colmena y los primeros ejemplares de una colonia para iniciar, en unos meses, la producción de miel. En cuanto al nivel de dificultad, tanto especialistas como recién iniciados insisten en el poco cuidado que requiere una colmena en el entorno rico en plantas con flores, el manjar perseguido por as abejas melíferas, de las grandes ciudades. 

La mayor dificultad al iniciarse en la apicultura urbana parece estribar en la falta de normativa que regule la actividad en nuestro pueblo o ciudad. La cría de abejas debería estar no sólo permitida en la ciudad, sino promovida entre aquellos vecinos que tengan espacio suficiente en su balcón o terraza, o entre quienes tengan el visto bueno de la comunidad de vecinos para instalar paneles en la azotea u otros lugares comunes.

Qué mejor charla de ascensor que comentar cómo va este año la producción de miel en la comunidad de propietarios.

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