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Cuando plagas y vida salvaje exploran ciudades en cuarentena

A las imágenes aéreas de las calles desiertas en algunas de las ciudades más vibrantes, se han unido otras imágenes donde se observa a animales adentrándose en avenidas desiertas.

El origen zoonótico de Covid-19 apunta a murciélagos y, quizá, pangolines. El propio coronavirus forma parte de patógenos de ARN con envoltorio vírico especialmente abundante en la mencionada familia de mamíferos voladores. Pero el interés del público está con esas imágenes de intrusión de lo salvaje en la manicura urbana.

Ajenos al origen y desarrollo de la dolencia que aparta momentáneamente a la población de las calles, animales locales en contacto con nuestra especie exploran el entorno periurbano como si se sintieran ya protagonistas de una historia posapocalíptica. La literatura fantástica de Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft vibra en muchas situaciones cotidianas contemporáneas.

Las imágenes (procedentes de cámaras de tráfico, seguridad o móviles de testigos sorprendidos) se rinden a la ontología de nuestro imaginario, que todos compartimos y que clasifica a los animales por su utilidad o nuestra simpatía hacia ellos.

Animales incrédulos

La escasa calidad del metraje compartido contrasta con la fascinación que suscita entre en público. Entre ellas, un canguro avanzando por una ciudad australiana; coyotes paseando como perros por las calles flanqueadas de viviendas victorianas en San Francisco; lobos marinos por las calles de Mar del Plata, Argentina; elefantes en los arrabales de ciudades asiáticas; ciervos en Londres; o un oso avanzando por la ciudad israelí de Haifa.

En Tailandia, donde apenas se han registrado infecciones locales de la epidemia, la ausencia de turistas está detrás de la mayor anidación de la tortuga laúd en las playas de característica arena blanca y fina en los últimos 20 años, constatan organizaciones y biólogos locales.

Delfines y patos se aventuraban curiosos por los canales de Venecia, preguntándose por la misteriosa desaparición de góndolas y transeúntes. La importancia comercial y cosmopolitismo de la ciudad durante el medievo la hicieron pasto de epidemias legendarias, y en Venecia se originó la gestión moderna de pandemias, con cuarentenas portuarias y de la población a partir del siglo XV.

A estas imágenes se unen zorros, mapaches, ciervos, osos, patos, ocas, cisnes. Sin embargo, a nadie parece interesar el desconcierto y la curiosidad que muestran otras especies más próximas a nuestra vida en la ciudad, desde cuervos y palomas a ratas o incluso cucarachas, especies asociadas a plagas y crisis sanitarias en el pasado y sometidas, por tanto, a una gestión fitosanitaria más o menos organizada.

Una plaga de langostas

Si la amenaza de pandemia no era suficiente para adentrarse en una nueva década —sometida ya a la incertidumbre derivada de la ausencia de medidas a gran escala para frenar el aumento de las temperaturas—, en el Cuerno de África se acumulan las preocupaciones.

Allí, las reminiscencias bíblicas, históricamente presentes a través de los judíos etíopes y la iglesia ortodoxa de Etiopía, hacen acto de presencia con una descomunal plaga de langostas que azota la región, alimentada por lluvias inusualmente intensas y el aumento de los ciclones en el Océano Índico. Las dimensiones del fenómeno, sospechan los expertos, están asociadas a la transformación de los ecosistemas en las últimas décadas.

La población del Cuerno de África afronta la plaga de langostas con un fatalismo presente en las viejas historias. Los cultivos y pastos de animales en Etiopía, Kenya y Eritrea sufren las consecuencias de la acción de enjambres («nubes») de langostas con decenas de millones de individuos.

Los habitantes de la zona afectada han dejado de señalar el horizonte; al encontrarse en el interior del fenómeno, la «lluvia» de insectos no describe un fenómeno externo amenazante que avanza como un banco de niebla o una tormenta, sino algo que ocurre por todas partes y que requiere poner a cubierto cualquier alimento ya recolectado.

Un enjambre en el noreste de Kenya habría alcanzado un tamaño de más de 2.400 kilómetros cuadrados, equivalentes a la superficie de Luxemburgo, que se traduciría en una población de entre cien y doscientos mil millones de langostas sólo en ese enjambre, que devorarían pastos y cosechas capaces de alimentar a millones de personas.

El carácter catastrófico y premonitorio que las plagas de langostas han asumido en la historia humana no es casual. Las nubes de langostas pueden desplazarse hasta 150 kilómetros en un solo día.

Las enfermedades zoonóticas y nuestro impacto en el medio

Tiempo de pandemia, inicio primaveral de 2020: fauna salvaje aventurándose en la ciudad, aves urbanas y ratas peleando por los desechos diezmados en las calles y parques desiertos, una plaga de langostas que rememora viejas historias de tal calado que pasaron a integrar el corpus metafísico de distintos pueblos…

Nuestra expansión e impacto sobre el planeta son tales, que la vida en torno a nosotros, desde la microscópica a la megafauna, expresa —cada una de acuerdo con su estrategia evolutiva— una reacción a tensiones en el medio exacerbadas en los últimos años.

Esta reacción, puramente anecdótica (la visita de la megafauna a las ciudades), adaptativa (la búsqueda de alimentos de aves urbanas y ratas) u oportunista (virus, plagas de langostas) se hará más presente mientras nuestro impacto sobre los ecosistemas continúe agravándose.

Esta es, al menos, la tesis de los epidemiólogos que denuncian la inacción de las autoridades para tomar medidas que, a lo sumo, podrían reducir uno de los mencionados fenómenos interrelacionados: las enfermedades infecciosas zoonóticas, transmitidas de animales salvajes a humanos.

Prohibir el tráfico de fauna salvaje y los mercados húmedos con animales salvajes hacinados debería, reduce la probabilidad de nuevos virus susceptibles de convertirse en pandemias para las que no estamos preparados, como la causada por Covid-19.

En un provocador artículo para el New Yorker, Kate Brown, profesora del MIT, argumenta que la pandemia de coronavirus no es únicamente una crisis de salud pública propia de un mundo más poblado e interconectado que nunca, sino una crisis «ecológica»:

«Las enfermedades zoonóticas pueden parecer terremotos; parecen ser actos aleatorios de la naturaleza. Sin embargo, se asemejan más a los huracanes: pueden ocurrir con mayor frecuencia y volverse más poderosos si los seres humanos alteran el medio ambiente de manera incorrecta».

De calles desiertas tomadas por ratas

Lo expuesto hasta ahora podría ser el inicio de una fábula, la escena chocante de algún filme de suspense o el testimonio gráfico descontextualizado y remezclado ad infinitum que se integra en la memesfera.

Otras estampas que se hacen cotidianas: mientras los países más afectados por la pandemia se preparan para una reapertura escalonada de la actividad, ciudadanos de a pie observamos, al salir de casa en las grandes ciudades, hasta qué punto el cambio generalizado de ámbitos ha sorprendido al reino animal.

En el distrito noveno de París, durante un paseo al atardecer por una calle secundaria donde los restaurantes y cafés permanecen cerrados desde hace semanas, las ratas cruzan de un lado a otro, quizá tan nerviosas por la falta de basura del sector de la restauración como por la ausencia de paseantes y tráfico rodado.

Algunas ratas son de tal tamaño y se desplazan con tal nocturnidad —encorvadas y de puntillas, como si alcanzaran de este modo cierta invisibilidad— que cuesta creer que el nuevo comportamiento observado no sea fruto de más de seis semanas de ausencia de actividad, ruido, desperdicios.

Las ratas no son los únicos animales adaptados a los márgenes del medio humano que muestran su perplejidad y se aventuran a exploraciones —individuales o en grupo— cada vez más osadas: a pleno día y por calles céntricas, indolentes ante la perplejidad o el grito de sorpresa del paseante ocasional sorprendido.

Los otros moradores de la ciudad

Ocurre algo parecido con palomas y, en las urbes septentrionales, con los cuervos. Ambas aves demuestran especial destreza adaptativa para alimentarse de desperdicios y, en el caso de las bandadas de cuervos, conocer los lugares estratégicos de los parques donde, al caer el día, pueden ayudarse del pico para abrir las bolsas de basura en las papeleras repletas.

Con una actividad mínima en las calles, los parques públicos clausurados en muchas ciudades y las grandes congregaciones suspendidas hasta nuevo aviso, estas aves se unen a ratas y a otros oportunistas urbanos del reino animal que han adaptado su actividad a la nuestra. En estos momentos, ellos también expresan desconcierto.

Japón ha logrado controlar la curva de contagios sin aplicar la estrategia de pruebas ubicuas y seguimiento de contagios de Corea del Sur; entre las posibles causas de la lenta transmisión con respecto a los países europeos y Estados Unidos (pese a la densidad urbanística y a contar con la población más envejecida del planeta), se mencionan el mayor uso de mascarillas, una mayor concienciación de los habitantes debido a su proximidad del origen de la pandemia y el recuerdo de epidemias previas con epicentro en Asia, así como una higiene personal más estricta, meticulosa y extendida.

En las últimas semanas, los japoneses tratan de amoldarse a restricciones que varían en función del territorio y a la cancelación de los Juegos Olímpicos que debían celebrarse en verano, sin perder un cierto humor y fatalismo. Las redes sociales ya no hablan del reparto de mascarillas lavables a 58 millones de hogares, una campaña del Gobierno japonés que se había originado bromas sobre el estado y la calidad de los envíos.

El nerviosismo de las ratas urbanas

Otros eventos pasan más desapercibidos. Vincent Lee, reportero de Reuters en Tokio, se pregunta si un fenómeno observado en la capital japonesa en las últimas jornadas tiene lugar también en otras grandes urbes:

«A medida que cierran más restaurantes japoneses y la gente prefiere permanecer en casa durante el estado de emergencia para combatir el coronavirus, los expertos que las ratas estarían expandiendo sus pesquisas alimentarias hasta las calles desiertas, hasta hace poco atestadas de gente (me pregunto qué ocurre en Nueva York)».

En el distrito de Kabukicho, de animada vida nocturna y donde los numerosos bares y lugares de entretenimiento para adultos han cerrado, las ratas se han adueñado de la calle, escurriéndose de un lado a otro al atardecer. NHK, un canal televisivo local, mostraba recientemente una escena similar a la descrita, en esta ocasión en Kitakyushu.

En Nueva York, epicentro en Norteamérica del número de contagios y fallecidos por Covid-19, el confinamiento de la población y el cierre de negocios no esenciales, entre los cuales bares y restaurantes, ha transformado el comportamiento de su legendaria población de ratas.

Allí, la tradicional abundancia de desperdicios ha dado paso a calles desiertas y sin actividad, donde las ratas se arriesgan a mayores trayectos a la intemperie y a peleas, que en algunos casos desencadenan en escenas de canibalismo, explica Dartunorro Clark en NBC News tras hablar con el rodentólogo Bobby Corrigan, que asesora a varias ciudades para el control de pestes en edificios, aeropuertos o centros comerciales.

Las ratas, explica Corrigan,

«Son mamíferos como nosotros, y cuando un individuo está desesperadamente hambriento, no actuará como si nada: a menudo reaccionará a la desesperada. Así que las ratas pelean entre sí; ahora los adultos matan a los individuos más jóvenes en la madriguera y se comen a las crías recién nacidas».

Mardi Gras, 2020

El dramaturgo Tennessee Williams declaró en una ocasión que, en su opinión, Estados Unidos contaba con tres ciudades distinguibles y dignas de mención por su propia idiosincrasia: Nueva York, San Francisco y Nueva Orleans. El resto, concluía Williams con sorna, estaba poblado por ciudades indistinguibles de Cleveland.

Nueva Orleans es una de las ciudades más afectadas hasta el momento por la pandemia, desde que la celebración de Mardi Gras en su centro histórico, el Barrio Francés, concentrara como de costumbre a locales y visitantes en plena festividad. Semanas después, la ciudad tenía que clausurar los bares y restaurantes del French Quarter y atenerse al confinamiento declarado por el gobernador de Luisiana.

Las ratas de la ciudad portuaria del golfo de México son tan legendarias como las neoyorquinas y nadie dudaba de su reacción ante la nueva normalidad: un vídeo de marzo mostraba cómo una colonia de ratas avanzaba como una plaga por las calles turísticas de la ciudad, en una imagen.

El consistorio de la ciudad asegura prestar especial atención al colectivo de sin techo de la ciudad, ya que las ratas de la ciudad «no paran hasta encontrar agua y alimentos».

Escenarios de fabulación posapocalíptica

En La peste (1947), Albert Camus, que se había documentado sobre la larga asociación de pulgas y ratas con las pandemias del pasado, se sirve de estos roedores como símbolo portador de la misteriosa dolencia que se posa como una sombra sobre Orán.

Camus se sirve de estos animales para describir la reacción pública ante la misteriosa pandemia. La anormalidad no es patente entre la ciudadanía hasta que se empiezan a acumular cadáveres de ratas por las calles, una anomalía tan contraria al higienismo civilizador que los habitantes de Orán parecen más preocupados de ocultar los cadáveres de ratas que de frenar la pandemia entre los humanos:

«La prensa, tan habladora en el asunto de las ratas, no decía nada. Porque las ratas mueren en la calle y los hombres en sus cuartos y los periódicos sólo se ocupan de la calle».

Las ratas, animales tan adaptables, omnívoros, globales, urbanos, y cosmopolitas como los propios humanos, muestran una vez más su carácter reactivo e indisociable de nuestra especie.

Su capacidad para roer todo tipo de materiales y su estatuto de vectores de enfermedades infecciosas que saltan de una especie a otra explican por qué ratas y pulgas forjaron la historia de Occidente al originar los episodios de peste negra o bubónica que, en la Edad Media, diezmaron la población del Mediterráneo y facilitaron un trasvase de prosperidad desde el sur europeo hacia las ciudades-Estado del norte del continente.

Como las fábulas de La Fontaine (s. XVII) y los hermanos Grimm (s. XIX, autores de El flautista de Hamelín) no hay nada que nos inquiete más que observar cómo los animales se desplazan confiados por las calles desiertas de los centros urbanos.

Un recordatorio de que incluso los templos más sofisticados de la civilización, allí donde se debaten las medidas profilácticas más sofisticadas, podrían convertirse, con nuestra asistencia o sin ella, en parte integrante de otros ecosistemas.

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