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¿Es el microbioma la clave para "reconectar" cuerpo y mente?

La medicina se vuelve multidisciplinar para desentrañar un nuevo punto caliente de la investigación del cuerpo humano: la intersección entre determinismo genético y no genético (epigenética), y los microorganismos que conforman una única, compleja y cambiante simbiosis con el hombre: por cada célula humana, hay 10 microbios residiendo en nosotros.

Cuando un grupo de científicos anunció en 2012 que había concluido el primer catálogo del microbioma humano, o conjunto de células y microorganismos que residen en nosotros, no sorprendió tanto el número de células (100 billones), como su procedencia: apenas una de cada diez era humana.

Compañeros de viaje necesarios: bacterias, fungi y arqueobacterias

Todas las células de procedencia no humana son patógenos o tienen una incidencia crucial sobre lo que somos, pero diversas colonias regulan aspectos que condicionan nuestro estado físico y anímico, mientras otras, por ejemplo, protegen nuestra piel de infecciones.

Cualquier estrategia para decimar, consciente o inconscientemente, estas colonias de miles de millones de bacterias, tiene el riesgo de afectar a nuestra salud con microrreacciones que recuerdan la complejidad de modelos filosóficos y científicos como las teorías del caos, la complejidad o la emergencia.  

Los microorganismos no humanos residiendo con nosotros -bacterias, fungi y arqueobacterias-, células microbianas que nos acompañan sin que percibamos su presencia, apenas pesan 200 gramos según algunas estimaciones, pero sabemos con cada vez mayor detalle que nuestro microbiona nos define y defiende.

Ningún ecosistema complejo es idéntico: un microbioma distinto por cada persona

La complejidad de nuestro microbioma nos define como personas al variar en cada organismo y nos convierte, más que en individuos, en ecosistemas andantes; cada persona es, en esencia, una complejidad simbiótica sin conciencia de los organismos que la constituyen. 

Si la creencia tradicional ha relacionado los microorganismos de procedencia no humana como patógenos, ahora sabemos que su presencia en la saliva, mucosas, conjuntiva y tracto gastrointestinal no sólo incide sobre nuestro metabolismo, sino que conforma lo que somos, con repercusiones desde nuestra salud a estado de ánimo que apenas empezamos a desentrañar.

(El pintor y escultor suizo Alberto Giacometti fotografiado por Henri Cartier-Bresson)

La importancia y repercusiones del Proyecto del Microbioma Humano, que analiza las células presentes en el organismo independientemente de su naturaleza humana o microbiana, dependerán de la rapidez con que distintos estudios comprueben como el conjunto de microorganismos asociados a nuestras células incide sobre nuestra salud y previene o provoca dolencias.

Genética, comportamiento, entorno… y microbios

Con motivo de unas charlas dedicadas al microbioma humano en el Laboratorio de Medios de la universidad tecnológica MIT, la científica computacional y de biología de sistemas Mariana Matus-García establecía una sencilla ecuación con repercusiones incalculables: [genética + comportamiento + entorno = salud].

La herencia genética y el comportamiento de los genes heredados, que sintetizan proteínas de un modo u otro en función de condicionantes que preceden al propio individuo (tales como el comportamiento y estado físico y mental de los progenitores en el momento de la gestación, tal y como explora la disciplina de la epigenética), establecen cierto determinismo en nuestra salud y manera de ser.

Pero los valores “comportamiento” y “entorno” mencionados por Matus-García implican la participación de la voluntad para influir no en nuestra herencia genética, pero sí en su incidencia y comportamiento sobre nuestro organismo. En “entorno” habría que tener en cuenta nuestra condición de ecosistemas andantes, ya que la flora bacteriana y el resto de microorganismos en nuestra piel, saliva, mucosas, ojos y aparato gastrointestinal regulará nuestro sistema metabólico, inmunológico… y, se ha comprobado, incluso nuestra conciencia.

La relación entre la flora del estómago y la ansiedad

El interés por las características y repercusiones de colonias de microorganismos como la flora bacteriana del estómago ha trascendido el mundo científico al conocerse los efectos de terapias hasta hace poco inverosímiles, tales como los trasplantes fecales. 

Investigadores como Mariana Matus-García, en el MIT, o el gastroenterologista de la Universidad de Minnesota Alexander Khrotus, consideran que colonias de microorganismos en cada individuo tales como la biota del estómago, son sistemas dinámicos con potencial para incidir sobre dolencias como la ansiedad y la depresión. 

La toma de conciencia de la complejidad de nuestro organismo, así como los condicionantes genéticos, de comportamiento y entorno sobre nuestra salud, han originado la investigación holística y multidisciplinar sobre el cuerpo humano.

La sombra de lo que ocurrió a nuestros abuelos

Un titular provocador de Wired expone por qué, cuando se trata de quiénes somos, no podemos descontar siquiera acontecimientos sucedidos mucho antes de que naciéramos: “¿Obeso? ¿Enfermo? Puedes culpar a los hábitos de tus abuelos”.

El artículo de Wired menciona las repercusiones que determinados comportamientos y traumas de generaciones precedentes tienen sobre los descendientes una e incluso dos generaciones después de acontecimientos como, por ejemplo, una olvidada hambruna que afectara a los niños del Benelux durante el asedio nazi de la II Guerra Mundial.

Si cuesta creer que los hábitos cotidianos o acontecimientos traumáticos de las generaciones que nos preceden conforman parte de lo que somos, el estado y características de los microorganismos en nuestra piel, mucosas, ojos o estómago actúa como marca de agua del comportamiento de nuestro organismo: el desequilibrio de la microbiota muestra con detalle -creen los científicos- lo que no anda bien.

Una historia apócrifa (y holista) sobre nuestra salud: se busca medicina interdisciplinar

Computación, psicología del comportamiento, biología, neurociencia y distintas disciplinas médicas combinan información para concluir de un modo tan original como la historia apócrifa de los bajos fondos de la Revolución Francesa a través de un relato desde un punto de vista peculiar: el olfato. 

Lo que el olor es para la novela El perfume, los microorganismos que interaccionan con nosotros lo son para la medicina: un colosal campo de conocimiento a la espera de ser explorado.

Como El perfume de Patrick Süskind, la ciencia actual conecta entre sí información hasta ahora estudiada en compartimentos estancos, para concluir -de una manera tan sorprendente como el recorrido por la Ilustración francesa desde el sentido olfativo-, que:

  • albergamos miles de millones de microbios por milímetro en nuestro organismo, pero éstos difieren en profundidad de persona a persona;
  • la flora bacteriana facilita nuestra digestión y la descomposición molecular de los alimentos, al regular su absorción;
  • entre el 80% y el 90% de la serotonina (un neurotransmisor decisivo para regular nuestro estado de ánimo y equilibrio) que segrega nuestro organismo se produce en el estómago (no en el cerebro), y la flora bacteriana determina la cantidad que el cuerpo debe absorber;
  • la hipótesis de que nuestro apéndice es una reserva para nuestra flora bacteriana gana peso;

Unos resultados más atractivos que su nombre: la bacterioterapia fecal

Volviendo a El perfume, y dada la importancia para nuestro metabolismo de que la flora bacteriana de emplazamientos como el estómago esté equilibrada, para lo cual nacen tratamientos como la bacterioterapia fecal -básicamente, trasplantar bacterias fecales de un individuo sano a un paciente con desajustes-, quizá el estudio de nuestras cloacas diga más de nuestra cultura que cualquier otro indicador.

Un proyecto del MIT estudiará sin ir más lejos la red de aguas residuales de Cambridge, Massachusetts, para determinar y entender en profundidad la salud y auténticos hábitos de la población a partir de sus desechos corporales, mucho más fiables que cualquier encuesta.

Si nuestro microbioma determina lo que somos, las interacciones que lo transforman dramáticamente no equivaldrían a un ataque a un grupo de microbios sin importancia que da la circunstancia que residen en nosotros, sino que su debilitamiento sería un ataque al equilibrio del “ecosistema individuo”, y por tanto, a nuestra salud.

Un artículo de The American Scholar lo sintetiza tajantemente: “Eres las bacterias que comes, como dicen -y si estás embarazada, también lo es tu bebé”.

Cuando falta lo invisible

Alimentos, actividad física, adicciones o el abuso de antibióticos no sólo afectan al cuerpo humano entendido como organismo compuesto por células de nuestra especie, sino que alteran a nuestros huéspedes desequilibrando el microbioma: una mala alimentación o el uso de antibióticos acabaría con colonias de bacterias, hongos o arqueobacterias beneficiosas para la salud, mientras que microbios malignos podrían colonizar los espacios antes ocupados por la flora decimada.

Una alumna del Media Lab presente en la charla sobre microbiota expresa el riesgo a desequilibrar nuestra flora bacteriana con hábitos cotidianos de la siguiente manera: “Los antibióticos… [los efectos de su ingesta equivalen a] destruir toda la ciudad con armas nucleares para eliminar a una banda de delincuentes”.

En efecto, los antibióticos no sólo atacan las bacterias que causan la dolencia para cuyo tratamiento han sido diseñados, sino que afectan a las poblaciones benignas de microbioma. La ausencia de la flora benigna empobrece nuestro sistema inmunitario, con implicaciones sobre la segregación de neurotransmisores, el control de infecciones o la regulación del metabolismo.

Microbioma y equilibrio: los principios de un ecosistema

Ocurre lo mismo con una alimentación que sustituya la dieta equilibrada rica en antioxidantes, productos fermentados y vegetales por otra que abuse de azúcares refinados, grasas y productos precocinados.

Los participantes de la charla del Media Lab del MIT sobre microbioma compartieron la preocupación de que el abuso de antibióticos no sólo reduce su efectividad y propulsa la mutación de bacterias en las llamadas superbacterias, o microbios patógenos resistentes a antibióticos que los combaten: en la batalla por eliminar a los microbios nocivos, corremos el riesgo de empobrecer para siempre nuestra flora bacteriana.

En teoría, la exposición natural a otras personas, entornos y alimentos propulsa el reequilibrio del ecosistema constituido por cada uno de nosotros. 

Cuando el desequilibrio del microbioma se consolida, su análisis y detección adecuados conducen a una estrategia médica que acelera el reequilibrio con dieta (productos fermentados, etc.) y hábitos cotidianos. 

Dime cómo son tus bacterias fecales y te diré cómo piensas y te sientes

En última instancia, un trasplante fecal de una persona sana ha logrado en ocasiones que el paciente sintetice los alimentos de manera distinta, reduciendo dolencias como trastornos del estado de ánimo u obesidad.

Si la bacterioterapia fecal ha demostrado su capacidad para tratar las dolencias gastrointestinales, casi siempre presente en personas tratadas con antibióticos -diarreas, olor fétido, fiebre, dolor abdominal-, pronto quizá haga lo propio con dolencias mentales.

Un artículo de Charles Schmidt para Scientific American explica de qué manera la salud mental dependería de las criaturas que habitan en nuestro estómago. 

Mente sana si estómago sano

La relación estómago-mente, explica Schmidt, parece ser bidireccional:

  • el cerebro incide sobre funciones gastrointestinales e inmunológicas que configuran la composición microbiana del estómago;
  • mientras los microbios en el aparato gástrico regulan compuestos neuroactivos, incluyendo neurotransmisores y metabolitos usados por el cerebro.

Las interacciones ocurrirían de diversas maneras: 

  • los compuestos microbianos se comunican a través del nervio vago, que conecta el cerebro con el tracto digestivo;
  • y los metabolitos generados por microbios se comunicarían con nuestro sistema inmunitario, que a su vez mantiene canales de comunicación con el cerebro mediante neurotransmisores.

Sven Petterson, microbiólogo del Instituto Karolinska de Estocolmo, demostró recientemente la manera en que los microbios del estómago protegerían el cerebro de agentes potencialmente dañinos. En un estómago carente de la flora bacteria adecuada, varios órganos, incluido el cerebro, afrontarían más riesgos por su cuenta.

La estrategia del microbioma

El artículo de Scientific American cita las razones evolutivas por las cuales John Cryan, neurocientífico del University College de Cork, Irlanda, cree que las bacterias que residen en nosotros evolucionaron para comunicarse con el cerebro.

Según Cryan, nuestro microbioma necesita que seamos sociales, para multiplicar así sus posibilidades de extenderse entre la población humana. Los estudios de John Cryan muestran cómo, cuando son criados en condiciones estériles, los ratones desprovistos de gérmenes no sólo carecen de microbios intestinales, sino de la habilidad para reconocer a otros ratones con los cuales interactúan.

Otros estudios en ratones han expuesto que cambios radicales en su microbioma produjeron comportamientos equivalentes a dolencias humanas como la ansiedad, la depresión e incluso el autismo. 

En algunos casos –prosigue el artículo de Scientific American-, los investigadores habrían restituido el comportamiento normal “tratando a sus sujetos de estudio con determinadas cepas de bacterias benignas”.

Reducir el estrés implantando bacterias benignas en el estómago

Los estudios en ratones con resultados más preocupantes y decisivos muestran la incidencia que un microbioma empobrecido o inexistente tiene sobre la personalidad de los sujetos. Asimismo, investigaciones en la Universidad Kyushu de Japón han demostrado que los niveles de hormonas del estrés detectados en ratones sin gérmenes eran muy superiores a los de sujetos no esterilizados.

Los investigadores lograron incluso inducir respuestas hormonales que recondujeran desequilibrios debido a un microbioma pobre o inexistente tratando a los sujetos de estudio con una única bacteria, Bifidobacterium infantis.

Este experimento demostró por primera vez que la actuación sobre microbios intestinales influye en respuestas ante el estrés localizadas en el cerebro, lo que “sugirió la posibilidad de usar tratamientos probióticos para influir sobre la función cerebral de un modo beneficioso”.

El espejismo de la “persona estanco”: somos ecosistemas andantes

A medida que avanza nuestro conocimiento sobre la microbiota humana, la ciencia no sólo está convencida de que somos complejos ecosistemas andantes, más que individuos bípedos aislados y esterilizados, sino de la necesidad de que la medicina y la cultura del bienestar (desde el deporte a las tareas introspectivas o las filosofías de vida) se comporten de manera interdisciplinar, buscando un equilibrio complejo que integra mente y cuerpo.

Friedrich Nietzsche y otros filósofos han sostenido que uno de los problemas fundamentales del ser humano en sociedades modernas era la desconexión entre la mente y sus construcciones -él identificaba los riesgos del idealismo cristiano y sus derivados, como el marxismo: gregarismo, idealismo, cultura “de rebaño”-, y el cuerpo y su potencial.

Según Nietzsche, el ser humano ascendería un peldaño evolutivo cuando sincronizara de nuevo cuerpo y mente. Nuestro conocimiento sobre la incidencia de lo heredado (genética, epigenética) con lo adquirido (ambiente, comportamiento) integra cada vez más variables, como los microorganismos que, en simbiosis con nuestras células, configuran lo que somos. 

Sobre reconectar nuestro cuerpo con nuestra mente

Su ausencia nos hace enfermar física y mentalmente, así como su desequilibrio. Ahora con mayor conocimiento de causa que nunca antes puede asegurarse de que somos de donde venimos, pero también parte de nuestro estado está condicionado por el ambiente, los alimentos o la higiene (sabemos que tan arriesgada su ausencia como su exceso).

Una de las participantes en la charla sobre microbioma en el Laboratorio de Medios del MIT se pregunta, con conocimiento de causa, si la idea holística e integradora de cuerpo y mente presente en la medicina china (equilibrar Chi y Jing) es algo así como una metáfora ancestral de la llamada actual que la ciencia hace para que reequilibremos nuestro microbioma.

Después de conocer una parte infinitesimal de las implicaciones de los microbios que residen en nosotros sobre nuestra existencia, cuesta volver a esterilizarse agresivamente en la ducha, o tomar antibióticos despreocupadamente, o alimentarse sin atender a los beneficios de los fermentos.

Queda claro que, en un futuro no muy lejano, daremos por hecho que productos de higiene y cosmética, por un lado, y alimentos, por otro, respetarán nuestro microbioma.