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Estrategias de cambio personal frente a retos de civilización

¿Hasta qué punto el comportamiento individual puede influir sobre tendencias a gran escala? Cuando se trata de afrontar retos a escala de civilización, como el aumento de temperaturas y la mayor prevalencia de acontecimientos de clima extremo como consecuencia, la consistencia de nuestra acción privada importa poco, argumenta el economista austríaco Gernot Wagner.

Wagner compartía recientemente una reflexión descorazonadora, si bien realista: el activismo relacionado con el consumo individual que trata de, por ejemplo, evitar el malgasto de fruta «fea» o el abuso infligido por la agricultura intensiva, el sistema logístico, o la industria textil y de la moda, no puede alcanzar una escala suficiente como para influir dramáticamente sobre grandes tendencias.

Imagen vista y tomada en un ferri en el estrecho de Juan de Fuca, en el trayecto entre Port Angeles (Península Olímpica, Estado de Washington, Estados Unidos) y Victoria (isla de Vancouver, Columbia Británica, Canadá); crédito: Nicolás Boullosa

Esta reflexión olvida los beneficios personales y locales que se obtienen, por ejemplo, combinando una alimentación lo más saludable, local y poco impactante que esté a nuestro alcance; o medidas como una acción local coordinada para reducir o eliminar por completo la emisión de partículas contaminantes procedentes de motores diésel en centros urbanos, medida que mejora la calidad del aire y reduce los problemas respiratorios.

Una vieja niebla replicada en Delhi

La niebla de contaminación que se estancó en Londres a lo largo del invierno de 1952 y 1953, evento recordado como Gran Niebla, causó miles de muertes y un cierto fatalismo entre la población. Poco tiempo después, se firmaban leyes para evitar la concentración de partículas de carbón procedente de centrales de generación energética, mientras se iniciaba una política de control de emisiones e intensidad del tráfico rodado en su congestionado centro.

Hoy, la Gran Niebla de 1952 es un lejano recuerdo en las ciudades europeas y estadounidenses, pero el fenómeno se repite en las urbes chinas y, sobre todo, indias.

No obstante, la afirmación es correcta cuando se trata de influir sobre acontecimientos de orden planetario. Sólo acuerdos regulatorios a gran escala, prosigue Wagner, pueden asistirnos en la senda de, por ejemplo, minimizar dentro de lo posible la transformación de los patrones climáticos de la tierra debido a las consecuencias de lo que ya se ha emitido a la atmósfera y a la inercia de la actividad actual, incapaz de corregir la trayectoria debido a la ausencia de compromiso de los principales emisores, al aumento del consumo por habitante del mundo emergente y al uso de carbón para producir energía en la región asiática.

Cuando los problemas cotidianos niegan el largo plazo

Cualquier cambio a gran escala no girará en torno al aumento de la concienciación individual para evitar el desperdicio de alimentos u optar por productos con menor impacto, si estos cambios no se muestran a una escala suficiente y poco realista: existe una gran economía, Francia, que ha logrado ser neutra en emisiones a la hora de generar su energía, al haber apostado estratégicamente en el siglo XX por el uso de la polémica energía nuclear, cuyo rechazo va en aumento en el país, pues el riesgo percibido pesa más sobre la opinión pública que la ausencia de emisiones de CO2 en el mix energético del país.

En paralelo, el anuncio en Francia del aumento de las tasas de vehículos diésel para limitar su uso y emisiones a largo plazo suscitó la ira de la clase media que depende de desplazamientos periurbanos en vehículo privado.

La protesta de los «gilet jaunes» vuelve a recordar la dificultad para anteponer cualquier interés global a medio y largo plazo a políticas que afectan al día a día de la ciudadanía (parte de la cual mantiene sus reservas frente a previsiones imposibles de acotar a un territorio o un instante en el tiempo).

Sólo la sucesión de eventos de clima extremo parece suscitar un cambio de opinión paulatino entre la población: el número de estadounidenses que se declaran preocupados por los efectos del cambio climático sobre sus vidas ha ascendido 10 puntos desde 2015 y 3 puntos desde marzo de 2018, según datos de una encuesta publicada en diciembre de 2018.

El ascenso del mundo emergente

Hasta el momento, las principales economías y países emisores en el mundo han presentado pocas evidencias de que el aumento en el uso de energías renovables permita a países como Estados Unidos, China, India o Alemania propulsar su consumo energético y la propulsión de su industria pesada con energías renovables, mientras el coste económico y efecto adverso con la opinión pública de la energía nuclear limita su implantación (si bien aumenta dramáticamente en China).

Del mismo modo, ¿qué porcentaje de la población mundial estaría dispuesto a reducir sus desplazamientos en vehículo privado no compartido, a abandonar el consumo de carne roja o a optar por una vida que evite al máximo la adquisición de bienes cuya fabricación y materiales dependen de procesos que emiten CO2?

A menudo, la geopolítica se alinea en contra de los intereses globales para atajar las emisiones de gases con efecto invernadero: por ejemplo, la explotación de arenas de petróleo en Canadá, que han convertido al país en el quinto productor mundial de crudo y el sexto exportador, se benefició del interés de Estados Unidos en reducir su dependencia con respecto a importaciones de crudo de Oriente Medio, Venezuela y África.

Las grandes tendencias mundiales que operan en contra del control de emisiones y su eventual reducción agresiva, tal y como se había previsto en el contexto de los acuerdos sobre el Clima y a su evolución jurídica vinculante, desde el Protocolo de Kioto (COP3, 1992) hasta el Acuerdo de París (COP21, 2015, ratificado por Barack Obama y rechazado por Donald Trump), no se limitan al aumento del consumo energético, de la producción industrial o del estilo de vida, sino a que este aumento se produce sobre esquemas obsoletos que no incentivan ni penalizan con efectividad el aumento y el descenso de las emisiones.

Cuando las relaciones públicas importan más que los avances reales

Sólo acciones regulatorias a gran escala lograrían, por ejemplo, prohibir el uso de carbón para producir energía a gran escala si su secuestro eficiente se hace inviable más allá de las promesas de relaciones públicas que nunca se materializan.

Del mismo modo, sólo un seguimiento mundial impediría que los esfuerzos legislativos para fomentar una economía circular que evite el malgasto de energía y recursos no sean eludidos en la práctica: fenómenos como la externalización de materiales «reciclables» y basura electrónica («e-waste») a gigantescos vertederos en Asia o África impiden la transformación real de sectores que prosiguen con viejas prácticas y, a la vez, promocionan sus esfuerzos en los medios.

El desarrollo de la industria de hidrocarburos y tierras raras (materia prima esencial para la industria electrónica e informática que nutre la producción mundial de estos dispositivos, con epicentro en el mar de la China Meridional), impulsa otro fenómeno al alza que contribuye a mantener la inercia sobre las emisiones que contribuyen a calentar el planeta: el descenso de la capa de hielo en el Ártico y una mejorada navegabilidad ha permitido a Rusia desarrollar su actividad industrial y comercial en la región.

A medio plazo, y mientras los efectos del descenso de la capa de hielo en el Ártico y en los glaciares de Groenlandia transforman el ciclo climático en el Hemisferio Norte, Rusia se postula como intermediario de una nueva ruta comercial de energía y contenedores entre Asia, Europa y Norteamérica que reduce distancias y elude la proximidad de tensiones regionales.

Deshielo en Groenlandia

John Schwartz, reportero asignado por el New York Times para cubrir información relacionada con el seguimiento y efectos asociados al calentamiento global, tiene la difícil tarea de exponer la evolución de datos fehacientes caricaturizados por la Administración estadounidense, incluyendo tuits donde el presidente ridiculiza información ratificada científicamente y se pierde en diatribas donde domina la falsa equivalencia entre la anécdota (por ejemplo, el frío invernal o una nevada copiosa) con una supuesta prueba que refutaría la evidencia compilada en torno al fenómeno del cambio climático y a la responsabilidad de la actividad humana sobre éste.

Descontados fenómenos de política interna en la principal economía mundial que rozan el surrealismo, la última información que llega sobre estado de los glaciares de Groenlandia, en proceso acelerado de deshielo, no es halagüeña y confirmaría el modelo pesimista sobre el avance de las temperaturas.

John Schwartz cita en su artículo el último estudio sobre la rapidez con que se produce el deshielo en Groenlandia, estimando que nos acercamos a un punto de inflexión que incidiría sobre el aumento del nivel de los océanos en las dos próximas décadas.

Otras estimaciones son menos pesimistas y consideran que la temperatura media de la tierra deberá aumentar más para que se produzca el deshielo dramático de Groenlandia (que ocupa una superficie de 1.710.000 kilómetros cuadrados, el 80% de la superficie de la isla, con puntos en el interior que acumulan una profundidad de hielo compactado de hasta 3 kilómetros.

Síntomas

El Ártico se calienta a una velocidad que dobla el aumento medio de las temperaturas en el resto del planeta, lo que acelera a su vez el deshielo de los glaciares en Groenlandia, con la mayoría de su superficie al norte del Círculo Polar Ártico.

La pérdida de hielo en 2012 (más de 400.000 millones de toneladas) cuadruplicó el ritmo de deshielo observado en 2003 y, tras una relativa moderación en 2013 y 2014 (debido a un fenómeno cíclico conocido como Oscilación del Atlántico Norte, NAO), este proceso a vuelto a tomar velocidad.

El nuevo estudio se suma a otra investigación, en este caso sobre la aceleración del deshielo en la Antártida, mientras un tercer análisis, también reciente, apunta a un calentamiento de los océanos más rápido de lo previsto.

Mientras estos datos subrayan, una vez más, la necesidad de tomar medidas coordinadas y a escala planetaria y se multiplican los eventos de clima extremo en todo el mundo (aumentan el tamaño y la virulencia de grandes incendios, tormentas tropicales u olas de calor como la que afecta a distintos puntos del Cono Sur de Latinoamérica y Australia en estos momentos: el verano austral tampoco da tregua y Nueva Gales del Sur, con un clima mediterráneo y subtropical, experimenta temperaturas que superan los 45 grados Celsius.

Midiendo la marea

Hace un mes, un estudio realizado con imaginería vía satélite y publicado en Nature constataba que la pérdida de hielo en los glaciares groenlandeses experimenta la mayor velocidad estimada de, al menos, los últimos 350 años.

¿Alarmismo? ¿Impotencia? ¿Constatación de una irresponsabilidad compartida? ¿Reconocimiento del fenómeno de delegación diluida de responsabilidades de todos contra todos, según la hipótesis de la «tragedia de los comunes», explicada por Garrett Hardin en su célebre artículo de 1968?

Lejos de invitar a la inacción, estos datos refuerzan el caso por la acción conjunta a nivel planetario y ofrecen un motivo político ineludible por el que responsabilizarse; no obstante, aumenta la opinión fundada según la cual la estrategia más efectiva para combatir contra los efectos del cambio climático deberá combinar estudios y mediciones cada vez más concretos y exactos, con la acción a nivel estatal o regional (por ejemplo, a través de entidades supranacionales como la Unión Europea).

Regulaciones y acciones coordinadas pueden aumentar la resiliencia de regiones proclives a padecer eventos de clima extremo, incluyendo graves inundaciones; en los últimos años, se ha citado ampliamente a los Países Bajos y a algunas de sus entidades metropolitanas (es el caso de Rotterdam y su gigantesco puerto, protegido por una no menos masiva barrera que bloquea las instalaciones durante tormentas) como ejemplo de los frutos que una acción coordinada contra amenazas climáticas concretas.

Los molinos quijotescos de Kinderdijk

La larga tradición de Países Bajos para forjar su propia prosperidad bombeando agua de llanuras que se encuentran bajo el nivel del mar (primero con bombas accionadas con molinos de viento —como Kinderdijk— y, desde el siglo XIX, a través de bombas mecanizadas), ha transformado literalmente la configuración costera de la región y creado la mayor isla artificial (pólder) del mundo, Flevoland.

Antes de emprender una política de geoingeniería para convertir la política de creación de superficies terrestres ganadas al Mar del Norte, los drenajes, canales y diques habían sido concebidos por las localidades de comercio floreciente de las Provincias Unidas debido a dos fenómenos: la independencia con respecto al Imperio Español y la época de inviernos rigurosos que condicionó cosechas y transporte en el norte europeo durante la Pequeña Edad de Hielo, entre la Edad Media e inicios del siglo XIX.

En la pintura del Siglo de Oro neerlandés (el XVII) destacan las escenas de patinaje y transporte a través de calles y cursos de agua helados, usados por la población para desplazarse con patines a lo largo de grandes distancias.

Elefantes y unicornios

Hay lugares que, a lo largo de la historia, han sabido adaptarse e incluso tomar ventaja de acontecimientos a gran escala: incapaces de solventar el origen de la transformación indeseada, estas regiones supieron adaptarse y crear una nueva cultura a partir de nuevos patrones climáticos, agrarios, comerciales e industriales.

Como señalaba un artículo firmado por Michael Kimmelman también en el New York Times, los neerlandeses han perfeccionado soluciones para combatir la amenaza del aumento del nivel de los océanos. Y sí, el mundo debería mirar.

La acción regional, o estrategia quirúrgica para aplacar las consecuencias más nefastas del cambio climático en las próximas décadas, deberán ir acompañadas de una acción regulatoria global que aumentará su coste y reducirá su efectividad a medida que pasen los años y tanto las campañas de relaciones públicas como la abstracción del «problema» instalen un temido fatalismo entre la población mundial.

Todos tenemos, por tanto, una pequeña gran misión educativa y argumentativa que cumplir. Quienes creen que las miserias del postmodernismo se nutren de la ausencia de grandes mensajes metafísicos en los que creer o por los que luchar, he aquí su elefante.

Quizá no tenga el atractivo inicial de un unicornio, pero su existencia y efectos sobre nuestra existencia están menos en duda.