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Oxímoron: ¿pueden "carbón" y "limpio" ir de la mano?

Para muchos, “carbón limpio” es un oxímoron, el lema la campaña de engaño verde (“greenwash“) mejor orquestada de los últimos años: el carbón, usado intensivamente para producir energía en Norteamérica, Asia y Europa del Este, aparece cada vez más asociado a la expresión “carbón limpio”, pese a ser el principal emisor de CO2 provocado por el ser humano.

Agua seca. Desierto húmedo. Carbón limpio. Hay palabras que parecen condenadas a aparecer juntas sólo como recurso lingüístico provocador de contrastes y sueños imposibles; un truco para poetas. No obstante, el “carbón limpio” es una promesa que ya ha llegado a la opinión pública mundial.

Patronal energética, clase política y medios de comunicación hablan insistentemente de carbón “limpio”, “clean coal”. Todavía no hay tal carbón limpio, sino una agresiva campaña de comunicación sobre sus ventajas y potencial (por parte de organizaciones como la American Coalition for Clean Coal Electricity), así como apoyo político, local y estatal, en los principales países ricos y emergentes, para desarrollar tecnologías que permitan capturar el CO2 que emiten las plantas de generación energética propulsadas con carbón.

Mientras todo el mundo habla de las promesas de las renovables

El carbón es barato y abundante. Existen reservas en países que lo consumen o es importado de naciones que no representan riesgos geoestratégicos, a diferencia del petróleo. Estados Unidos, China e India pueden disponer de esta fuente para producir electricidad del modo más económico. Un negocio redondo, de no ser porque dos actividades directamente relacionadas con su explotación, la minería para extraerlo y el CO2 expulsado durante su combustión para generar electricidad, suponen la mayor contribución en emisiones de CO2 realizada por el ser humano.

En la era del iPhone y sus competidores teléfonos Android, del conveniente y barato almacenamiento de datos y servicios de Internet en la llamada nube computacional (“cloud computing”), la energía consumida en el mundo sigue dependiendo de combustibles fósiles que propulsan plantas energéticas basadas en diseños que tienen en cuenta modelos de rentabilidad económica, no medioambiental. Y claro, en la era del iPhone y la nube computacional, la American Coalition for Clean Coal Electricity, que se ha opuesto a que Estados Unidos alcance cualquier acuerdo para reducir sus emisiones en Copenhague, tiene una cuenta Twitter.

Grupos de presión en Twitter

De hecho, una cuenta bastante activa, como yo mismo comprobé hace algún tiempo, cuando justificaba la conveniencia de invertir en renovables por un precio inferior al que supondría generar energía con carbón y almacenar quién sabe cómo las emisiones generadas.

@AmericasPower, el usuario Twitter de esta patronal del carbón estadounidense, contestó a una de mis aseveraciones (el “twitt”, en inglés, es accesible en este enlace): “@faircompanies Pero necesitamos desarrollar tecnologías de carbón limpio aquí, para así poder exportarlas a países como India y China, que usan carbón”.

El actual modelo sería válido si las 3 principales fuentes energéticas no emitieran CO2. El “carbón limpio” promete eliminar el impacto ecológico resultante de quemar carbón a partir de 2020. Para muchos, el “carbón limpio” es un método educado de constatar que se seguirá usando carbón para propulsar el crecimiento de las economías emergentes y contrarrestar en Estados Unidos el aumento de los precios del petróleo.

La AIE proporciona las fuentes empleadas para generar la energía consumida en el mundo (mostrado por The Economist en una infografía):

  • Petróleo: 34,3%.
  • Carbón: 25,2%.
  • Gas natural: 20,9%.
  • Energías renovables: 13,1% (biomasa, 10,4%; hidrológica, 2,2%; geotérmica, 0,41%; eólica, 0,064%; solar, 0,039%; mareas, 0,004%; otras tecnologías renovables, 0,5%).
  • Nuclear, 6,5%.

Paradójicamente, el ecologismo mundial se ha centrado en las últimas décadas en evitar la puesta en marcha de nuevas centrales nucleares (6,5% de la producción energética mundial que, además, no genera emisiones), así como en asegurarse de que se cierran todas las plantas que llegan al fin de su vida útil, para así evitar catástrofes medioambientales; mientras tanto, la generación energética a partir del carbón, que ocupa la segunda posición sólo tras el petróleo (25,2% de toda la energía consumida en el mundo), se ha mantenido al margen de las principales disputas entre grupos ecologistas y clase política.

Mientras la extracción y combustión de carbón son el principal emisor de CO2 humano a la atmósfera, la energía nuclear no genera emisiones. Una elección de caballos de batalla que retrata el liderazgo ecologista y la posición política de partidos que enarbolan la bandera verde y relacionan ecologismo con ideas que poco han hecho por limitar las emisiones de CO2.

Su sucia majestad

Ninguna otra fuente de energía acumula tantos inconvenientes medioambientales como el carbón, que genera impacto en dos de los sectores que más contribuyen a las emisiones de CO2 provocadas por el humano: la minería y la generación energética. Entre los efectos adversos, se incluyen:

  • Emisión de CO2, un gas con efecto invernadero, principal responsable del calentamiento global provocado por el hombre, según el IPCC. El carbón contribuye más que cualquier otra materia prima a este fenómeno, incluyendo el petróleo y el gas natural.
  • Generación de millones de toneladas de desechos contaminantes, incluyendo ceniza, polvo de ceniza (cenizas volantes), así como partículas y gases procedentes de la desulfuración. Estos desechos contienen mercurio, uranio, torio, arsénico y otros metales pesados.
  • Lluvia ácida procedente del carbón con grandes cantidades de sulfuro.
  • Interferencia con acuíferos subterráneos.
  • Contaminación potencial de reservas acuíferas y zonas urbanas cuando existen escapes de polvo de ceniza.
  • Las plantas eléctricas propulsadas con carbón sin métodos efectivos de captura del polvo de ceniza (cenizas volantes) generado durante la combustión son una de las mayores fuentes de radiactividad natural.
  • La combustión de carbón incide sobre la salud de las poblaciones locales y sobre el número de casos de cáncer de pulmón.
  • Las plantas eléctricas de carbón emiten sustancias perjudiciales para la salud humana y medioambiental, incluyendo mercurio, selenio y arsénico.

La demanda energética de los países de a OCDE (industrializados) se ha estabilizado y se espera que descienda suavemente a partir de 2015, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). En 2007, los países industrializados usaron una cantidad de energía equivalente a 5.500 millones de toneladas de petróleo, mientras el resto del mundo empleó 6.200 millones de toneladas.

Más que igualarse, ambas cifras serán cada vez más dispares. El crecimiento de las economías de los países emergentes elevará su demanda energética a un ritmo 10 veces superior al de los países ricos entre 2009 y 2030. China, principal emisor de CO2 del planeta, tendrá una demanda energética superior a la de Estados Unidos a partir de 2015, mientras que en 2030 China e India usarán un tercio de toda la energía mundial, calcula la AIE. Se espera que el mundo consuma entonces el equivalente a 16.800 millones de barriles de petróleo.

Y sí, el carbón, el combustible fósil más contaminante, suplirá gran parte del aumento de las necesidades energéticas de China. Aunque China llegara a un acuerdo formal para limitar primero y reducir a continuación sus emisiones de CO2 a medio plazo (China y Estados Unidos, que difícilmente firmarán un compromiso en el COP15 de Copenhague, emiten el 40% de los gases contaminantes generados por el ser humano), seguirá dependiendo del carbón.

Su objetivo, tal y como muestran los acuerdos de colaboración en tecnologías energéticas con Estados Unidos durante la visita de Obama, estriba en crear plantas de carbón más limpias y eficientes, que seguirán emitiendo, aunque a un ritmo inferior. Además de este acuerdo, ambos países también han hablado de hacer realidad el oxímoron “carbón limpio”.

Merece la pena echar un vistazo al mapamundi interactivo elaborado recientemente por Forbes.com, en el que aparecen las 200 plantas de generación eléctrica con carbón más contaminantes.

  • El mapa muestra el mayor número de plantas contaminantes en Estados Unidos, Europa Central y del Este, China, India, Sudáfrica e Indonesia.
  • 53 de las 200 plantas eléctricas de carbón del mundo están en suelo estadounidense, donde la mayor reserva de carbón del mundo y una infraestructura pesada eficiente permiten generar una energía especialmente barata.
  • China y este asiático: de las 200 plantas eléctricas de carbón más contaminantes del mundo, 71 se encuentran en China, Japón, Taiwán y Corea del Sur. Todas ellas emiten más de 1.000 millones de toneladas de CO2 al año.
  • La planta más contaminante del mundo es la de Taichung, en Taiwán, que emite 40 millones de toneladas de CO2 anuales. La dudosa tecnología empleada por Taiwán para conseguir la mayor parte de la energía que consume contrasta con su avanzado y eficiente mercado de producción de componentes informáticos y electrónicos.
  • En Europa, la mayor concentración de plantas de carbón se sitúa en Alemania, aunque la planta más contaminante de Europa es la de Belchatow, en Lodz, Polonia, que emite 35 millones de toneladas de carbono anuales.
  • Aparece una planta española en la lista, la de As Pontes, A Coruña, que emite 11 millones de toneladas de CO2 al año. Italia cuenta con una planta similar, Francia con ninguna y el Reino Unido con varias de ellas.

Un mapa triste. “Mapa” sí que puede ir junto a “triste”. Tras estudiar la infografía con detenimiento, aumentan mis dudas sobre la credibilidad del oxímoron “carbón limpio”.

El sueño de la captura y almacenamiento de carbono

El carbón limpio es el sueño de países y empresas energéticas. Existen numerosas pruebas piloto y planes de investigación de distintas técnicas para la captura y almacenamiento de carbono (CCS en sus siglas en inglés).

La opinión pública ya conoce términos tan poco cotidianos como el “secuestro de carbón”, consistente en cualquier técnica que permita capturar CO2 y así evitar su emisión a la atmósfera, ya sea licuándolo mediante costosos (y también contaminantes) procesos químicos, o comprimiéndolo y bombeándolo a depósitos subterráneos usando, por ejemplo la infraestructura y cavidades de pozos petrolíferos ya explotados.

No obstante, existen aspectos que no están siendo debatidos con claridad por ningún medio de comunicación o grupo político: el proceso de capturar y comprimir CO2 requiere tanta energía que esta actividad incrementaría las necesidades energéticas de una planta eléctrica de carbón entre un 25% y un 40%.

Cualquier estimación realista de estos y otros costes incrementarían el precio de la energía producida por una planta de carbón con tecnología de captura y almacenamiento de CO2 entre un 21% y un 91%. Es decir, de existir una ley que obligara a aplicar estas técnicas de secuestro de CO2 en el sector del carbón, la diferencia de precio entre la producción eléctrica con carbón y con energías renovables se reduciría drásticamente. También desaparecería el sentido de invertir agresivamente en carbón, como paradójicamente está sucediendo en los últimos años.

El carbón produce el 50% de la electricidad de Estados Unidos, el 70% en la India y el 80% de toda la electricidad china. Su abundancia, distribución a lo largo del mundo y bajo coste en el mercado han convertido a la materia prima más sucia en la solución que estos tres países han hallado para garantizar su “seguridad energética” a corto y medio plazo.

Mientras que intelectuales, organizaciones e inversores de lugares punteros como Silicon Valley han reiterado el mensaje de la conveniencia de invertir en energías renovables debido a los elevados precios del petróleo y a que es necesario luchar contra el calentamiento global, una realidad subyacente se ha impuesto en el mundo.

Como ya recogía The Economist en 2007, el alto precio del petróleo ha generado un renacimiento del sector del carbón en lugar del de las energías renovables, con 150 proyectos de nuevas plantas de carbón en Estados Unidos.

Mientras tanto, China ha inaugurado en los últimos años una media de 2 plantas de generación energética con carbón cada semana. Diciéndolo de otro modo, mientras hablamos del potencial de las energías eólica y solar cada año China ha añadido a su red eléctrica una potencia similar a la de toda la red del Reino Unido, y la mayor parte de la electricidad aportada procede de plantas de carbón.

La captura y almacenamiento de carbono está siendo usada en tres localizaciones fundamentales:

  • Plataforma petrolera de Sleipner T, en el Mar del Norte, propiedad de una compañía petrolera controlada por el Estado noruego, Statoil. En esta explotación petrolera (no de carbón, aunque se meditan técnicas similares en plantas de carbón), el CO2 generado por la extracción no es emitido a la atmósfera, sino que es bombeado de nuevo al subsuelo, 1.000 metros bajo el lecho marino.
  • In Salah, Argelia: el CO2 extraído del gas que explotan conjuntamente BP, Statoil y Sonatrach, es bombeado a centros de almacenamiento en el desierto.
  • Saskatchewan, Canadá: el CO2 producido en una planta de gasificación de carbón de Dakota del Norte (Estados Unidos) es conducido por tuberías hasta Canadá, donde es usado para aumentar la presión en un pozo petrolífero medio vacío.

El reto, además de costoso, es colosal, si realmente se quieren aplicar técnicas de secuestro y almacenaje de CO2 a toda la producción energética que emplee carbón a partir de 2020, como los gobiernos estadounidense y chino han insinuado.

La cantidad de CO2 que debería almacenarse es proporcional al aumento de la combustión de carbón para producir energía. Tomando Estados Unidos, si el 60% de los 1.500 millones de toneladas de CO2 que este país produce cada año en sus plantas eléctricas que usan carbón fuera licuado para su almacenamiento, ocuparía el mismo espacio que todo el petróleo que Estados Unidos consume en el mismo período.

Tanto Greenpeace como la industria energética están de acuerdo en que el “carbón limpio” es caro y, de ser apoyado, su adopción sería lenta, por no decir directamente que en 2020 se habrá adoptado, a lo sumo, alguna tecnología de captura y almacenaje usada en un puñado de plantas.

Como campaña de comunicación de la industria energética, el “carbón limpio” podría funcionar mejor. Quizá por ello se estén empleando tantos esfuerzos en publicitar la idea.

Poderosos aliados

Más que en retroceso, la generación eléctrica con carbón seguirá aumentando, mientras la atención de los medios y el público se centra en las inversiones, todavía modestas, en energías renovables. La reunión del COP15 en Copenhague, que pretende impulsar nuevos acuerdos globales para limitar las emisiones del CO2 provocado por el hombre, ha levantado críticas en la principal patronal de Estados Unidos, la Chamber of Commerce, que oficialmente se opone a cualquier acuerdo.

Las empresas energéticas mantienen la postura más dura en contra de la imposición de cualquier límite que aumentaría los costes de su negocio. El cambio climático es puesto en dura por varias empresas y organizaciones patronales, así como un numeroso porcentaje de representantes republicanos en Washington.

La industria de la generación eléctrica con carbón ha encontrado un aliado: la “América rural”. Como explica The Economist, las bastas zonas rurales de Estados Unidos albergan una población más dispersa, menos educada, con salarios más reducidos y más dependiente del uso intensivo de combustibles fósiles, tanto en el entorno doméstico como para los frecuentes desplazamientos en vehículo privado, o el uso de maquinaria agrícola para la explotación agraria intensiva, acostumbrada al uso de combustible y fertilizante barato, ambos derivados del petróleo.

La población de las zonas rurales del Medio Oeste de Estados Unidos es, también, más conservadora, y sus representantes políticos, incluso los demócratas, son más reticentes a la imposición de límites a las emisiones de CO2, temerosos de perder apoyo popular. Los Estados rurales y poco poblados tienen también su peso en Washington.

Si bien la Cámara Baja de Estados Unidos se rige con un sistema proporcional, el Senado (totalmente operativo, a diferencia de España) está compuesto por dos representantes de cada Estado (California, con 37 millones de habitantes, tiene los mismos representantes en el Senado que Dakota del Norte, con 640.000 habitantes). Como consecuencia, el 11% de la población de Estados Unidos puede bloquear cualquier ley, debido a que se necesitan 60 votos de un total de 100 del senado para aprobar cualquier ley de calado.

La imposición de límites para emisiones no podrá prosperar como ley en Estados Unidos hasta que lo que The Economist llama “la América rural” cambie su opinión al respecto, y el carbón es el principal motivo de su intransigencia ante la cita de Copenhague. La mayoría de los Estados poco poblados del Medio Oeste dependen del carbón para generar su electricidad.

Si California sólo obtiene un 1% de la electricidad que consume de la combustión de carbón, gracias al uso intensivo de energía hidráulica y a una actitud proclive a controlar sus emisiones a través incluso de legislaciones de control de emisiones similares a las europeas, Virginia Occidental obtiene el 98% a partir de carbón. Cinco Estados obtienen más del 90% de su electricidad con carbón, y la mitad de los Estados obtienen más del 50%.

El mapa del carbón

Pese al dudoso futuro del “carbón limpio” como solución que pudiera acabar con las emisiones de CO2 de esta industria a precios razonables, o al menos inferiores a los de instalar y explotar energías renovables, se insiste en la idea.

Si usar carbón limpio cuesta más, por vatio de electricidad generado, que invertir en energía eólica o energía termosolar a gran escala, la inversión de dinero público en la iniciativa debería causar, como poco, recelo y polémica.

China y Estados Unidos han acordado colaborar en energías limpias, y dedicarán un capítulo de su esfuerzo al desarrollo del llamado “carbón limpio”. El que han llamado “carbón del siglo XXI” debería cambiar mucho para ser capaz de convertir el método más sucio de generación energética en una alternativa a las energías renovables.

Métodos como el de la gasificación ofrecen alguna esperanza.

Veamos cómo evoluciona el mapa energético mundial de aquí a 2020, cuando se espera que el “carbón limpio” entre en acción a escala industrial. Necesitamos que el sueño de Google.org se haga realidad: RE.

Si las energías renovables son más baratas que el carbón, ¿por qué seguir invirtiendo en minería y combustión como hace 200 años, si es más barato crear energía limpia desde su concepción, que no hace falta “limpiar” o catalogar como “limpia”?

Lo dicho: bien harían Estados Unidos, Europa y los países BRIC en intentar solucionar la ecuación RE