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Por qué la semántica del «intercambio colombino» debe cambiar

De todos los actos colectivos que llevamos a cabo en el presente, ¿cuáles son aquellas acciones y convicciones que —creemos— serán vistas como deleznables y difíciles de comprender en 50 años o un siglo?

Desafortunadamente, cada uno de nosotros puede evocar al menos un puñado de situaciones de injusticia, ignorancia o negación colectivas.

En el presente que construimos a diario, las heridas del pasado y la especulación en torno al porvenir condicionan nuestra acción. Se puede constatar en el acto simbólico del derribo popular de símbolos que representan las injusticias de épocas pretéritas en las que la palabra «ciudadano» equivalía a un género, un color de piel y la posesión de propiedad.

Estas épocas no son tan remotas ni han sido superadas, como observamos en las protestas contra una injusticia estructural en Estados Unidos que se circunscribe de manera abrumadora a un determinado perfil de ciudadano.

Lo indefendible

Cuando la igualdad no existe y el contrato social no se cumple con escrúpulos, la injusticia se convierte en una parte viscosa de la realidad y, a menudo, quienes se encuentran en ella se acostumbran a esta «nueva normalidad».

En los últimos días, caen estatuas de individuos notables (con un perfil idéntico al de las personas consideradas «ciudadanos» en el Sur de Estados Unidos hasta la Guerra de Secesión) que no gozan del consenso social necesario para ser celebradas públicamente. Ocurre algo parecido con el callejero, a menudo congratulatorio en determinados puntos de Estados Unidos con sujetos del pasado con dudosa calidad.

Las heridas de la esclavitud y la brutalidad de los regímenes coloniales no se circunscriben únicamente a Estados Unidos o al mundo anglosajón y apelan a un fenómeno impulsado por varias monarquías europeas en la denominada Era de los «descubrimientos» y las instituciones (jurídicamente «legales», recordemos) que sancionaron, por ejemplo, el equiparamiento de seres humanos a bienes de propiedad privada.

Asimismo, somos conscientes de que los «descubrimientos» no fueron tales, que el acto de reclamar territorios habitados por otras civilizaciones debería llevar otra semántica.

Herederos de un acervo siempre controvertido

Sabemos, en definitiva, que muchas dinámicas del mundo contemporáneo es en buena parte fruto del carácter despiadado de regímenes coloniales que provocaron, de manera directa o indirecta, la muerte y el sufrimiento estructural de otros pueblos.

¿Justifica esta constatación la necesidad de, por ejemplo, retirar estatuas asociadas a eventos o personalidades de un pasado remoto? ¿Hasta dónde retroceder en el acto de constatación de un agravio cuya sombra simbólica se usa todavía hoy como arma arrojadiza?

Si hay que defenestrar a Hernán Cortés o a Colón ¿por qué no retroceder más en el tiempo? ¿Es legítimo derribar viejos símbolos incluso cuando, en la luz de su contexto histórico, contaron con una visión del mundo similar a la de sus coetáneos?

Tanto Thomas Jefferson (poseedor de esclavos, algo que deberíamos preguntar a Sally Hemings) y Abraham Lincoln (responsable de la abolición de una aberración de su época, acto que pagó con su vida) permanecen en el panteón imaginario de un país cuya declaración de independencia y constitución se recuerdan, junto con la Revolución francesa, como eventos fundacionales hacia conceptos de progreso y justicia universal de los que somos beneficiarios.

Entre 1491 y 1493

Leer ensayos como Armas, gérmenes y acero (Jared Diamond) o los dos trabajos de Charles C. Mann sobre las Américas en el instante inmediatamente anterior e inmediatamente posterior a la llegada de los europeos (1491: Una nueva historia de las Américas antes de Colón y 1493: Uncovering the New World Columbus Created), ayuda a comprender la escala de los cambios en el mundo al establecerse el proceso de hibridación global que llamamos «intercambio colombino».

El intercambio colombino transformó globalmente la manera de ver el mundo y de alimentarse, aceleró la transmisión de epidemias —con consecuencias catastróficas para las poblaciones nativas americanas, no inmunizadas a los gérmenes del Viejo Mundo— y el tráfico más o menos traumático de personas.

El fenómeno de las explotaciones agropecuarias coloniales con mano de obra esclava transformó para siempre el Sur de Estados Unidos (en el contexto de las plantaciones de las 13 Colonias) y las islas del Caribe (disputadas por los países europeos, al ser el terreno más fértil para cultivar las materias primas más preciadas del mundo que emergía).

Si todavía tenemos alguna duda acerca del estatuto de la civilización contemporánea como heredera de los procesos estructurales iniciados en 1492, las protestas en torno a la muerte de George Floyd y la percepción de ésta por la sociedad estadounidense y mundial deberían despejar las dudas de quienes creen que el presente es un escenario que no depende de estructuras creadas con décadas o siglos de antelación.

Cuando el prejuicio se institucionaliza

Caen estatuas de notables sureños y británicos que habían destacado por su apoyo, práctica y lucro con la esclavitud. Por primera vez, muchos ciudadanos estadounidenses supeditan su prioridad al reconocimiento de una injusticia que perciben con cada vez mayor claridad, gracias a la multiplicación de focos con la existencia de cámaras en teléfonos móviles de ciudadanos corrientes.

Reconocida la injusticia y constatada la necesidad de que se produzca un cambio profundo que requerirá reparaciones simbólicas y, quizá, materiales —por ejemplo, a partir de presupuestos locales trasladados desde la policía local al asociacionismo, como se propone estos días—, ¿hasta dónde deberíamos remontar actos y esfuerzos simbólicos que, más que suprimir la historia, contribuyan a reconciliarnos con ella?

Siguiendo la lógica actual de determinados activistas, las ciudades de Europa y las Américas que cuenten con estatuas y callejero con referencia directa a Cristóbal Colón y sus descendientes, así como los conquistadores y empresarios (en una época en que la esclavitud, recordemos, estaba jurídicamente protegida) que participaron en la expansión europea por el mundo, deberían deshacerse de estos símbolos.

Siguiendo la misma dinámica, el mundo acabaría pronto con la exposición pública de símbolos, personalidades y hazañas, pues raramente existe el consenso de ciudadanía, historiadores y clase política en torno a acontecimientos y personalidades del pasado, salvo cuando se trata de atrocidades todavía vivas en la memoria de la población. Los totalitarismos del siglo XX permanecen donde deben estar, en la infamia colectiva, pero todo permanece difuminado en torno al contexto del «intercambio colombino», el verdadero inicio de la actual globalización.

Herederos (por mucho que nos pese) de un «intercambio» forzoso

Charles C. Mann nos explica en su segundo ensayo, 1493, el cual —como indica el año del encabezado de su título— trata sobre el mundo que empezaba tras la llegada de los emisarios españoles al Caribe («las Indias» para ellos, el inicio de una confusión semántica que hoy arrastramos).

Los nativos de esta región insular americana, campo de pruebas de las dinámicas de este «intercambio» desigual, padecieron las consecuencias de que se sucederían en el resto del hemisferio, aunque a una escala tal que, con la excepción de algunas islas, el sustrato de la población original apenas ha dejado trazos en la población actual. Enfermedades y esclavitud propulsaron un experimento macabro del que todos, nos guste o no, lo reconozcamos o no, somos descendientes.

Si pudiéramos llegar a un consenso en torno al intercambio colombino que tratara de eludir la autodestrucción de quiénes somos, tanto en el plano individual como en el colectivo, deberíamos hablar de sincretismo. Préstamos lingüísticos, culturas gastronómicas, usos, costumbres, comercio de bienes en el resto del mundo…

Nada volvió a ser como antes. Surgió un nuevo mundo más conectado, en el que China llamaba a la puerta de Europa a través de comerciantes portugueses y holandeses, así como en los mercados situados extramuros de la ciudad colonial fortificada de Manila, en la que la plata del Potosí permitía un acceso hasta entonces inusitado al gigantesco comercio y producción de bienes de las ciudades del Mar de la China Meridional. Las grandes dinámicas actuales estaban ya presentes en el siglo XVI.

El peso del pasado

Desentrañar el nuevo mundo que el viaje de Colón inició implica también ser conscientes de que, desde entonces, el sincretismo de ideas, población, gérmenes y bienes (especias, alimentos, materias primas) se aceleró. Lo volvería a hacer a inicios de la Ilustración, cuando Francia y luego el mundo anglosajón suplieron el dominio colonial de las monarquías ibéricas y los Países Bajos.

Si 1492 es la pérdida de una cierta edad de la inocencia, nosotros somos frutos de ello, así como lo son nuestro aspecto, cosmogonía, manera de comer y hablar, manera de construir y habitar, valores (más o menos confesables) … y prejuicios.

El comercio de y con personas, de cultivos y bienes, multiplicó desde el siglo XVI eventos desestabilizadores como la expansión no deseada de especies polizón como ratas pulgas, gérmenes y hongos, que crearon catástrofes humanas y ecológicas a escala mundial.

Una extensa lista de productos, alimentos y materias primas crearon fortunas y decantaron el comercio mundial —y la geopolítica— desde dos civilizaciones asiáticas gigantescas y milenarias, la china y la india, hacia Europa, que pasaría de una relativa marginalidad al dominio literal del mundo.

La emergencia de una nueva cotidianidad

Cosechas, animales domésticos y jardines ornamentales también se unieron a este proceso de sincretismo universal, y el paisaje mundial se transformó en consecuencia: como ya había ocurrido en épocas remotas con civilizaciones que habían ocupado América Central y la cuenca del Amazonas, vastos espacios cultivados y sin vegetación en las Américas dieron paso a bosques densos, al desaparecer la quema tradicional practicada a gran escala por numerosas poblaciones nativas americanas.

Ilustración de autor desconocido en la que se observa el trabajo en una plantación de tabaco del Sur de Estados Unidos sostenida por esclavos

Asimismo, árboles de distintas localizaciones y animales domésticos fugados transformarían el paisaje, a menudo con consecuencias dramáticas para la flora y fauna locales, sobre todo en ecosistemas insulares que habían evolucionado sin la presencia de competidores.

En este contexto de pérdida universal de la inocencia, deberíamos recordar que ecosistemas y paisajes que consideramos «naturales» han sido fraguados de un modo u otro por generaciones de seres humanos.

Cualquier proyecto conservacionista o de repoblación de especies autóctonas representa una intervención a escala local que, salvo en ecosistemas insulares, dependen del seguimiento humano para lograr el éxito que persiguen.

Especies y enfermedades invasivas

Las variedades vitivinícolas europeas sólo pudieron sobrevivir parcialmente tras la expansión de la filoxera, un parásito mortífero que cambió para siempre el paisaje rural del Viejo Continente; únicamente la hibridación de las variedades que morían con tocones de origen americano resistentes a la plaga permitió la supervivencia de plantas en realidad híbridas.

Charles C. Mann explora acontecimientos pretéritos equiparables a la filoxera durante el siglo XIX. El evento traumático tuvo consecuencias tan ramificadas como la propia planta, algunas de las cuales sirvieron de acicate para propulsar evoluciones que se habrían desarrollado en un período más extenso, como por ejemplo la Revolución industrial catalana, fomentada con ahorro del sector vinícola afectado por la filoxera.

En el contexto actual, Estados Unidos experimenta en las últimas décadas una pérdida simbólica equiparable a la filoxera: a inicios del siglo XX, una enfermedad fúngica diezmaba los castaños de Japón y otros países asiáticos. La apertura del país asiático al comercio mundial y —debido a la diplomacia de cañonero— sobre todo a los puertos estadounidenses trajo consigo algo más que prosperidad.

En 1904, se detectó la muerte de algunos castaños de Nueva Inglaterra, árboles no sólo simbólicamente apreciados, sino valiosos para las zonas rurales del país en torno a la cordillera de los Apalaches (la cual atraviesa el interior de la Costa Este del país desde Nueva Inglaterra al Sur profundo). La epidemia fúngica, transportada por algún navío, se había empezado a expandir por América del Norte.

Expansiones fúngicas y Revolución industrial

En cuestión de décadas el castaño americano había retrocedido hasta el punto de desaparecer de un territorio que había ocupado durante generaciones (se calcula que habrían muerto 3.000 millones de ejemplares, esenciales para la industria maderera y los ecosistemas del país). Pero, como ocurrió con la vid europea, salvada in extremis gracias a su hibridación con variedades de vid resistentes a la filoxera, el castaño de América del Norte se beneficia de la hibridación, en esta ocasión a través de la ingeniería genética, tal y como explica Gabriel Popkin en un reportaje para el New York Times.

La interconexión del mundo y el sincretismo asociado a este proceso no se inició en las últimas décadas con la emergencia de la industria asiática y la deslocalización industrial occidental, sino que es un proceso que, en su variante moderna acelerada, se remonta generaciones atrás y tendría su origen en los viajes europeos asociados a esos personajes que hasta hace poco fueron considerados héroes patrios y que hoy —como observamos prácticamente en tiempo real— no carecen de la misma estima.

No tenemos por qué suscribir o admirar lo ocurrido, y siempre estamos a tiempo para documentarnos y conocer en profundidad qué ocurrió y qué ramificaciones se iniciaron entonces, las cuales llegarán de un modo u otro a situaciones y contextos podemos trazar en la actualidad.

La poca civilidad de los procesos civilizadores

Sea cual fuere nuestra opinión, fundamentada o no en la experiencia, el estudio, las lecturas o las especulaciones (o peor) peregrinas, el mundo de hoy es fruto de esta aceleración de la interconexión del planeta, del comercio entre humanos y sus consecuencias, tanto las deseadas o sorprendentemente positivas como las infames.

Somos herederos de las acciones de armas, gérmenes y acero; nuestras cosechas, cocina y productos cotidianos se expandieron a partir de este intercambio, a veces voluntario y casi siempre forzoso. Plantar césped al estilo de la campiña británica en pleno desierto de Arizona es también una consecuencia de los orígenes de estos procesos y sus ramificaciones, como también lo son la filoxera o el cancro del castaño, que ha estado a punto de exterminar el castaño de Norteamérica.

Antes del cancro del castaño, un hongo similar causante de la grafiosis, en este caso de origen noreuropeo, decimó la población de olmos de Norteamérica y Nueva Zelanda.

Nuestras acciones, las consideremos fortuitas o no, dependen de acervos y convenciones que parten de procesos de civilización a menudo «poco civilizados». Introducir el conejo en Australia o mamíferos carnívoros en islas donde animales como aves y reptiles habían podido crecer a ras de suelo ante la ausencia de predadores son procesos simbólicamente infames.

Plantar kiri (o no)

Otros procesos análogos lo son tanto o más y se siguen produciendo a una escala sin precedentes, tanto desde el punto de vista agropecuario (con monocultivos de aceite de palma y factorías de ganado que fomentan el sufrimiento industrial de los animales) como ornamental.

Árboles como la paulownia imperial, un árbol asiático conocido también como kiri preciado por su rápido crecimiento y carácter ornamental de sus grandes hojas y espectacular floración violeta, se expande por todo el mundo con la ayuda de quienes creen que, plantándolo, enriquecen un terreno.

En unas décadas podremos analizar las consecuencias de estas y otras decisiones centralizadas.

Quizá entonces nos hayamos ya tomado en serio la amenaza del cambio climático.