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Vigencia de viejos rockeros: deriva de la WWW según su creador

El 12 de marzo de 2019 se cumplía el 30 aniversario del protocolo que contribuyó decisivamente a convertir la red descentralizada ARPANET en una Internet digna de su acrónimo («international network»): Tim-Berners Lee presentaba en el laboratorio paneuropeo de investigación nuclear con sede en Suiza, CERN, la World Wide Web, WWW. La Web.

«Desarrollador Web». Y tan desarrollador…

El nuevo sistema de distribución de documentos compatibles en cualquier terminal conectado a Internet (hipertexto y enlaces a ficheros multimedia), había sido concebido en una estación de trabajo NeXT, el ordenador con sistema operativo Unix desarrollado por Steve Jobs después de su despido de Apple, que luego constituiría la base de Mac OSX.

Ese mismo equipo se convertiría en el primer servidor web. Ante la incomprensión de algunos de los operarios del CERN, Berners-Lee acabó incluyendo una pegatina en el frontal de una unidad central de proceso:

«Este ordenador es un servidor. ¡No apagar!»

El entonces investigador treintañero británico Tim Berners-Lee erigió el protocolo sobre el trabajo conceptual previo, desde el documento de Vannevar Bush describiendo el sistema Memex al finalizar la II Guerra Mundial al primer sistema de textos entrelazados en una red de inspiración neuronal, el proyecto Xanadu concebido en 1960 por el pionero en información computacional Ted Nelson.

El amateurismo de la primera Web

Como Nelson o Vint Cerf (este último, autor del otro pilar de la Red, el protocolo TCP/IP que garantizaba la interoperabilidad de cualquier máquina conectada al nuevo medio descentralizado), Berners-Lee contribuía a un medio que debía —pensaron los tres— crear a largo plazo un ámbito cibernético de libertad poblado de «ciudadanos programadores». Mosaic, el primer navegador gráfico ampliamente adoptado, garantizaba poco después un acceso sencillo para no iniciados.

Treinta años después de que surgieran las primeras páginas web, así como de la publicación de la primera imagen accesible en la WWW (montaje fotográfico protagonizado por cuatro empleadas del acelerador de partículas caracterizadas en estilo años 50 bajo un título, en tipografía retro, donde se lee Les Horribles Cernettes —o trabajadoras del CERN—), la herramienta ha mutado desde aspiración idealista mantenida por voluntarios a medio optimizado para el beneficio comercial de un puñado de compañías cuyo modelo de negocio depende del rastreo de datos.

Que la WWW surgiera en un centro de investigación europeo especializado en física nuclear, fruto del esfuerzo voluntario y filantrópico de un británico, Tim Berners-Lee, y un belga, Robert Cailliau, sirve de contrapunto al relato sobre Internet dominado desde entonces por la cultura y aportaciones surgidas en Silicon Valley:

  • la financiación pública de ARPANET, precursora de Internet, en la agencia gubernamental DARPA (situada en la bahía de San Francisco);
  • la fertilización cruzada entre Stanford (donde Douglas Engelbart presentaría el concepto de ordenador personal, con periféricos como el ratón) y un grupo de entusiastas en informática y electrónica surgidos al abrigo de empresas como HP, el Homebrew Computer Club;
  • o la relación entre contracultura (Merry Pranksters, Whole Earth Catalog, etc.) y laboratorios privados financiados con generosidad que concedieron libertad a sus investigadores, como el Xerox PARC (donde surgiría el Xerox Alto, ordenador personal en el que «se inspirarían» dos jóvenes de visita por aquel lugar en las colinas de Palo Alto, Bill Gates y Steve Jobs).

Agotamiento del aura positiva de los inicios

Hace tiempo que los relatos épicos, las banderas piratas y el comunalismo de salón promovido por los más veteranos de Silicon Valley dio paso a una WWW mucho menos idealista y más orientada a acaparar valor creando monopolios en sectores creados ex novo.

Al batacazo puntocom siguió esta Internet más pragmática, materialista e implacable, la Web 2.0, cuyas consecuencias empezaron a quedar claras en 2016, una vez confirmados los vasos comunicantes entre el auge de la polarización en las sociedades maduras y el uso de herramientas con influencia colosal que no están sujetas al mismo escrutinio que los medios de masas: redes sociales y demás repositorios centrados en el rastreo de datos.

Una vez ha quedado claro que la bandera pirata era un reclamo de relaciones públicas y que los reyes son los padres, llega el gran desengaño. Los síntomas aparecen a la manera dispersa y contradictoria de los mensajes que se popularizan según la inercia evolucionista de la memética: recientemente, el columnista estadounidense Noah Smith compartía una impresión que hace poco habría resultado sorprendente:

«He notado que un número creciente de mis amigos ingenieros no parecen de repente demasiado interesados en trabajar en la industria tecnológica. Pregunté a uno de ellos si era cierto y por qué, creyendo que me daría una respuesta relacionada con la política.

«En cambio, me dijo que ‘el mundo Tech ya no dicta qué será la Próxima Gran Cosa’.»

Esta respuesta sorprendió a Noah Smith: ¿qué ocurre con la inteligencia artificial, los autos autónomos, la robótica, etc.?

«Me respondió simplemente que ninguna de estas cosas parecía evolucionar demasiado bien. Los autos autónomos habían decepcionado, los avances en IA parecían agotarse en la mayoría de áreas tras un progreso inicial prometedor…»

El agotamiento de un relato

Las respuestas a Noah Smith no se hicieron esperar. Abundaban los comentarios críticos, confirmado el cambio de opinión con respecto a la imagen de Internet, la telefonía móvil y los servicios más populares, que han pasado de representar una imagen de progreso y mejoría de la conversación pública a denotar lo opuesto.

Más que servir a los usuarios, Internet (que muchos usuarios, sintomáticamente, llaman «industria» ignorando los inicios idealistas y amateur del medio), la Red da ahora la impresión de explotar la información y la actividad de los mismos usuarios.

En paralelo, los mecanismos de democracia directa de California, que permiten a la ciudadanía decidir sobre regulaciones locales y estatales que impiden políticas de densificación urbanística, juegan ahora en contra de la bahía de San Francisco, incapaz de proporcionar un parque de viviendas suficiente que evite la exclusión de ciudadanos con rentas inferiores a los trabajadores tecnológicos y compradores internacionales.

El coste de la vida y el prohibitivo coste de la vivienda juegan en contra del futuro del valle de Santa Clara, que ya no es visto como epicentro del futuro de la industria tecnológica. El analista e inversor Byrne Hobart dedica un artículo en Medium al supuesto punto de inflexión que viviría California, demasiado próspera y rígida para alojar las próximas oleadas de innovación según el autor.

La volatilidad del sistema fiscal californiano, que protege a los propietarios residenciales y a las grandes fortunas en detrimento de los jóvenes, aumenta la inercia hacia un modelo cuya rigidez aproxima al Estado más poblado y rico de Estados Unidos al inmovilismo y lenta decadencia que hasta ahora representaban los países europeos.

Mirada retrospectiva de Berners-Lee

Con motivo del 30 aniversario de la WWW, el 12 de marzo de 2019 la Red amaneció con un «doodle» global (o animación en el logo del motor de búsqueda de Google) acorde con la efeméride —logotipo pixelado, ordenador NeXT con un navegador mostrando el globo terráqueo en su pantalla, ocupando el espacio de la segunda «O» de Google y conectado a una toma telefónica insertada en el interior de la primera «O»—.

El «doodle», evento cibernético que carece de la simpatía de otros tiempos, no oculta la importancia que han alcanzado las otrora simpáticas compañías, símbolo iconoclasta de la cultura libertaria del valle de Santa Clara. Pero la efeméride contó también con un artículo en The Guardian con una entrevista al padre de la criatura.

En la entrevista, Tim Berners-Lee expone su preocupación sobre el futuro.

«Esta máquina es un servidor. ¡No apagar!»

Además de la falta de ética y las viejas especulaciones en torno a, por ejemplo, la reserva fraudulenta de nombres de dominio con la intención de cobrar a futuros interesados un importe económico con las connotaciones de la entrega de un rescate que libere a un secuestrado, Berners-Lee cree que los principales riesgos a los que se enfrenta la WWW son la desinformación (de usuarios, organizaciones o gobiernos), el comportamiento criminal y el acoso electrónico.

Las intenciones criminales en la Web son, recuerda el investigador británico, algo intrínseco a los sistemas complejos humanos e imposibles de erradicar por completo. La manera de contrarrestar los efectos del fenómeno deben asemejarse, según Berners-Lee, a los mecanismos existentes en el mundo físico, que dependen de legislaciones y códigos de conducta.

¿Un «contrato social» para la Web?

En la Red, el código de conducta tiene una extensión en el propio diseño de las herramientas, otro «código« que puede limitar o promover los actos ilícitos, en función de la calidad de su estructura y de su mantenimiento colectivo.

Para limitar los incentivos perversos de la desinformación, la manipulación personalizada y el abuso de los datos y actividad de los usuarios, Tim Berners-Lee propone el equivalente a un «contrato social» para la Web. Su propuesta, con ecos en el intento ilustrado de Jean-Jacques Rousseau y sus coetáneos, pretende garantizar el universalismo de la WWW y reducir el poder monopolístico de las empresas que han privatizado protocolos y sistemas de información y comunicación.

El «doodle» de Google del 12 de marzo de 2019, celebrando el 30 aniversario de la WWW

El objetivo debe ser la protección del interés general a largo plazo, en detrimento del mandato a corto plazo de los beneficios trimestrales de los principales actores de la Red. Para ello, será necesario crear regulaciones que protejan a los usuarios sin limitar el potencial de Internet ni supeditar el medio a gobiernos o viejos monopolios (no hay que sustituir nuevos monopolios de facto por sus equivalentes de la era de los medios de masas):

«Los gobiernos deben amoldar leyes y regulaciones a la era digital. Deben asegurarse de que los mercados permanecen competitivos, innovadores y abiertos. Y tienen la responsabilidad de proteger los derechos y libertades en línea de la gente.»

Lo que está en nuestras manos

Pese a los riesgos que afronta un medio que se ha inmiscuido en nuestra vida cotidiana hasta hacer difícil imaginar un mundo sin acceso a la Red, su creador concluye con un tono optimista:

«Es comprensible que mucha gente tenga sus dudas sobre si la Web es realmente una fuerza para el bien. Pero dado lo mucho que ha cambiado la Red en los últimos 30 años, sería derrotista y poco imaginativo suponer que la Red tal y como la conocemos no se puede cambiar para mejor en los próximos 30 años. Si renunciamos a construir una mejor Web ahora, entonces la Red no nos habrá fallado. Nosotros habremos fallado a la Red.»

Hay mucho que está en nuestras manos, como individuos y colectivos.

«La Red es para todos», concluye, «y colectivamente tenemos el poder para cambiarla. No será fácil. Pero si soñamos un poco y trabajamos mucho, podemos conseguir la Web que queremos.»