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De chalets a bunkies en kayak: conversaciones norteamericanas

Cuando llega el verano, la oficina de *faircompanies se hace más móvil que nunca; la familia se lanza a la carretera y empieza entonces la dialéctica entre dos necesidades para toda la familia: por un lado, la importancia de explorar y descubrir; y por otro la necesidad de encontrar momentos para el trabajo reflexivo.

En esta ocasión, viajamos entre Canadá y Estados Unidos, empezando en la Costa Este y en dirección a la Costa Oeste de Norteamérica.

Llegada a Montreal

Hay algunas metas y citas en el mapa y el calendario, pero casi todo permanece abierto, excepto lo innegociable: tiempo de descanso y juego para todos, un espacio para improvisar comida saludable (sea la espaciosa cocina de unos amigos o una conexión eléctrica para la placa de inducción portátil que llevamos en el equipaje), y un rato por la mañana para hacer algo de ejercicio, casi siempre a primera hora gracias a la ventaja del reajuste horario para quienes llegan desde Europa.

Ha habido tiempo de conocer la naturalidad con que los canadienses se lanzan a disfrutar del verano en la infinidad de bosques y lagos de origen glaciar y con tamaño dispar que motean su inmenso territorio.

Quebec es casi 3 veces más grande que Francia, el país de mayor extensión de Europa Occidental (o 3 veces más grande que España); mientras Ontario, la provincia más rica y poblada de Canadá, que sigue concentrando a la mayoría de su población en su frontera sur con los Grandes Lagos y Estados Unidos, ocupa el equivalente a dos veces el territorio de España.

Una relación especial con la naturaleza

Durante unos días, pudimos descubrir con unos amigos el carácter remoto y prístino de bosques cuyos senderos se extienden en ocasiones durante cientos de kilómetros, y permiten realizar travesías mixtas por tierra y agua dulce: de vez en cuando, incluso en los lagos menos transitados, se puede observar a un grupo de piragüistas remando con parsimonia y observando a su alrededor; el observador acostumbrado explicará que el grupo de kayakistas porta ligeros yugos que se ajustan a los hombros para facilitar el porteo entre lago y lago de las pequeñas y ligeras embarcaciones.

En Montreal, nos alojamos en pleno distrito universitario al pie de Mont Royal (de importante significación en el establecimiento de Nueva Francia desde la expedición de Jacques Cartier), en una calle aledaña a la Universidad McGill, la más prestigiosa de Canadá

Uno visita la ribera del río San Lorenzo, epicentro de la cultura francófona en Norteamérica y nexo entre el Atlántico y los Grandes Lagos, no ya evocando a Jacques Cartier por un día, el equivalente canadiense a los primeros exploradores españoles del Nuevo Mundo, sino al dicharachero Bill Bryson a su llegada a Australia (In a Sunburned Country), donde evoca con asombro la dureza de los habitantes del país austral.

A mí me ocurrió algo parecido en Canadá: el término «horse fly» tiene un nuevo significado para mí tras experimentar la picadura de todos los insectos de la familia de los tabánidos que inundan las regiones lacustres de Canadá durante un verano muy caluroso en el territorio más poblado del interior del país, que se concentra en torno a la frontera con su vecino del sur.

Remontando la cuenca hidrográfica del río San Lorenzo, los lagos del interior de Quebec, como el Saint-Jean, son célebres por la pesca del salmón y las largas travesías en kayak; acostumbrados a bregar con mosquitos y tabánidos, ningún canadiense otorgará más importancia a la insistencia de los insectos con los visitantes durante los meses cálidos que la anecdótica.

De vuelta a la época de los buhoneros

Bastarán un par de travesías en piragua y dos días de carrera por caminos apenas transitados para atesorar una imponente colección de picaduras de una asombrosa variedad de dípteros.

El preocupante descenso de las colonias de insectos en todo el mundo —fenómeno asociado al cambio climático y a la presión ejercida por la polución, la expansión de los monocultivos y el uso intensivo de productos fitosanitarios—, parece no afectar, de momento, al Gran Norte.

Centro de Montreal

Conocemos a Jean Arsenault en la región quebequesa de Saguenay-Lac-Saint-Jean, tras una travesía en canoa y un paseo por caminos ocultos en bosques con coníferas y abundantes árboles de hoja caduca como el abedul, el arce rojo, el fresno, el nogal, el olmo.

Con Arsenault empezamos hablando en inglés, para pasar al francés y, finalmente, al castellano: es un guía turístico curtido que acompaña a visitantes por lugares recónditos de Canadá, pero también por parajes igualmente remotos de Colombia, país de origen de su mujer.

Nos despedimos intercambiando datos y esperando coincidir en algún lugar. Seguiremos la pista de algunos de sus consejos.

Nuestros hijos aprenden a reconocer por el aspecto de su corteza y copa, así como por la morfología de sus hojas, a los distintos tipos de arce presentes en el interior de Quebec y Ontario. La presencia del arce azucarero, con cuya savia se elabora el preciado jarabe de arce —por los detalles de cuya elaboración se interesan—, se circunscribe a la región meridional del Este de Canadá y al noreste estadounidense.

El mapa y el territorio (según los canadienses)

En algunos lugares —es el caso de la región montañosa de Charlevoix, al norte de la ciudad de Quebec— el paisaje y el aspecto de las pequeñas localidades francófonas aporta evocadoras reminiscencias de Francia y Suiza, de Nueva Inglaterra, el Medio Oeste de Estados Unidos y de Escandinavia.

El centro de Montreal, visto a primera hora de la mañana desde la colina Mont-Royal

Nos desplazamos por laderas boscosas desde las que se observan valles recubiertos en ocasiones de un espeso manto de niebla, para observar a continuación que el banco de niebla seguía el curso de la desembocadura del río Saguenay en el norte del río San Lorenzo (cuya anchura y carácter está más próximo a un fiordo noruego que a los estuarios que dominan el imaginario de europeos y estadounidenses).

En la ribera del San Lorenzo, nos alojamos en cabañas individuales (en la zona, denominados «chalets») preparadas para una oscilación térmica anual descomunal, desde el ocasional bochorno veraniego a las temperaturas glaciales de un invierno que en ocasiones no permite el contacto de la piel con la intemperie: horno de leña y calefacción para los meses fríos; y mosquiteras en puertas y ventanas para los meses de buen tiempo.

Descansaremos durante unos días invitados por unos amigos a una cabaña con habitaciones adicionales en pequeños cobertizos de madera (en el Canadá anglófono, «bunkies», o dormitorios supletorios en plena naturaleza), cuyo acceso es sólo posible a través de un rato en barca a motor o canoa por un pequeño lago.

Jugando a cartas durante una de nuestras expediciones en kayak por los lagos del interior canadiense

La ausencia de carreteras o pistas de tierra entre las casas diseminadas a lo largo del lago dificultó la construcción de estas viviendas de recreo, muchas de ellas autosuficientes en verano e inaccesibles en invierno, cuando las temperaturas pueden descender hasta -30 grados Celsius y el lago permanece helado durante meses.

Los materiales de viviendas y los pequeños muelles, junto a los cuales aparecen amarradas pequeñas embarcaciones de distinto tipo e incluso algún que otro hidroavión, fueron transportados en barca.

Moral, política y religión en Norteamérica

Al finalizar nuestra primera semana de estancia en Quebec (en torno a Montreal, los lagos del interior y la cuenca del río Saguenay, así como la región montañosa de Charlevoix y los pueblos francófonos en torno a la ribera del río San Lorenzo), me acostumbro a contestar con cierto humor al interés algo paternalista y responsable que suscitan las picaduras en piernas brazos y cuello (sic) entre los locales que visitamos o con quienes nos topamos.

En Toronto, la dinámica capital de Ontario y mayor urbe del país, aparecer curtido por el sol y con marcas del encuentro con los insaciables dípteros es síntoma de llegar desde el interior rural y salvaje.

Paisaje de Charlevoix en verano

La ciudad, que en apenas dos décadas ha transformado su relativo carácter provinciano en una verticalidad urbanística que rivaliza con las grandes urbes estadounidenses y asiáticas, celebra este año el anillo de la NBA (con la participación de Marc Gasol, Serge Ibaka y Sergio Scariolo) y ya compite sin complejos con las ciudades más dinámicas de Norteamérica para atraer a los estudiantes e inversores desalentados por las trabas administrativas y el coste de la educación o la sanidad en Estados Unidos.

Tras Toronto, llegamos invitados a la casa de campo de unos amigos. Allí, recibimos un interesante obsequio que ya había hojeado, pero no leído: el ensayo The Righteous Mind, interesante reflexión del psicólogo social Jonathan Haidt sobre la atrofia de los vasos comunicantes en las sociedades democráticas: la dinámica entre convicciones políticas, creencias el rol de ambas en la moralidad de nuestro tiempo.

Descansando en uno de los «chalets», o pequeños bungalows de alquiler habituales en Quebec (en Ontario, se puede hallar un equivalente en las «bunkie», o casitas para dormir)

Haidt se interesa por las causas de la polarización y las decisiones colectivas más incoherentes y dañinas para los propios intereses de quienes ayudan a que se produzcan: a la hora de realizar juicios morales, nos dejamos llevar por el instinto y la pasión, en detrimento de la razón. En la línea del pensamiento utilitarista anglosajón, Haidt define a los humanos como seres individualistas y egoístas, tendencias matizadas por un cierto altruismo.

Gigante despoblado

Este altruismo, secundario en la filantropía ilustrada anglosajona (que contrasta con su centralidad en el ideario europeo surgido con la Revolución Francesa), viene acompañado de una advertencia: al ejercer la solidaridad, daríamos prioridad a los miembros de la comunidad/es con la/s que nos identificamos.

En momentos de incertidumbre, la cohesión social gira en torno a relatos políticos y religiosos identitarios que alimentan fenómenos como la mentalidad de asedio, una victimización interesada que permite distraer la atención de temáticas reales (riesgo de marginalidad, desempleo o subempleo, desigualdad, percepción de pérdida de poder adquisitivo) y orientarla hacia riesgos simbólicos y enemigos a la carta.

Charlevoix: un columpio imposible y, abajo, el río San Lorenzo al norte de Quebec City

La conversación en torno al auge de la polarización y discursos pseudo-identitarios como el de Donald Trump (el concepto de tribalismo tiene un significado muy distinto en Canadá, país que se esfuerza no sólo por armonizar la entente entre francófonos y anglófonos, sino que trata de reconocer y proteger las culturas amerindias del interior y el Gran Norte, denominadas «naciones originarias» de Canadá), que preocupan al otro lado de la frontera.

Canadá es el segundo país del mundo en extensión territorial, sólo tras Rusia y por delante de China y Estados Unidos; pese a sus dimensiones, el país apenas cuenta con 40 millones de habitantes, por casi 330 millones en Estados Unidos y 130 millones en México.

Viejas historias iroquesas

Miembro del G7 y socio preferente tanto para la UE como para varios países del Pacífico, la política de integración de inmigrantes y refugiados de Canadá en los últimos años contrasta con el aislacionismo de su vecino del sur, país que había simbolizado el ideal de sociedad multicultural y multiconfesional capaz de compartir convicciones y oportunidades con los recién llegados.

Durante nuestra estancia en la casa de campo de unos amigos a la que sólo es posible acceder en barca o kayak (no hay carreteras ni pistas en la zona)

Canadá no es ajeno a la retórica identitaria (como demuestra el discurso del profesor de psicología de la Universidad de Toronto y pseudo-ensayista Jordan Peterson), si bien ha eludido la tensión que monopoliza el discurso moral, religioso y político al sur del paralelo 45, tal y como explica el más recomendable psicólogo social y ensayista —en este caso, estadounidense— Jonathan Haidt.

Volvemos a la carretera, y nos dirigimos de nuevo a hacia el sur, hacia la zona metropolitana de Toronto, a orillas del lago Ontario, que conecta el San Lorenzo con los otros Grandes Lagos y sus centros industriales, logísticos y de materias primas del Medio Oeste de Estados Unidos.

Hace tiempo que la vieja Luisiana de pueblos indios familiarizados con el francés, mestizos (métis) y buhoneros de origen anglosajón y francés, es apenas un epígrafe en el mapa y en los libros de historia: a lo largo de la actual frontera entre Estados Unidos y Canadá, se suceden los patronímicos de origen francés, pronunciados en inglés americano y desprovistos —como los patronímicos de origen español al sur de Estados Unidos— de cualquier evocación de historias anteriores a la victoria inglesa en la Guerra de los Siete Años o, en el caso de Estados Unidos, al inicio idealizado de la Unión.

En la miríada de lagos canadienses de origen glaciar, el tránsito durante los meses cálidos, cuando llega el deshielo, se lleva a cabo sobre el agua

De igual modo, el papel histórico de la Confederación Iroquesa en el origen de Estados Unidos y Canadá ha sido borrado del imaginario colectivo.

Atravesando el follaje del arce azucarero

La armoniosa organización política de la Confederación Iroquesa en el siglo XVIII, cuando franceses e ingleses avanzaban sobre su territorio histórico y se fraguaban las tensiones que acabarían con la independencia de las Trece Colonias inglesas (actual Costa Este de Estados Unidos) en un país independiente, podría ofrecer alguna que otra lección a los norteamericanos de nuestro tiempo: canadienses, estadounidenses y mexicanos comparten destino y están condenados a lamerse las heridas derivadas de las tensiones entre modelos europeos de civilización y su imposición sobre un nuevo territorio con la intención de «amaestrarlo».

Toronto, desde la ribera del lago Ontario, en los aledaños del aeropuerto de la ciudad

Desproveer al vocablo «tribalismo» de su actual semántica peyorativa es uno de los objetivos compartidos por los tres Estados de Norteamérica.

Las tensiones identitarias y populistas que bloquean el discurso político en Estados Unidos y afectan, por ende, a la opinión pública en el vecino del norte y el vecino del sur, son fruto de la tergiversación de conceptos procedentes de la Ilustración europea, y no del «civilizado» tribalismo que los europeos arrinconaron en Norteamérica, desde la responsabilidad iroquesa con las siete generaciones en el futuro al cultivo sostenible de cosechas amerindias en Mesoamérica, conocido como milpa.

Quizá nos encontremos ante una oportunidad para el retorno de cosechas olvidadas y, con éstas, de modelos de convivencia más inclusivos.

Dos obsequios de unos amigos (además de su hospitalidad y atención): un ensayo recomendable y una petaca de jarabe de arce de la zona, producido por un amigo

Dejamos Canadá por el puente que atraviesa el río Niágara; desde él, se observa la fuerza con que la «catarata canadiense» compite con la «catarata estadounidense» para generar la mayor cantidad de vapor de agua en suspensión, lo que originará, según el momento y la localización, la perfecta imagen prefabricada e Instagram-friendly, descrita millones de veces con el equivalente descriptivo de «cataratas del niágara con arcoiris» o «intento infructuoso de selfie con cataratas y arcoiris».

Sobre la bruma, mientras presento el pasaporte para acceder a Estados Unidos por primera vez este verano, recuerdo algunos pasajes de 1491, el ensayo de Charles Mann.

En el interior de una cabaña de la vieja Frontera canadiense

Para los europeos, el atractivo de Norteamérica surge de la tensión brutal entre voluntad de «amaestrar» y la observación culpable, desde la Frontera, del mundo inocente que cede ante la pujanza de quien proclama su potestad sobre el territorio y confunde una empresa tan burdamente material con el destino manifiesto supuestamente dictado por una divinidad importada.