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Desde la «nueva normalidad»: fondos virtuales Zoom y chándal

En tiempos extraordinarios, las estampas de cotidianidad cambian con rapidez. De repente, lo que no tenía sentido se instala entre lo estratégico, y lo que parecía inamovible (como comprar deuda pública u oro en tiempos revueltos) empieza a serlo menos.

Trabajo y educación a distancia, vida suburbana con precios que aumentan en los suburbios y se reducen drásticamente en los centros neurálgicos de la economía creativa.

La incertidumbre económica y las tiranteces sociales surgidas de fenómenos ampliados nuestro modo de trabajar y comunicarnos, alimentan una cierta retórica derrotista entre ciertos habitantes urbanos.

Levantando los puentes de la ciudadela

En Estados Unidos, la deriva de algunas manifestaciones a raíz de la muerte de George Floyd ha evocado viejos episodios instaurados en la psicología americana, asociados a los eventos que Philip Roth describe en American Pastoral desde la perspectiva de su Newark natal.

Y, si en esta ocasión no es Newark la que arde, observamos cómo en Chicago levantan los puentes viarios que conectan el centro de la ciudad con los suburbios como lo hicieran en el Antiguo Régimen los habitantes de la ciudadela a la llegada del populacho hambriento. Más que tomas de Bastilla o Revoluciones Americanas, hay memes transmitidas con «infinito detalle», como evoca el escritor británico Tim Maughan en su novela con el mismo título, Infinite Detail.

A diferencia de lo ocurrido en crisis pretéritas, la Internet rápida y ubicua permite estudiar, trabajar y gestionar servicios públicos de manera remota y, a menudo, la productividad no sólo no se resiente, sino que puede aumentar en casos concretos.

Hay quien se dedica a explicarlo no ya a raíz de la pandemia, sino como estrategia plausible (y deseable para algunos) desde hace años.

De Schumpeter al neo-ludismo

Conversaciones sobre fondos de videoconferencia (con libros, sin libros, con cuadros, con productos en promoción), empresas oscuras que hacen fortuna con productos como un postizo que se instala sobre el respaldo de la silla de escritorio que recrea una pantalla monocroma detrás de nosotros, como esos fondos televisivos donde a continuación pueden proyectarse cosas…

Casi nada puede sorprendernos en 2020. La profesora venezolana afincada en Finlandia Carlota Pérez, experta en transformaciones tecnológicas y autoridad mundial de las tesis de la destrucción creativa de Schumpeter, dice que no hay salida fácil a los problemas actuales superpuestos.

Es algo que ya sabíamos. Sin embargo, la salida propuesta a la crisis de crisis que vivimos es menos ludita y escéptica con la capa tecnológica en envuelve el planeta que la de muchos de sus colegas: Pérez dice que hay que abrazar lo bueno de la tecnología (al fin y al cabo, las grandes tendencias son como el tao, llevan una inercia y se producirán con o sin nuestra comprensión) y afrontar uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: una desigualdad galopante.

El mundo de hoy parece haber sustituido los grandes cataclismos bélicos para entrar en uno de esos procesos de destrucción creativa que contribuirían a producir una prosperidad transversal, mejor repartida.

Insoportable levedad del Estado del Bienestar

Según el economista francés Thomas Piketty, el crecimiento de los salarios se acerca al del ahorro y las rentas de dos maneras: con aumentos radicales de la productividad… y con grandes choques como guerras mundiales, donde la reconstrucción obliga a empezar de nuevo y la economía abandona su estancamiento relativo (propio de economías que abandonan sectores productivos e innovadores —que requieren mayor riesgo, pero son a la vez más tolerantes con los fracasos personales y empresariales— por actividades rentistas y especulativas como la inmobiliaria y la financiera).

La pandemia ha acelerado transformaciones ya presentes; Covid-19 es algo así como la opción a cámara rápida de las mayores tendencias en el mundo, capaz de adelantar 10 años de sopetón.

Muchas tendencias se benefician de la situación y, al madurar antes de lo previsto, quizá estimulen cambios necesarios y bienvenidos. Sin embargo, muchas de estas tendencias eran procesos dolorosos que complican el futuro de muchas organizaciones, comunidades, familias e individuos, y habría sido conveniente frenar su deriva; o al menos, en transformaciones irremediables, habría sido conveniente de que éstas se produjeran de un modo mucho más gradual. De este modo, sus inconvenientes se habrían diluido en nuevas situaciones ventajosas.

En apenas unos meses, la pandemia ha puesto contra las cuerdas el sector de la distribución, la actividad económica, social y cultural en torno a la «economía de la experiencia» (desde conciertos a acontecimientos culturales, deportivos, etc.), la industria del turismo y los segmentos del sector de los servicios que hasta ahora habían permanecido más creativos e independientes en torno a grandes ciudades y otros centros de interés, como la hostelería y restauración o la moda más minoritaria y especializada.

Dificultad para percibir amenazas difusas

¿Qué ocurre con la educación en una «nueva normalidad» que tendrá muy poco de normal en el curso 2020-2021, sobre todo para los estudiantes menos favorecidos? En Estados Unidos, centro de pruebas darwinista del mundo desarrollado debido a sus desigualdades, observamos cómo los padres de niños en la educación infantil que pueden permitírselo crean grupos-burbuja con otros padres y alumnos para garantizar la educación de los suyos en estructuras improvisadas con tutores privados, mientras otros padres sin recursos y con necesidad de trabajar fuera de casa son denunciados porque sus hijos no siguieron los cursos electrónicos adecuadamente.

En el mundo universitario, instituciones, profesorado, trabajadores menos favorecidos, alumnos y padres de alumnos se enfrentan a un año de incertidumbre donde se ofrecen clases a menudo no presenciales por un precio de matrícula que se mantiene con respecto a años anteriores, mientras que las universidades que abren sus puertas detectan focos de infección jornadas después de la vuelta al campus de los alumnos que así lo han deseado.

Recordaremos hasta qué punto se ha insistido en un modelo de constante evolución personal, si bien pocos esperábamos que la educación continua y el reciclaje profesional se propondrían, una vez más, como ocurrió hace una década con la Gran Recesión: mediante una ola gigantesca que lo anega todo y donde hay que aprender a sacar la cabeza sin contar con la asistencia necesaria o deseable.

Y, detrás de esta primera ola de Covid-19, llegan una segunda y tercera ola: primero, una recesión a escala global; y, de manera simultánea (aunque sus consecuencias ya se sienten), observamos en el horizonte cómo el cambio climático lo condiciona todo de manera difusa e inexorable.

Ciudades en tiempo de pandemia

En esta deconstrucción de las tendencias de la mundialización, viajes y turismo son incapaces de armar una respuesta eficaz contra el riesgo sanitario, tal y como demuestra el desconcierto de medidas entre regiones mundiales tan interconectadas como Norteamérica y Europa, incapaces de recuperar volúmenes de tráfico aéreo como logra poco a poco la región Asia-Pacífico.

La industria aérea y el turismo deberán adaptarse a las contingencias geopolíticas de una pandemia: el localismo y los servicios «sin contacto» de proximidad son la única respuesta viable a corto plazo con escala suficiente como para compensar las pérdidas de la industria turística en los países más expuestos al descenso de visitantes.

Una pandemia demanda cautela y distanciación social mientras no existan soluciones a largo plazo (mejores tratamientos, vacunas efectivas y, finalmente, inmunidad de grupo, fenómeno no siempre alcanzable o siquiera deseable si las consecuencias de lograrlo son éticamente inasumibles).

Como consecuencia, los sectores y negocios que más dependen del rico ecosistema de las ciudades más cosmopolitas son los que más sufren, desde las pequeñas tiendas, restaurantes, bares y discotecas a las galerías independientes y los teatros «off» u «off-off», más allá del circuito mantenido por las grandes compañías e instituciones públicas.

La implacable opacidad de los algoritmos

El ensayista y divulgador Steven Johnson comparaba en su ensayo de 2010, Where Good Ideas Come From, el rico ecosistema de una ciudad ecléctica en plena vibración con la diversidad biológica de los arrecifes de coral. Allí evocaba la tesis de lo «adyacente posible» postuladas por el biólogo Stuart Kauffman): los grandes cambios no vienen de la nada, sino que existe el «caldo de cultivo» de la innovación en el escalón pretérito. Nos aupamos, lo queramos reconocer o no, a hombros de gigantes.

Durante la pandemia, la «economía de la experiencia» (que llevaba años dependiendo de los intermediarios digitales que controlan la distribución y filtrado de contenido y recomendaciones), ha tratado de sobrevivir con una estrategia que ha combinado la digitalización (trabajo y educación a distancia) con herramientas que favorecen la entrega a domicilio de todo tipo de productos para llevar.

Dado el contexto, no ha extrañado que las empresas mejor posicionadas para beneficiarse de este vuelco repentino de la actividad presencial hacia la actividad virtual y los servicios «sin contacto» (compra y entrega de bienes, alimentos e incluso productos de restauración), hayan sido los gigantes de Internet y las firmas de mal denominada «economía colaborativa».

En definitiva, si los tecnólogos más optimistas habían insistido en que había facetas de las instituciones humanas que no serían radicalmente transformadas por la fría vuelta de tuerca de los algoritmos, ha bastado una pandemia para que tanto estos eternos optimistas como quienes nos hemos dignado a reivindicar lo humano en lo tecnológico, debamos recurrir a la salsa digital para mucho más de lo que habíamos creído tolerable.

Dejar la gran ciudad

Cuando optamos por aplicaciones gestionadas por algoritmos para adjudicarnos el producto o servicio que consideramos más adecuado en cada momento (o «creemos considerar», cuando a menudo se trata de una mera criba entre elementos propuestos por algoritmos), adoptamos el fatalismo de quien olvida la gastronomía y decide afrontar su alimentación como una mera ingestión calórica deconstruida al estilo Soylent, de quien se conforma con la fórmula optimizada y reproducible y desestima la exploración de lo imperfecto, irregular, único, irreproducible.

A medida que pasan las semanas, le toca el turno a algunas de las ciudades más caras y que habían concentrado los empleos presenciales que sostenían complejas interrelaciones y economías a su alrededor: después del confinamiento obligado, muchos trabajadores no manuales no vuelven a las caras oficinas que habían ocupado, mientras que la legión de jóvenes que combinaba trabajos en el sector servicios con aspiraciones a engrosar la economía creativa en posiciones más ventajosas, dejan sus caros apartamentos compartidos para volver a suburbios o probar aventura en zonas rurales.

En Estados Unidos, los signos en el mercado inmobiliario son claros y radicales tanto en San Francisco como en Nueva York. En San Francisco, aparecen por primera vez decenas de carteles con apartamentos, casas y oficinas vacantes, en venta o alquiler; desde mayo el inventorio de propiedades disponibles en el portal Zillow se ha disparado, mientras jóvenes y familias con hijos en edad escolar abandonan las calles opulentas de Nueva York en tal número que en el consistorio preocupa el efecto del fenómeno sobre los impuestos locales (decisivos para financiar el sistema educativo público).

El ancho de banda

Un veterano residente de Manhattan, el ensayista e inversor James Altucher, se mostraba especialmente duro con el futuro inmediato de la ciudad en la que es copropietario de una sala de teatro y comedia en la calle 78 con Broadway.

Según Altucher, una pandemia impide que ciudades como Nueva York puedan expresar lo que las hace diferentes: oportunidades de negocio, cultura y gastronomía. Estos tres pilares requieren la polinización cruzada que ofrecen la densidad y las relaciones interpersonales.

Hoy, dice Altucher, Midtown tiene sus oficinas vacías y éstas permanecerán a medio gas incluso tras la pandemia; la cultura no puede recuperar el pulso si los eventos que se producen en el interior de los locales de la ciudad no pueden retornar a la normalidad, algo que no será posible en los próximos meses; mientras que la inabarcable oferta gastronómica de la ciudad, desde los carritos ambulantes hasta las zonas de restaurantes, sufren una debacle sin ejemplos pretéritos, con pequeños negocios que no volverán a abrir ni podrán pagar alquileres comerciales incluso si éstos se reducen ostensiblemente.

En cuanto a otros intangibles que convierten a Nueva York en un hervidero de interacciones y cosmopolitismo, los 600.000 estudiantes que acudían anualmente a la ciudad afrontan el año de un modo radicalmente distinto, con la mayoría de ellos de vuelta en lugares más económicos o en la casa paternal.

Sí, sí, pero Nueva York siempre vuelve con fuerza… Aunque en esta ocasión hay algo distinto, dice Altucher: el ancho de banda de la Internet ubicua permite a muchos trabajar de manera remota desde cualquier lugar.

Hiperlocalismo y mundo digital

De momento, mientras dure la pandemia, será difícil que las ciudades más caras y vibrantes recuperen el pulso y transformen una tendencia que se hace imparable, tal y como argumenta Eduardo Porter en un artículo para el New York Times que pone, de nuevo, el acento sobre la presión que reciben en estos momentos tanto el sector inmobiliario como las arcas públicas de la Gran Manzana.

La «nueva normalidad» presenta, de momento, demasiadas incógnitas. La economía de la experiencia se digitaliza y los encuentros de negocios, estudios y socialización combinan lo hiperlocal con el mundo digital, tal y como puede apreciarse en la evolución bursátil de Zoom, la compañía de videoconferencia que nadie conocía antes de la pandemia y que se inmiscuye en los planes de Apple, Google, Microsoft, Facebook o Cisco, firmas con ambiciones el gigantesco mercado de la educación a distancia, la logística y distribución y la colaboración empresarial.

Las anécdotas en torno a quienes tratan de compaginar la vida personal y profesional en viviendas no siempre preparadas para ello se multiplican estos días, y padres de todo el mundo con hijos en edad escolar se preguntan en agosto de 2020 qué va a ocurrir en el nuevo curso.

El chándal y la etiqueta, la etiqueta y el chándal

Y, entre memes que describen la «nueva normalidad» de la oficina en casa, con protagonistas de llamadas de Zoom con americana, corbata y (ya fuera del cuadro de la imagen) ropa interior o bermudas (o en cuyos fondos aparecen niños o cónyuges tan campantes), el mundo de la moda y la distribución textil trata de adaptarse a marchas forzadas a nuevas realidades que alejan la clientela de apuestas anteriores como tiendas emblemáticas en centros urbanos o grandes outlets periurbanos.

De nuevo, lo observado en Estados Unidos ofrece pistas de lo que ocurre o podría producirse en otros países: The Gap, la firma de distribución fundada en San Francisco, cierra todas sus tiendas en esta ciudad aludiendo su incapacidad para volver no ya a una rentabilidad a medio plazo, sino a un mínimo interés de la clientela (ni siquiera colaboraciones orientadas al público joven, como la de Kanye West, han servido para revertir lo inevitable).

Y no es sólo un fenómeno experimentado por The Gap, tal y como demuestran las dificultades de firmas como Uniqlo, que cierran tiendas tanto en Europa y Norteamérica como en China.

En paralelo, los códigos de vestimenta mutan a tal velocidad que la industria creada en torno a los desfiles de prêt-à-porter y alta costura reconoce su dependencia de Internet. En Estados Unidos, la venta de ropa cayó un 79% en abril con respecto al mismo mes del año anterior, el mayor descenso del que se tiene constancia.

Expresarse en un fondo virtual de videoconferencia

Sin embargo, en el mismo período las ventas de pantalones de pantalones deportivos aumentaron un 80%. En su reportaje «pantalones de chándal forever», Irina Aleksander expone los retos actuales de una industria asociada a la cultura y expresión de los más jóvenes, así como a las aspiraciones y percepción social de un público que crece sobre todo entre la nueva clase media de China y el resto de las economías emergentes.

La debacle de la distribución en calles comerciales de los grandes centros urbanos se hace de nuevo patente en Nueva York, donde es cada vez más difícil amortizar el precio del alquiler y la plantilla. Sin turistas ni visitantes locales que entren en sus tiendas emblemáticas, las firmas de distribución preparan reestructuraciones.

Situados en el ojo de la tormenta, todavía no vemos con claridad hasta qué punto lo ocurrido en lo que va de 2020 es transformador, o hasta qué punto nuestra propia vida ha cambiado a raíz de acontecimientos ambientales que no se van a desvanecer como por arte de magia.

  • Luis

    Muy interesante, como siempre, el ancho de banda en las zonas rurales es fundamental para poder escapar de las ciudades los que quieren vivir en el medio rural, un hostelero en una zona rural de Asturias me decía que pagaba 150 euros al mes por tener internet (por satélite) en su negocio de casa rural para tener una conexión muy deficiente.
    También me decía que sabía de unas 20 casas vacías dispuestas a habitarse si tuvieran buena conexión a internet en un valle envejecido en el que viven no mas de 150 personas.

    • Hola Luis. Totalmente de acuerdo con la reflexión. El esfuerzo que han hecho algunos países en infraestructura de banda ancha todavía no ha dado sus réditos a largo plazo. Por ejemplo, en España se ha hecho comparativamente bien (o muy bien, diría yo) con respecto a vecinos que deberían estar igual o mejor. En Francia la fibra es un sueño más allá de París y cuatro lugares más, simplemente no existe. La gente que necesita banda ancha en lugares alejados de la capital francesa opta por usar la 4G móvil con planes de datos muy competitivos. En España, las poblaciones medias tienen acceso de fibra, si bien la oferta de ADSL no llega para el resto, su calidad es obsoleta si la comparamos a la infraestructura móvil 4G. Estados Unidos tampoco está mejor (mi experiencia me dice que anda bastante peor). De momento, parece que en España se usa la fibra de manera pasiva y poco productiva (contenido y juego). Hay que dar un salto que pasa por la educación y por ejemplos que la gente pueda seguir. Necesitamos crear clústeres “descentralizados”. Si existieran personas saliendo del aprieto con proyectos tecnológicos (o que requieren tecnología) en zonas rurales, iríamos a más. No podemos seguir hablando de Barrabés como ejemplo cuando hoy día te puedes comprar un drone DJI Tello para que tu hijo grabe en alta resolución desde el aire por 100 euros. No podemos ser los consumidores de contenido y algoritmos (controlados por USA) que nos llegan en aparatos producidos por China.