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“Ikigai” y logoterapia: tener una vocación y propósito vital

Cuando Terunobu Fujimori decidió ser arquitecto, le atraía más explorar la relación entre la esencia de la arquitectura: resguardarnos de la intemperie usando tecnología a nuestro alcance, un anhelo humano universal.

Es el mínimo común denominador entre todas las construcciones humanas (edificar algo que nos cobije usando distinta tecnología), desde el chozo temporal de un grupo de cazadores-recolectores que se protege de la lluvia y los depredadores a los rascacielos a prueba de grandes sacudidas sísmicas de la zona comercial de Shibuya, en Tokio, o los habitáculos que protegerán a quienes pisen Marte por primera vez.

Eligiendo nuestro lugar en el mundo

A Terunobu Fujimori le interesaba construir con un lenguaje que hundiera sus raíces en el neolítico japonés; en una entrevista con Kirsten Dirksen, bromeaba acerca de haberse dedicado a construir casas y sorprendentes casas de té suspendidas sobre árboles o cables de acero en busca de un lenguaje equivalente a una escuela Bauhaus del neolítico.

(Vídeo-documental de Kirsten Dirksen sobre nuestra visita a Terunobu Fujimori en su casa-estudio de Chino, Nagano, Japón; fotogalería)

Su interpretación modernista de una estética ancestral (“de neolítico”, explica) no implica que Fujimori sea averso a innovar o crear a su manera. 

Las casas de té que Terunobu Fujimori ha edificado en la propiedad rural de Chino (prefectura de Nagano), que ha pertenecido a su familia durante generaciones desafían las convenciones arquitectónicas… Y la gravedad.

Punto de vista

Ambas son pequeñas construcciones con materiales humildes de la zona (barro, distintos tipos de madera, técnicas de carpintería ancestrales) y formas imposibles:

  • una de ellas cuenta cubierta a cuatro vientos y es la versión reducida (destilada) de una construcción de la zona;
  • la segunda, que recuerda a una crisálida, a un fruto silvestre o a una embarcación espacial diseñada en el pasado remoto, parece flotar en el aire, al estar suspendida de dos pilares laterales a través de cuatro cables de acero.

Cuando visitamos a Terunobu Fujimori, llovía y algunas de las vistas que pueden observarse desde las pequeñas ventanas de ambas estructuras, situadas de manera estratégica: una se abre a la primera construcción del arquitecto, desde la otra se observa el monte volcánico Tateshina (y el parque natural en su falda), no visibles durante la visita, y otras inspiraciones.

El hombre de Vitruvio de Terunobu Fujimori

El hombre de Vitruvio que Fujimori (él mismo profesor de arquitectura) lleva dentro le sugirió que la proporción de ambas estructuras debía ser humilde, suficiente para el recogimiento con vistas de la zona y una relación lo menos intrusiva posible con los elementos: ambas casitas de té se mueven con el viento o con el morador, mientras el sonido de la lluvia, la nieve o el viento envuelve las estructuras y el silencioso lugar.

Cuando Fujimori nos aclaraba que no le gusta la rigidez normativa de toda una institución cultural en Japón como la ceremonia del té, nos hablaba de su propia visión de la arquitectura… y de la vida. Él se dedica a construir, pero su tarea no es distinta a la concepción que tienen del arte escritores, escultores, dramaturgos o cineastas. 

Él proyecta con libertad su manera de ver la realidad, además de interpretar -desde su punto de vista, de quién sino- la transitoriedad de la realidad, un concepto con gran importancia en la tradición japonesa, cuyo ideal estético y espiritual se relaciona con la minimalista aspereza y sencillez rústica o wabi-sabi (aceptación del paso del tiempo, la acción de los elementos, la irregularidad de lo orgánico).

Metafísica de la calidad

Terunobu Fujimori ha encontrado en su arquitectura una vocación, un propósito vital, una motivación que proyecta su concepción de las cosas en obras que otros pueden apreciar. 

Como el arquitecto suizo Peter Zumthor, Terunobu Fujimori ha preferido permanecer fiel a su visión de la arquitectura, optando por proyectos con presupuesto manejable que le otorgan total libertad para experimentar y controlar la obra como un creador.

Tanto Fujimori como Zumthor son conscientes de que los grandes proyectos de arquitectura moderna requieren técnicas y ejecución que deja tanto la proyección como la ejecución en manos de asistentes expertos en diseño por ordenador, procesos técnicos y subcontratas que alejan al creador de la construcción y el resultado. 

Ambos creadores han preferido trabajar en sus obras como una compleja creación personal que se relaciona con la realidad de un modo único. Es como si ambos refrendaran las reflexiones sobre la “calidad” de los objetos, máquinas y otros sistemas creados por humanos del filósofo estadounidense Robert M. Pirsig en su ensayo Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta.

Ser y convertirse

Robert Pirsig: “‘¿Qué és novedoso?’ es una interesante y amplia cuestión eterna, pero una que, si se persigue con exclusividad, deriva en apenas un desfile interminable de lo superficial y la moda, el cieno del mañana. Preferiría, en cambio, centrarme en la cuestión: ‘¿Qué es mejor?’, una pregunta que se centra en profundizar en vez de abarcar, una pregunta cuyas respuestas tienden a mover los sedimentos corriente abajo.” 

La arquitectura ha evolucionado, como el resto de la sociedad, hacia una tecnificación que se asienta sobre tecnologías anteriores y, una vez en marcha, avanza con una inercia imparable, como han expuesto en distintos momentos Giambattista Vico (precursor de la filosofía de la historia), Max Weber (y su concepto de “jaula de hierro”), o Martin Heidegger (y su expresión filosófica de “tecnicidad”), entre otros.

Pero, en la arquitectura como en el resto de artes y grandes vocaciones humanas, hay creadores que se resisten al papel de engranaje aséptico en el contexto de un complejo sistema de ejecución y reivindican una participación directa sobre lo producido. 

Terunobu Fujimori ha convertido la arquitectura, en definitiva, en su auténtica vocación.

Autorrealización: de la “areté” al “ikigai”

El concepto de propósito o motivación vital se ha relacionado con cultivar una vocación desde la filosofía clásica, tanto occidental como oriental. El sentido de la vida es, desde la Grecia clásica, un concepto asociado con el cultivo personal y de las artes (areté), así como una práctica racional del día a día (concepto de virtud o eudaimonía de Sócrates, Aristóteles y las escuelas posteriores -estoicismo, epicureísmo, etc.).

En la cosmogonía oriental, la vocación personal también se ha relacionado con la aventura humana desde tiempos inmemoriales. 

En el Japón sintoísta y budista zen (y acaso en el anterior, que hunde sus raíces en el prolongado período neolítico de la isla, o período Jōmon), se fraguó un concepto similar que influyó sobre la percepción del sentido de la vida: la “razón de ser” o “razón de vivir”, ikigai.

Si el concepto de autorrealización y sentido de la vida relacionado con el cultivo personal parte, en la tradición occidental, de Sócrates y una interpretación de cultivo de lo virtuoso según la “naturaleza” de cada uno, la razón de ser o “ikigai” surge en Japón de la búsqueda de la propia vocación a partir del conocimiento de uno mismo: todo el mundo tiene un “ikigai” y, por tanto, una razón de existir o vocación.

Iki

Desarrollarse o autorrealizarse según la propia “naturaleza”, tal y como recomiendan la filosofía clásica y la psicología moderna (desde Abraham Maslow y su “autoactualización” a Viktor Frankl, autor del corajudo ensayo surgido de su experiencia de superviviente de los campos de exterminio nazis, El hombre en busca de sentido) occidentales, tienen varios contrapuntos en Oriente, entre ellos el mencionado “ikigai” japonés.

Ikigai adquiere su sentido en una visión del mundo que observa con atención la transitoriedad de la existencia y el envejecimiento de las cosas: “Iki” equivale a vida, mientras “kai” denota “lo que uno espera de la vida”, el motivo que nos ayudará a superar el tedio o el vacío de las cuestiones que percibimos como absurdas, y nos motivará para dar lo mejor de nosotros en el presente proyectado. 

El concepto de presente es, en el sintoísmo y el budismo, similar a lo expuesto por Martin Heidegger en su Dasein o “estar en el mundo”. La fenomenología existencialista del filósofo alemán debe parte de esta idea a Edmund Husserl, su profesor, pero buena parte de su concepción de lo que significa ser fiel a uno mismo relaciona a Heidegger con los existencialistas del siglo XIX, desde el vitalismo de Nietzsche (y su llamada a reivindicar la propia “voluntad de poder” creando) al fatalismo de Kierkegaard (quien cree que la única manera de dotar de un sentido consistente a la existencia es cultivando una vocación).

Vivir más allá del contexto de la recompensa 

Victor Frankl nos recuerda que vivir es algo más que buscar el placer y la felicidad (el hedonismo/epicureísmo utilitarista que ha prevalecido como filosofía de vida dominante en Estados Unidos, y por tanto proyectado al resto del mundo): vivir es también estar a la altura de nosotros mismos, desarrollar nuestro potencial. Frankl se inspira en la “voluntad de poder” de Nietzsche y llama a esta búsqueda de sentido en la existencia “voluntad de sentido”. 

Ambos parten del trabajo previo de Arthur Schopenhauer y su idea de que objetos, seres vivos y humanos comparten lo que él llama “voluntad de vivir”, o un esfuerzo por ser fieles a su potencial (lo que explica por qué la estructura fractal del cristal está a medio camino entre la sustancia mineral y las células vegetales).

Este intento del ser humano y lo circundante por “convertirse” en algo es, según los existencialistas del XIX y los del XX (Heidegger, Sartre, Camus), el sentido que podemos conceder a la aventura de vivir, que sin crear se reduce a lo absurdo (Kierkegaard, el primer Camus de El mito de Sísifo) o a la necesidad de ser fieles a la propia “autenticidad” (lo que uno puede hacer si se lo propone: Heidegger, Sartre, Camus a partir de El hombre rebelde).

Lo que Adler, Maslow y Frankl aprendieron de Nietzsche

En la tradición occidental, el concepto moderno de autorrealización y propósito vital tal y como lo entienden Alfred Adler, Abraham Maslow o Viktor Frankl, surge de la interpretación que hacen los existencialistas (sobre todo, Nietzsche y su teoría de la moralidad, con un papel preponderante para los “creadores”, los únicos capaces de separarse de la “moral de esclavos” que comparte el “rebaño”). 

En la tradición oriental, conceptos ancestrales como el mencionado “ikigai” japonés, o cultivo de una razón de vivir durante toda la vida como motivación interna fundamental para levantarse cada mañana dar lo mejor de uno mismo, influyeron sobre obras posteriores que recogen una apreciación -inexistente en Occidente- por lo que no permanece y los flujos naturales (que explican elementos, asperezas, irregularidades y otros aspectos presentes en el arte y su proyección: jardines, edificios, poética, artesanía).

Si, en Occidente, el concepto de vocación  para ser fiel al propio potencial toma impulso con Friedrich Nietzsche (y su interpretación posterior), el equivalente contemporáneo en Japón es la obra El elogio de la sombra, ensayo filosófico de Junichiro Tanizaki publicado en 1933.

Cuando Occidente prefirió la rigidez matemática al matiz 

El ensayo expone que, mientras en Occidente el concepto de belleza y creación ha evolucionado en relación con conceptos de “pureza” (luz, brillo, blancura) y lo oscuro, opaco o negro han encarnado lo negativo, la sombra siempre se ha relacionado en Japón con la belleza.

La sombra, el contraluz, el claroscuro, la textura tenue de la iluminación tamizada por membranas que la amortiguan o proyectan, y otros fenómenos transitorios que denotan incidencia de los elementos en el presente, así como su percepción por la propia conciencia (que en Oriente no es independiente a lo circundante, tal y como muestra el concepto chino “ichinen”, o fusión de individuo “i” y entorno “chi”), alimentan nuestra experiencia. 

Estas relaciones sutiles percibidas de un modo distinto según la persona, asisten a la belleza y le otorgan una transitoriedad de la que carece en la -más rígida- tradición euclídea y platónica occidental.

Cerámica, viviendas, lámparas, vestuario o incluso tinta y caligrafía dependen de esta apreciación ancestral de la sombra, expuesto por Junichiro Tanizaki.

Sensualidad, valor, humildad

Entenderemos mejor a Terunobu Fujimori (y, por qué no, a Peter Zumthor, pese a ser un arquitecto suizo) si tenemos en cuenta conceptos como “wabi-sabi” (simpleza rústica y áspera) e “ikigai” (razón de ser), así como el sutil elogio de la sombra al que se dedican el arte y la aventura de vivir orientales.

No es casual que los fenomenólogos Edmund Husserl, Martin Heidegger, Henri Bergson o Jean-Paul Sartre se interesaran por los ensayos filosóficos japoneses sobre estética como el mencionado.

Dicho de otro modo, todo se puede resumir (como intenta hacer el bonsái con el árbol, o las casitas de té de Terunobu Fujimori con la arquitectura tradicional japonesa) en la reflexión que el pensador japonés Shūzō Kuki hizo sobre la estructura de lo elegante o “iki”.

Según Shūzō Kuki, lo elegante (o lo que tiene “calidad”, en terminología de Robert M. Pirsig) consiste en la fusión entre la sensualidad (“bitai”) de una geisha, el valor (“ikuji”) de un samurai, y la resignación (“akirame”) de un monje budista.